La OTAN decide aumentar el gasto militar. Nadie sale a la calle a protestar. Nadie.
Desierto sonoro de Valeria Luiselli es una amalgama de géneros. Por un lado, es la historia de una pareja en crisis y sus dos niños, la de un viaje desde Nueva York a Arizona en coche, que remite sin ocultarlo a On the road de Kerouac o Cormac McCarthy. Los padres les cuentan durante el viaje otras historias: la del genocidio de los indios americanos; la del flujo migratorio entre las fronteras mexicana y norteamericana. Niños que mueren en el viaje; niños que mueren en el desierto; indios masacrados, olvidados sus nombres, borrados. Una mirada critica a la historia de Estados Unidos, a su presente. Las narraciones se mezclan, se difuminan los límites temporales. Los niños convierten el viaje en una aventura, se confunde la realidad y la ficción, el presente y el pasado, se experimenta con la estructura y el lenguaje. Destacan dos puntos de vista: el adulto, la madre, reflexiona sobre las relaciones de pareja, la maternidad, la Historia y la injusticia, es la voz de la autora que reconoces también en uno de sus ensayos, Papeles falsos; el niño, se mueve entre el relato, transformado desde su mirada infantil, y el juego, tan serio, porque, como bien sabemos, es un trasunto de la vida. En ambos encontramos la memoria y los vínculos con el mundo. Los padres documentan con sonidos y voces la realidad: él recoge las voces desgarradas de los muertos como hizo en Pedro Páramo Juan Rulfo; la madre graba los gritos y lamentos de los vivos. Los niños heredan esas voces, las conservarán.
Hay un aspecto curioso. Los personajes leen. Libros y libros. Decenas de referencias literarias. Se escucha música de los sesenta y setenta o un audiolibro de El señor de las moscas. El móvil es un elemento secundario. Los niños no lo piden; acostumbrados a las rarezas de sus padres, prefieren que les cuenten historias. Si aceptamos esto, como aceptaríamos que en un musical los personajes bailen y canten, no tendremos ningún problema con esta novela. Incluso lo agradeceremos. Es una ficción más.
En Theodoros de Cartarescu podríamos hablar de biografía ficticia, aunque se apoye en hechos históricos y personajes que existieron. Un personaje imaginado, como lo fue Alejandro Magno, primera lectura del protagonista, o Aquiles u Odiseo y que podría haber sido real. Diríamos que el paisaje, sea Valaquia, el mar griego, la Israel de Salomón, Etiopía, adquiere tintes épicos. ¿Es una novela histórica de una época, el siglo XIX, donde todavía cabían las aventuras, o fantástica? ¿Quién la narra: Dios o un autor omnisciente? No, son los ángeles, semidioses. Es fácil distinguir entre los temas la religión y la locura. Alguien dijo que con el siglo XIX desaparecieron los grandes aventureros; fue el final de las exploraciones. El mundo había sido conquistado por Occidente, en el XX y XXI será esquilmado y explotado por las grandes corporaciones.
Claudio Magris en Cruz del Sur nos escribe sobre tres vidas delirantes que tuvieron a la Patagonia como centro de sus vidas: la de Janez Benigar, un lingüísta esloveno; la de Orélie-Antoine de Tounens, que se proclamó, como hace Teodor en Etiopía, rey de la Araucanía; la de la monja Angele Vallese. Menciona otras y no quiero dejar de recordar alguna como la de José Font, anarquista que, como muchos otros, pelearon por un mundo más justo, esa Patagonia rebelde. Aunque Magris centre su mirada en el cono sur, es fácil establecer una relación con las obras de Luiselli y Cartarescu.
Demencias e injusticias, voces perdidas y olvidadas, masacradas, narraciones épicas, nacidas en la infancia y transformadas, al hacerse reales, en espantosas pesadillas, genocidios y mataderos, la Historia, no tan lejana, y la actualidad, bien viva, de nuestros disparates, delirios y alucinaciones.

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