domingo, 17 de mayo de 2020

THE EMPEROR' S NAKED ARMY MARCHES ON


Hay directores que despiertan tu interés, porque son capaces de decirte cómo es la realidad y hacerlo de manera cruda, sin ocultar lo que hay.
Quizá de los documentales que ha hecho Kazuo Hara, otro gran desconocido, sea este. El protagonista es un hombre, Okuzaki, que, obsesionado por lo que ocurrió durante la guerra, toma la decisión de dedicar su vida a que se haga justicia o, por lo menos, a que se sepa qué sucedió.
Hechos tan terribles como el canibalismo o la ejecución de dos personas inocentes se van descubriendo ante la mirada cobarde -la mayor parte- de sus compañeros de entonces, en unas entrevistas tensas, directas. Nadie pagó por esos crímenes. Se hizo tabla rasa. Casi todos quieren olvidar y pasar página ante sus crímenes o sus debilidades. Okuzaki, no. Su misión fue no olvidar a las víctimas, ni a sus verdugos.


El director nos muestra a un hombre íntegro, -estuvo con él más de cinco años, acompañándole en "esa cruzada"- aunque esa integridad le lleve a actos de violencia y hasta al asesinato.
Es una mirada, sin duda, agria. Después de una guerra muchos quieren olvidar. Pero la memoria es fundamental; tanto para los muertos, como para los vivos.

viernes, 15 de mayo de 2020

EL HIJO ÚNICO DE OZU



Ozu empezó a hacer cine en los años 20. Y ya en sus últimas películas mudas había conseguido encontrar su propio estilo; es decir, planos fijos de espacios vacíos, cámara baja, poniéndose a la altura de alguien que estuviera sentado, conflictos familiares.
Es posible que antes de la segunda guerra mundial, estuviera más preocupado por la soledad del hombre, obligado a conseguir un éxito social, fuera como fuese, y fracasando en el intento. Después, su interés iría más encaminado a mostrar cómo la sociedad se transformaba, perdiendo sus raíces.
Hasta el 36 se negó a rodar con sonido. Esta es su primera aportación. Ya es el mejor Ozu.



Un ritmo reposado y una historia sencilla; en realidad, no ocurren muchas cosas. Una madre visita a su hijo; piensa que es un hombre de éxito. Descubre que no lo es. No hay más. Las historias paralelas; la del hijo, profesor de primaria -despreciado por serlo y eso dice mucho de la sociedad japonesa de esos tiempos-, la de la propia anciana con un niño al que ayuda, la de la mujer del hijo, no se alejan demasiado del nudo principal: la relación madre e hijo y la decepción y el fracaso compartido y vergonzante.
Sería una historia convencional, sin duda, si no fuera por el estilo. Hay formas de contar que no se olvidan. Y Ozu ya sabía hacerlo. El plano de un sombrero, tirado al suelo de una habitación, el de una puerta cerrada o el de un pasillo vacío después de una conversación sincera, dura entre madre e hijo, deja un poso.

Y es espiritual y material. La esencia de una mirada que, aunque venga de Japón, es también nuestra.
Humana, en su más amplia acepción.


martes, 12 de mayo de 2020

LA VIOLACIÓN AÑOS 50 Y 60: ULTRAJE Y SOMETHING WILD



Something wild pertenece a esas películas extrañas, rara avis, poco conocidas, que surgieron en los años sesenta al margen y al borde del sistema de estudios.
Película independiente, pero, además, con posibilidades: una actriz como Carroll Baker, un creativo, -así lo llamaríamos ahora; en realidad, fue un artista-, Saul Bass, el músico Copland o un gran director de fotografía, Jack Garfein.
La historia es sencilla. Una mujer sufre una violación -descrita con una sencillez y sequedad brutal-.
Es difícil olvidar no tanto la escena de la violación, sino sus repercusiones, contadas de manera muy simple; su soledad en la habitación, en el baño, en el banco de un parque, paseando por las calles de la ciudad. Dejan una huella profunda en el espectador, sin necesidad de exagerar, sobrio, sin remarcar; simplemente, mostrando detalles, gestos, miradas, silencios, sin palabras...
Ese hecho provoca un cambio; le hace replantearse todo. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Y la cambia por completo; aunque no sabe muy bien cómo hacerlo.
Otra directora, Ida Lupino, una década antes, había mostrado también las consecuencias de una violación en Outrage, Ultraje, en una sociedad que las dejaba completamente apartadas, sin ayuda, marcadas. No hace falta decir que todavía hoy existen marcas de ese tipo, aunque sean más sutiles.


Era un primer intento, interesante a veces, -sobre todo, cuando se esfuerza, desde un punto de vista femenino, en comprender la necesidad que siente cualquier mujer que ha sufrido esa violencia tan terrible de huir y aislarse-; observada por unos, juzgada por otros -no hizo lo suficiente-, compadecida por los más cercanos; atormentada, porque ya no puede sentir ni confiar en una relación de pareja tradicional, en la que el sexo se convierte en algo sucio y despreciable. Sin embargo es más convencional en el planteamiento y, sobre todo, en su desenlace.
La gran aportación de esta película, dirigida por un autor teatral, es cómo muestra la vida cotidiana de una gran ciudad, Nueva York, y el vacío interior y material que pueden sentir muchos de sus habitantes.


Es la indagación psicológica de un personaje femenino, pero, también, sobre todo, el reflejo de una crisis existencial, no sólo de la mujer, en unos tiempos en los que el feminismo, tal como lo entendemos, empezaba a consolidarse en la sociedad occidental, sino de la soledad que sienten gran parte de sus ciudadanos, sean hombres o mujeres, devorados en estas grandes megalópolis, por su ruido e indiferencia.
Sólo con los títulos de crédito de Saul Bass bastaría para que esta película fuera recordada. Y en ellos hay un reflejo de esto último.
Vale la pena que los disfrutéis, si habéis leído hasta aquí estas líneas.


En resumen, una película desconocida que merece revisitarse, a pesar de alguna parte menos consistente -el personaje de la madre y el de un hombre que acabará influyendo en la vida de la protagonista más de lo que parece, cuando le conoce en circunstancias muy dramáticas... -.
Y, con todo, esos personajes secundarios son mucho más interesantes, peculiares, sorprendentes de lo que pueda parecer a simple vista.

Something wild...



sábado, 9 de mayo de 2020

LA FLOR


Hace dos años Mariano Llínás estrenó una película en 6 episodios, La flor. Su duración: 14 horas.
Por supuesto, muy pocos la han visto en cine. Y, algunos más, en internet.
En estos momentos se puede aprovechar para verla; tal vez no dure mucho, sólo durante el confinamiento.

LA FLOR

Aquí se encuentran todas las partes.

Si tienes tiempo, vale la pena, sin duda.


Los episodios tienen como hilo conductor al director y a cuatro actrices de un grupo de teatro. Fue un rodaje largo, más de diez años.
Si algo tiene esta cinta es imaginación. Y un juego metalingüístico, literario y cinematográfico continuo en el que el espectador debe aceptar desde el principio las reglas que el director propone.
Se juega con el género -sobre todo, de serie B o Z, películas de espionaje, musicales peculiares-, modelos literarios que se mueven entre Borges y Lucano, pasando por Sarah Evans y su diario de cautiverio, e, incluso, la presencia del equipo de rodaje y guiños al espectador.
Tres de las historias no tienen final; la cuarta es un caos ordenado; la quinta y la sexta, mudas, vuelven a los orígenes del cine. Y hasta en los títulos de crédito el juego, durante más de treinta minutos, continúa.

Si la vida fluye despacio, poco a poco, esta obra es un buen ejemplo, sin que haya tiempo para el aburrimiento.
Y en estos tiempos quizá deberíamos aprovechar para retornar a las raíces del cine, experimentando, como lo hace el director, visual y, sobre todo, por medio de la palabra y el juego de espejos.
Lo convencional no tiene cabida aquí. O sí, pero desde una perspectiva postmoderna e irónica.




viernes, 1 de mayo de 2020

LA INCERTIDUMBRE


Querida R:

Hablamos de paseos en bici, de viajes o deseos sutiles, imprecisos, de encuentros, pero nunca de abrazos o besos. ¿Cómo podemos hablar del futuro, si no sabemos cuál será? Vivimos en la incertidumbre.

No seremos mejores, dice Antonio López, porque no sabemos escuchar. Sí, tal vez esa sea nuestra perdición.

Ayer D. subió un vídeo con grabaciones de alumnos durante este confinamiento. No me gustó. Había un optimismo que me resulta, cada día que pasa, más hueco.
"Saldremos adelante juntos, seremos mejores, todo saldrá bien, resistiré...". Los aplausos de las ocho de la tarde... No son más que frases hechas, ideas fijadas por otros, gestos vacíos que ocultan realidades, nos alejan de una actitud crítica ante el mundo, de las consecuencias en el presente y en el futuro, las que sufriremos en carne viva, las que ya están aquí, aunque no queramos verlas.
Perdemos derechos, sin darnos cuenta, y lo aceptamos con normalidad; controlan la información y nos controlan a nosotros; la pobreza se incrementará entre los más débiles; los prejuicios se convertirán en verdades absolutas. ¿Habrá quien sea más solidario? Es posible. Siempre se abren ojos en tiempos de crisis; pero la mayoría continuarán cerrados.
No, no seremos mejores. Tal vez seamos más cautos, pero eso no nos hará mejores.
Los buenos deseos, también entre nosotros, R, no nos cambiarán. Seguiremos queriéndonos; seguiremos teniendo miedo.
Miedos colectivos. Miedos individuales. Nos arrastran, nos llevan a tomar decisiones, equivocadas o no. Forma parte de nuestra naturaleza.
¿Qué saldrá de todo esto? No lo sé.
Una consecuencia, seguramente, será la incertidumbre. El futuro es un animal imprevisible e inquietante. De la incertidumbre se puede pasar a la angustia o a la revuelta. O a ambas cosas.
La otra es la constatación de que la Naturaleza no nos necesita. Y vive mucho mejor sin nosotros. Quien sabe si no nos ha dado el último aviso.
No cambiaremos; nuestro pasado, el sistema económico en el que estamos, no nos lo permitirá. Sólo es posible que retrasemos el momento en que no seremos más que una mota de polvo y desaparezcamos definitivamente.
Mientras tanto nos queda sólo una cosa: vivir.

Besos,

Santiago.





domingo, 19 de abril de 2020

EL FINAL FELIZ O LA MAGIA


18 de abril 2020.

Querida R:

He vuelto a ver Cuento de invierno de Eric Rohmer.

La primera vez fue hace veinticinco años.

El final, esa alegría en forma de casualidad, milagro o magia, que la protagonista espera desde el principio de la película, llega a su vida de la manera más inesperada.

Me ha emocionado como lo hizo entonces.

¿Por qué? Entendí a ese personaje, estuviera o no de acuerdo con sus decisiones, aunque aparentemente no tuviera nada que ver conmigo. Su ingenuidad, su optimismo son también los míos.

Seguiré estando aquí, R, esperando contigo, tan lejos y tan cerca de ti, un milagro, una resurrección, como en la obra de Shakespeare, un final feliz, magia...

Se dice que no existen; ya lo sé. Pero no puedo evitarlo; necesito creer, como la protagonista, que hay finales felices, que son posibles.

Besos,
                                         Santiago,



domingo, 5 de abril de 2020

EL SILENCIO, LA FELICIDAD


He terminado Memorias de Adriano. 
Es la cuarta vez que lo leo.
La primera, muy joven, me dejó una buena impresión, pero no creo que entendiera la mayor parte; sólo lo atisbé o intuí. Con el paso del tiempo, año tras año, me siento más cerca de este hombre: un viejo, que ha amado, que ha vivido y que se prepara para la muerte.
Cierro el libro. Salgo a la terraza.
Calor tibio de una mañana de primavera.
Cierro los ojos. Caricias de luz. Sólo se escucha el canto acompasado de los pájaros.
Filas, delante del ultramarinos, respetando la distancia de seguridad escrupulosamente. Hombres y mujeres con mascarilla. Parques vacíos; tiendas y bares, cerrados.
Silencio. Extraño, inquietante y, al mismo tiempo, amable.
Serenidad, tranquilidad.
Acepto el mundo que me rodea; incluso, voy más allá y me confundo con él.
Mis deseos, mis preocupaciones -el trabajo, la escritura, el amor no correspondido, la soledad, la muerte- se diluyen. No dejan de existir; simplemente, se mezclan con el fluir de la vida y el paso del tiempo.
Un atisbo de felicidad, tierna y suave. Los males se evaporan; son intrascendentes. Siento, como ella escribió hace una semana, el dulce rumor, la dulce melodía de una rutina que se sintió a gusto a mi lado... 
Solo yo puedo entenderla, a pesar de la distancia.
"...Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también, de tiempo en tiempo, el orden... Las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles..."
Me siento bien.
Equilibrado, sereno, feliz.



sábado, 4 de abril de 2020

EL CONFINAMIENTO Y ERIC ROHMER


Me ha costado volver a este blog.
Y podía haber aprovechado, porque desde mediados de marzo estoy encerrado. Como millones de personas.
No lo llevo mal. No me quejo. Si no fuera porque estoy enamorado de alguien que no me corresponde, en realidad reconozco que esta no sería una situación muy desagradable ni incómoda.
He trabajado a distancia, en casa, y me gusta; es cierto que no es lo mismo que tratar con los alumnos cara a cara, pero, para un solitario como yo, tiene sus ventajas. No voy a ocultar un hecho sangrante: que muchos alumnos no tienen ni ordenador ni wifi, reflejo palmario de esa brecha entre ricos y pobres que no va a cambiar, aunque debería ser lo primero que cambiáramos, al salir a la calle. Pero ellos, los que mandan, no lo harán y, mucho menos, con lo que se nos vendrá encima.
He escrito, he leído. Lo que he podido, mientras esta obsesión personal me dejara pensar y concentrarme.
No me preocupo por familiares cercanos de edad avanzada; murieron. Mi hermano está bien y vive conmigo.
El aislamiento no me vuelve paranoico ni me inquieta. No me preocupa ni la hipocondría ni la depresión. Mi única obsesión es una mujer que se me escapa de entre los dedos.
Si echo una mirada, más allá de la ventana, soy consciente de las consecuencias presentes y futuras de estos nuevos tiempos. Hay y habrá recortes de libertad, crisis económica, paro; hay y habrá miedo y solidaridad. Hay y habrá egoísmo, partidismo y sacrificios personales. No seremos diferentes; porque olvidaremos.
No logro emocionarme, cuando alguien echa de menos los abrazos. Sí, me gustaría abrazarla a ella, pero no es posible.
Si, ingenuamente, te dejas llevar por una propuesta torpe e hipócrita de la Comunidad de Madrid -un voluntariado "pagado"-, aportando esa información al claustro, los compañeros se sienten ninguneados e insultados, y no van más lejos, no hacen una crítica más profunda; y, si la hicieran, deberían fijarse, por un lado, en la improvisación, que lleva a la Administración a proponer ideas excéntricas, y, por el otro, en el desinterés, cuando no proporcionan facilidades y medios a las redes más o menos espontáneas de voluntariado.
Hay una intención política clara en lo que está ocurriendo, y la veríamos, si tuviéramos una perspectiva más amplia, pero se prefiere hablar de lo propio o, simplemente, sobrevivir al presente.
Es comprensible, pero decepcionante, porque nos protegemos y nos quedamos anclados en ideas fijas, las nuestras. Y eso hará imposible un cambio radical, que es el que necesitaríamos.
No logro emocionarme con los aplausos de las ocho de la tarde, aunque comparta el respeto y la admiración que me merece la gente que lo está dando todo en los hospitales. Pasados los días, tengo la sensación de que representamos, desde nuestras terrazas y ventanas, una obra de teatro. Todo me parece una tramoya; no logro integrarme en la colectividad. Seguramente el problema es sólo mío.
Hay gente que muere; datos falseados y propaganda en los medios de comunicación. La información aplasta, es repetitiva.
Quizá lo único real es que la Naturaleza puede vivir sin nosotros. No somos imprescindibles; es más, nosotros somos la enfermedad, el cáncer de este mundo. Tal vez deberíamos desaparecer como especie. La Tierra nos lo agradecería.
Sin embargo, si desapareciéramos, se perderían tantas cosas.
Ella no existiría, por ejemplo; y sería triste...
Otra, sin duda, es Rohmer.
Estos días se cumplió el siglo del nacimiento de Rohmer y diez de su fallecimiento. Pasó sin que nadie lo mencionara. El virus es el único protagonista; el resto no existe.
Estamos viendo, mi hermano y yo, sus películas y recupero cada día, cada tarde, cada noche, una melodía encantadora. La vida pasa y su fluir, sea con los diálogos, sea en los planos de la vida cotidiana, desde el campo o en la ciudad, se nos muestra con una sorprendente naturalidad. No niego que también haya impostación y una tramoya muy bien urdida, pero la aceptas, porque forma parte, lo queramos o no, de nuestra forma de ser. Es lo que somos: actores. Algunos más creíbles; otros, no tanto.
Releo las Memorias de Adriano. "... los males verdaderos: la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños..."
Mentimos y nos mentimos. Y lo seguiremos haciendo.
Somos personajes de Rohmer, aunque no lo sepamos.
Libres y esclavos de nuestros sueños y pesadillas.