jueves, 29 de agosto de 2019

EL FINAL DEL VERANO


Aunque es cierto que Verano Azul ha tenido muchas reposiciones, esta -la que hoy acaba de terminar- ha coincidido con el cuarenta aniversario de su rodaje. Y 40 años es ese momento de la vida en la que tomas conciencia de que empieza el lento declive. Ya no eres tan joven; y pronto llegará la vejez y la muerte. El tiempo, cuando sientes que te encuentras intelectualmente en el mejor momento de tu vida, se te empieza a escapar de las manos. Muchas personas a las que quisiste han desaparecido; están muertas.
Te hallas, como diría el poeta, en la mitad del camino...

Verano Azul es una serie diferente en muchos sentidos. Hay tres formas de verla.

En primer lugar, estéticamente. Es evidente que en ese sentido ha envejecido. Cuarenta años después, nuestra visión ha cambiado. En el tratamiento fotográfico de las escenas, en el uso de la cámara fija o el zoom. Técnicamente nadie admitiría hoy la estética de Verano Azul; es otra época y su mirada es diferente.
Además, creo que no es la mejor serie de esa época, si me ciño al contenido. Creo que La huella del crimen es mucho mejor -tiene capítulos de gran calidad-; y fuera de España, Retorno a Bridshead o Yo, Claudio -aunque estas últimas parten de obras literarias de gran envergadura- tienen más calado; sin embargo, para mí es un buen ejemplo de serie familiar de la Transición.

Y con esto, me centro en el segundo aspecto.
La serie es el discurso oficial progresista de esa época, el correcto. No en el terreno político -que se evita de manera muy inteligente; si no, no hubiera tenido tanto éxito-, sino, más bien, en el sociológico.
Y dejo a un lado, la muerte de Chanquete, que fue un hito para nuestra generación. O el No nos moverán. Que todavía dan que hablar entre risas y lágrimas.
Desde esa perspectiva podemos contemplarnos a nosotros mismos y observar cómo hemos cambiado. No siempre a mejor.
Sin móvil. Alguien se imagina a Pancho escribiendo un wasap del tipo: Chanquete ha muerto? No sería lo mismo. Existía vida antes de la explosión tecnológica de las últimas décadas.
Entonces había más negocios a pie de calle; ahora, más centros comerciales. Aunque el lugar elegido intenta representar el pueblo que todavía no ha sido devorado por el turismo de masas, ya en los ochenta ese turismo estaba teñido de corrupción, pesadillas arquitectónicas y destrucción del medio ambiente. La masificación estaba a la vuelta de la esquina. Y no lo hemos parado.
Estaba el sueño de la segunda vivienda en la playa y el coche para la familia. Ahora mucha gente es desahuciada o tiene hipotecas de treinta años. Del "ponte a trabajar" de los padres a "no hay trabajo y con los que tienes no llegas a 1000 euros" de los jóvenes actuales.
No aparecen inmigrantes -como mucho, en uno de los capítulos, un grupo de hippies que van en moto-; y mucho menos, homosexuales; así que no hay opción para hablar de racismo o homofobia o violencia de género -aunque está todavía la educación "a base de hostias"-; sin embargo, hay cierto desprecio hacia el otro -expresiones como "el del pueblo", "la divorciada", "la pintora", "los barbudos"- en los personajes adultos -los padres- de la ciudad que deja traslucir esa capa de franquismo sociológico bien asentada tras cuarenta años de dictadura y reforzada, creo, tras cuarenta años de Transición, aunque ahora los objetivos a despreciar o perseguir sean otros.
Los protagonistas van en bicicleta, pero nadie más. Las familias representan más o menos los estereotipos que se esperan; los padres de Beatriz y Tito serían los más progresistas; los de Javi, conservadores -el padre es un nuevo capitalista, el individualista que se ha hecho a sí mismo-. Las mujeres son las señoras de la casa -no trabajan; no hay espacio para el feminismo todavía-. Encontramos, por supuesto al chico del pueblo, el currante, Pancho.
Julia y Chanquete serían, un poco, como la intelectual -con sus canciones amables- y el hombre del pueblo, sabio y sensato, aunque, en este caso, los guionistas y los actores -Ferrandis y María Garralón están maravillosos- saben crear personajes que van más allá de ese estereotipo inicial. Y por eso, siguen atrayéndonos.
Algunas expresiones lingüísticas -las de los adolescentes o niños que éramos- ya no se utilizan o nos hacen gracia; tiene un regusto a tiempos pasados.
El humor era indispensable. El dúo humorístico -el de Piraña y Tito- sigue siendo impagable. Estos no han envejecido.
Hay temas tratados por primera vez para la época en un estado muy embrionario: el ecologismo, la corrupción urbanística. Y otros, ya superados o en situaciones ya superadas: el divorcio, la sexualidad del adolescente, los extraterrestres, la violencia, la maternidad sin pareja, el conflicto generacional, el peso de la fama, los medios de comunicación.
La religión -la existencia de Dios o lo que hay más allá- es tratado con respeto; a veces, a través de cuentos o fábulas. Otras, en conversaciones razonadas y sencillas; con argumentos, no impuestas.
Siendo una serie familiar los temas no podían llegar más allá de un planteamiento que sirviera para darlo a conocer, sin molestar a nadie ni profundizar en exceso. Y así se hace. Se admite el discurso moral y comprensivo -sobre todo, cuando hablan Julia o Chanquete-, pero no desentona demasiado en el tono general de la serie.

También es cierto, como conclusión, que nosotros y la sociedad, en general, en estos 40 años hemos cambiado. Somos más cínicos, más escépticos. El futuro parece más oscuro.

Finalmente, en tercer lugar, está la parte emocional. Y esta, sí nos ha sobrevivido.
Sobre todo para aquel que la vivió como una parte de su infancia o educación sentimental. Recuerdo dónde y cuándo lo vi por primera vez; los domingos por la tarde en el salón de mi casa. El espacio -el de mi infancia- está indisolublemente unido a una emoción que va mucho más allá del valor intrínseco de la serie. Dos de las personas con las que vi Verano azul, ese primer Verano azul, en el otoño-invierno del 81-82 ya no están aquí.
Por eso continúo llorando, cuando muere Chanquete o cuando el verano se acaba al son del Dúo Dinámico, el grupo preferido de mi madre.



 O me enternezco con la ingenua historia de amor entre Pancho y Beatriz. Ahora estarían follando y no pararían de soltar tacos y de drogarse, como en Euphoria.

Sus conflictos no se resolverían con una charla de Julia. Los tiempos han cambiado.

Visto ahora, tiene muchos defectos, como he dicho, pero con la mirada del adulto en que me he convertido, reconozco que hay un personaje que probablemente cuando se estrenó me resultó lejano. Chanquete era el mito. Los adolescentes o los niños éramos nosotros. ¿Y Julia? Es evidente que detrás de Julia estaban Mercero y sus guionistas. En el primer capítulo es ella quien con su voz en off nos habla del "mejor verano de su vida". En los mejores -que siguen funcionando muy bien-, Algo se muere en el alma, El final del verano o No nos moverán su papel es fundamental.

Tal vez lo que ocurre es que Julia ya soy yo mismo.
No puedo cerrar los ojos, cuando ellos piensan en Chanquete, después de enterrarle, porque no me puedo engañar.


Aunque no mueran del todo, como le dice Julia a Tito, ellos sí están muertos. No puedo verlos, no puedo oírlos, no puedo escuchar ni su acordeón, ni su voz ni su risa. Él no volverá a pescar en el mar. Él no volverá a traernos el pan. Ella no volverá a bañarse en la playa.
Y por eso, Julia tampoco cierra los ojos en ese plano final.
Aunque les diga, al final del verano, que tal vez se vuelvan a ver, todos sabemos que no ocurrirá. Olvidaremos. Nuestras vidas y las suyas se separarán.

Sin embargo, al final, entonces sí, después de ver imágenes del pueblo, desde el coche, Julia cierra los ojos.


Ha comprendido que ese verano ha pasado. Y sólo nos queda el recuerdo. Amable, triste, nostálgico. Agridulce.

"Aunque ya nada pueda devolver la gloria del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse; porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo..."

Y abrir los ojos de nuevo. 

El final del verano, de nuestro verano ha llegado. 






lunes, 12 de agosto de 2019

SERIES: CHERNOBIL, YEARS AND YEARS, MR. ROBOT, BETTER CALL SAUL


Es un hecho que desde hace más de una década las mejores ideas y algunas de las mejores historias están llegando de la televisión. Las cuatro series de las que voy a hablar -aunque lo hagan desde perspectivas que puedan parecer diferentes- son un buen ejemplo de cómo se reflejan nuestros miedos ante un presente y un futuro repleto de incognitas. Sobre todo, políticas. Y de estas voy a hablar.

Estética o artísticamente todas son de gran calidad. Los guiones son buenos, aunque haya aspectos de cierta fragilidad. Sobre todo, en la parte ideológica. Porque no lo olvidemos, toda obra artística conlleva un posicionamiento sobre la realidad. Que es también ideología y propaganda.

Por ejemplo, Years and years en el sexto y definitivo episodio no es capaz de llevar hasta las últimas consecuencias el discurso político que había iniciado. Son interesantes sus previsiones tecnológicas, pero, al final, comete varios errores de guion -sobre todo en este episodio final- que le lleva a buscar una "conclusión feliz" que no resulta creíble. Es decir, asume el discurso del sistema -los extremos se tocan- sin profundizar mucho más en los mecanismos del poder. O dicho de otra manera, promueve la equidistancia. En esto, Years and years es decepcionante.
La otra distopía, Mr. Robot, tiene más consistencia, aunque sitúa a China como el enemigo; seria una lucha de intereses en la que el sistema simplemente cambia de dueño. Nada se puede hacer para derribarlo; o, al menos, por el momento...
En ambas el planteamiento es muy similar: quien controle las nuevas tecnologías dominará el mundo. En Mr. Robot bajo el prisma de la locura del personaje -dividido en dos personalidades- es más oscura y enfermiza. Years and years, al contrario, resulta más convencional -la familia británica de clase media- y, si se aleja de su espacio, propone ideas ridículas -como que en España gobierne la extrema izquierda-. En el fondo, en una serie que critica el populismo y las políticas migratorias -la idea de los campos de concentración-, el cambio climático o la democracia, es incapaz de ir más allá, de atreverse a afrontar una visión apocalíptica o crítica hasta las raíces, sin límites que la coarten; y eso explica el decepcionante último episodio, más propio de una película americana de Hollywood que de una serie de calidad.
Mr. Robot, sin embargo, vuelve al punto de partida, como si todo hubiera sido un juego de ideas. Después de cuatro temporadas, el protagonista nos sitúa de nuevo en la casilla de salida; pero esta vez ya sabemos quién mueve los hilos. En Years and years no se habla de quién controla los mecanismos -mass media, multinacionales-; y ese es su mayor error.

Chernobil mira al pasado. Es una serie cuidada, muy bien escrita, con personajes consistentes, pero, al final, uno tiene la sensación de que sólo ha servido para justificar el uso de la energía nuclear; eso sí, con las medidas de protección adecuadas. O para reflejar el entorno comunista, en el que el miedo y la delación estaban a la orden del día. Y aquí la visión es parcial. ¿Accidentes como estos sólo pueden suceder si el sistema está esclerotizado y el miedo y las dificultades económicas impiden tomar decisiones de seguridad básicas? Es posible, pero se pierde una oportunidad para explicar más ampliamente y con seriedad el final del comunismo. Se simplifica desde la perspectiva occidental y eso siempre supone un error. Y no se atreve a afrontar que el capitalismo también podría llevarnos a ese desastre.

Better call Saul va en otra línea. Se centra en dos personajes secundarios de otra serie de éxito, Breaking bad. Gran parte del trabajo ya estaba hecho: había un entorno construido con anterioridad con la ciudad de Alburquerque como epicentro, en Nuevo México -de corrupción, droga, carteles-, y personajes atractivos. Los creadores de la serie juegan sobre seguro y sigue funcionando. Quizá lo que interesa ideológicamente de esta serie es la constatación -que se da una y otra vez en las series actuales- del nivel de corrupción, asumido y aceptado por la sociedad, como mal menor, y que, de manera más o menos sutil, se nos dice que la única posibilidad de sobrevivir para muchos es engañar; es decir, sólo nos queda manipular las reglas de juego, porque, en el fondo, éstas sólo sirven a unos pocos y consolidan un mundo injusto.
Y la respuesta, como en Mr. Robot, sólo puede ser la de utilizar esas reglas para intentar dinamitarlo. O para aprovecharse de él, sin importar las consecuencias éticas, en Better call Saul.
Las soluciones, en ambos casos, son individualistas. Y te condenan a la locura, la soledad o la autodestrucción. En Years and years, refugiarse en un pequeño entorno familiar o social que te proteja no resuelve los conflictos; sólo permite resistir durante más tiempo.
A no ser que sirvan para enfrentarse a ellos.

No es un presente ni un futuro muy halagüeño el que reflejan estas series.
Pero, según parece, es el que tenemos.


domingo, 9 de junio de 2019

ORDESA


Domingo de junio.

Hoy he dedicado todo el día a hacer dos cosas: leer un libro; escribir otro.

El libro que he leído estaba entre esas lecturas que debes hacer, te obligas a hacerlas; pero no tenía prisa. Hasta que lo he encontrado en una biblioteca. Y ha costado. Es un libro muy deseado; siempre aparecía prestado. Nunca se me pasó por la cabeza comprarlo; no era una necesidad vital.
Ha llegado a mis manos quizá un poco tarde. Creo que si hubiera sido hace un año, me hubiera conmovido mucho más.

¡Como no lo hubiera hecho! El autor habla de su padre y su madre; acaban de morir en un periodo muy corto de tiempo. Toma conciencia de que su vida ha girado, se ha transformado. Ya nunca será el mismo. Abandona su trabajo como profesor en un instituto. Siente el vacío de la existencia. Se divorcia; sus hijos continúan un legado de incomprensión. Recupera su memoria familiar; la recrea: es una condena inevitable que debe aceptar.
Sí, reconozco ese relato, ese camino. Lo he recorrido en estos cuatro años.
Por supuesto, hay diferencias. La primera es evidente. Su libro ha sido leído por miles de lectores. Mis reflexiones nadie las leerá; o muy pocos. La otra, es similar. Vila es un gran escritor, con un estilo muy definido -poético, sencillo, paciente-. El que escribe estas líneas no deja de ser un esbozo, condenado al anonimato.
Sin embargo, no me ha emocionado. Unas poesías colocadas como colofón de la obra me han tocado, es cierto. Muchas de sus metáforas e ideas te golpean, pero no me ha transmitido la intensidad que esperaba. ¿Ha sido tal vez que no pueda creer en el fracaso que tantas veces aparece como idea recurrente en este libro, cuando es un escritor invitado al Palacio Real o gana premios por cada libro que escribe? No, me parece que es un juego, que forma parte de una construcción inteligente que le permite contraponer la realidad social a la personal. Y le funciona.
Creo que el problema es mío. Durante los últimos cuatro años me he vaciado. Mi madre, mi padre, mi familia han sido temas recurrentes. Un documental, varias novelas, narraciones cortas... Estoy agotado.
En enero de este año sentí que el rumbo cambiaba. Ya no podía más. También he perdido otras cosas en estos meses...
A ratos, construyo una novela diferente en el que mi familia desaparece; yo desaparezco. Necesito alejarme.

Ordesa o Barbastre o Cambrils es el paraíso perdido, el que representan nuestros padres. Mi Ordesa es Gandía o Móstoles o, es posible que Arosa o Tarancón o Barcelona, pero, sinceramente, estoy cansado de vivir en el paraíso.

Hay libros que no llegan en el momento adecuado; tal vez, deba dejar que el tiempo siga su curso y volver a este libro, cuando yo sea diferente; cuando, al mirarme al espejo, me encuentre con otra persona.

Mientras tanto, dejemos que la vida deje su poso.

Mañana será lunes.

sábado, 8 de junio de 2019

COMENTARII, MEMORIAS.


Agripina escribió unos commentarii, lo que llamamos ahora memorias; se han perdido. Y es una pena, porque, aunque nos quedan restos que Tácito y otros autores seleccionaron para contarnos la historia de su época, son sólo impresiones deformadas y tergiversadas por hombres que convirtieron a Agripina en la responsable de todos los males. Una mujer que se atrevió a mandar. Ya se sabe. Eso no encajaba en el mundo romano; todavía hoy mismo no encaja. Emma Southon habla en su favor.
L'agulla daurada es la narración de un viaje, el de la autora, Montserrat Roig; su objetivo inicial era recoger testimonios del cerco de Leningrado. Entre esas vivencias terribles se intercalan reflexiones sobre Pushkin, Rasputín o Dostoievski y una mirada comprensiva sobre la URSS antes de la caída del muro. 

La antigua Roma imperial y la Leningrado soviética. Commentarii. Memorias. 

Entre bambalinas se mueven los hilos de nuestras vidas. Si en un instituto se nos escapan los mecanismos de poder e influencias, no digamos en estructuras más complejas, sean comunidades, países o imperios. 

Escucho conversaciones de profesores. 

Ya no hay izquierda y derecha; son conceptos que no existen... 
En realidad, esta compañera, española de pro, orgullosa de sus deportistas y de su bandera -me emociono con Nadal y siento mi país-, no va mal encaminada, pero, como todos, equivoca el foco. 
Sólo están los que asumen el sistema, -ya sea aplaudíéndolo (la derecha o el centro), suavizándolo (Podemos) o lo que es peor, haciendo una cosa y aparentando otra (PSOE)- y, por otro lado, los que quieren acabar con el sistema. Es un buen ejemplo el juego de cambalaches al que asistimos estos días para mantenerse en el poder municipal, autonómico o nacional. Todos representan lo mismo; la única diferencia es que unos son más sutiles que los otros; estos, más hipócritas; aquellos, más inútiles o ingenuos. 

Aunque estaba de baja, la directora la llamaba para darle ordenes... 
El poder es un mecanismo muy poderoso; y es díficil mantener la distancia necesaria para que no te devore. Siempre puedes como Colau o Carmena sostener que lo haces para suavizar un sistema injusto. Hay que ser pragmático, abandonar maximalismos. Los discursos oficiales, sean los de una alcaldesa, un presidente o una directora de instituto son huecos; los medios dirigen a la plebe. Me pregunto si, en el fondo, no podemos vivir sin mentirnos y mentir a los demás, interpretando un papel. En cualquier espacio, sea pequeño o grande. 
El 15 M no es más que un recuerdo. Una derrota; otra más. Sus herederos no son más que marionetas al servicio de los poderes de siempre. O "trepas", recibiendo el aplauso de los que antes los consideraban un peligro; ya dejaron de serlo. 
Pero les votan; nos merecemos lo que tengamos. Siempre nos engañan; el miedo a la ultraderecha, perder derechos sociales... Somos esclavos que votamos cada cuatro años para cambiar de amo.
El 1-O fue también un momento de rebelión. Fallido, por supuesto, porque los que lo alentaron sólo buscaban conseguir una posición mejor o un nuevo sistema que ellos controlaran. Sin embargo, ese día el sistema, el que se construyó en el 78, se vio en peligro. Después ha vuelto a recuperar el control de la situación. Por el momento...
Soy cobarde y pusilánime. Admiro a aquellos que luchan contra este sistema, aunque pierdan todas las batallas, pero yo no soy capaz de hacer mucho más que escribir unas cuantas líneas. Y ni siquiera estoy seguro de que tengan demasiado valor; líneas robadas a otros, muertos o vivos, conocidos o desconocidos. 

Viernes. Doy las notas; recibo de los alumnos agradecimientos -pocos, aunque me emocionan: un abrazo, una sonrisa; un "¿estarás el próximo año?"-. Indiferencia, en general. Y algún desprecio. Hay profesores que tienen más empatía; yo no la tengo. Soy demasiado serio o, bajo una capa de firmeza y frialdad, me protejo. No es una buena actitud para recibir el aprecio de los alumnos. 

Martes. Discurso de graduación: les hablé de la imaginación. Tomando como punto de partida una de las anécdotas del cerco de Leningrado -un guía turístico del Ermitage que describía los cuadros, aunque ya no estaban allí, en visitas nocturnas a la luz de las velas- este tema se me apareció como el más apropiado. Me hubiera gustado añadir que el sistema educativo, como cualquier otro, coarta la imaginación, la aplasta. No me atreví a tanto. Simplemente les dije que no la olvidaran, hagan lo que hagan. No sé si lo conseguirán. Es posible que sea otra derrota más: la suya.

Sábado. En el examen de catalán me divierto. No tengo un buen nivel, pero, al menos, experimenté el placer de jugar. Y de imaginar. En un ejercicio asumí, como si fuese un actor, el papel de un vecino, harto de los ruidos nocturnos. Conseguí la sonrisa de una de las examinadoras. 
Unas horas después, hablo con Assumpta; le regalo una fotografía en papel: aparece delante de su puerta. Me habla de su vida; memoria cristalina, cuando me cuenta momentos concretos, vivencias tan personales como la caída de una bomba a unos metros o la última vez que vio a su padre o la imagen de una madre fuerte y generosa en la habitación donde nos encontramos en ese momento. 

Estamos acabando con el mundo. El Mediterráneo es un basurero... 
Recordar el pasado es importante: son nuestras raíces, me dice en catalán. 
Me espera una obra de teatro: El dolor de Marguerite Duras, interpretado por Ariadna Gil. Agota tanto sufrimiento concentrado en una hora. No puedes respirar. 
A la salida, unos currantes toman cervezas en un bar regentado por chinos. El Liverpool gana la Copa de Europa, mientras seis chicos se pasan una pelota de fútbol. 

Jueves. Una salida de profesores y alumnos a la sierra -concretamente, a Cercedilla-; uno de los alumnos tiene un mareo. El profesor responsable toma decisiones inteligentes, medidas, sin precipitarse. Veo ahí a un productor; me asombra y admiro esa capacidad que yo no tengo ni tendré. Que Agripina, por ejemplo, sí poseía, si hay que creer en la versión que Emma Southon nos ofrece en su biografía. Mirada parcial, pero, ¿acaso Tácito, Suetonio, Séneca, Dión no la tenían también? Cada uno, según le interesa, interpreta los fragmentos supervivientes de nuestro pasado en ruinas . 

Sábado. Un vecino en el ascensor me habla del calor que pasó en Murcia cuando hizo la mili. Nos hacían dormir dos horas... Los ejercicios eran absurdos... 
Con la bicicleta llego al cementerio; visito la tumba de mis abuelos y de mi madre. Al volver, disfruto al bajar por una pendiente. Sin ningún esfuerzo, un cuerpo en movimiento. 

Estos párrafos podrían ser memorias o commentarii. Caóticos, desordenados, extraños. 
Me esperan otros libros...

Vaya, estás aquí, preparando material, leyendo libros. Eso es lo mejor de ser profesor. ¡Ojalá pudiéramos estar así siempre, aprendiendo, enseñando!

Y no tener que hacer de carcelero, podría haber añadido, como en las guardias o en las clases... 
Hay que tenerles en el centro hasta las dos y veinte... ¡Guarda el móvil! ¡Bajad al patio!

A veces me gustaría desaparecer: sólo leer un libro, escribir un relato, acariciar a Yume, ver una película, montar en bici. Pequeños placeres. 
Pero la libertad absoluta es imposible. Somos seres sociales. 
Vivimos en un sistema, en un mundo, en esta realidad.

Aunque siempre nos queda la imaginación... 






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domingo, 26 de mayo de 2019

ASSUMPTA


Al final de la rambla de Poble Nou, antes de llegar al paseo marítimo, -ese que levantaron para el 92 y cambió Barcelona, para lo bueno y para lo malo; en el que te cruzas con extranjeros dispuestos a emborracharse o pasas por delante de negocios que son ejemplos de un turismo cada vez más masificado e impersonal-, allí, en el lugar en el que menos lo esperarías, te encuentras de repente con una casa antigua de dos plantas, cuidada con mimo.


A su alrededor, edificios altos, rascacielos en comparación. Es una superviviente.


Ese edificio esconde una historia. Como todos, si nos paramos y preguntamos a los hombres y mujeres que viven y vivieron allí.
Puedes aún encontrarte, si tienes tiempo, junto a la puerta, a una anciana de 90 años. Es su propietaria. Dispuesta a contarte esa historia. Y te la cuenta, porque la historia de la casa es también la de su propia vida.
Aunque nació en el 32 -"en el antiguo carrer mayor-, en el 36 sus padres ya se vinieron a vivir aquí. La segunda planta la levantó su progenitor; después él mismo tuvo que irse a la guerra.
Si sigues atento a sus palabras, te dice, con un ligero temblor, que su abuelo murió en otra parte de la casa; esa habitación desapareció, cuando ampliaron la rambla. Sin embargo, cuando te lo cuenta, tienes la sensación de que en su memoria aún se encuentra en pie. O que esta casa estaba rodeada de un huerto; que tenían un caballo; que construyeron casitas provisionales a su lado, después de la guerra y duraron más de treinta años. Y luego, en los años 50 alzaron las moles que la rodean. Sólo ha quedado la suya.
Si continúas escuchando te da su opinión sobre el desastre a donde nos dirigimos -"antes uno se podía bañar en el mar; ahora, no sé cómo se meten allí con toda la basura que hay"-, las guerras -"¿por qué la guerra? Y la nuestra sólo fueron dos años; ¿cómo puede haber algunas que duran diez o quince?- los alimentos ecológicos -"ni siquiera te libras; si la tierra está envenenada, también esos alimentos lo estarán"...
Y concluye, antes de despedirse y cerrar la puerta.
"No podría vivir en un apartamento... me ahogaría... Aquí, sólo con salir a la puerta, ya hablo con quien quiera, como con vosotros..."
Es una mujer amable; te regala su memoria, su testimonio, su simpatía, su inteligencia, su coraje. Vale la pena detenerse un rato y, simplemente, escucharla...

jueves, 16 de mayo de 2019

DOCUMENTA MADRID 2019 (II)


Continúo.

Para la guerra.  

                     

Estamos ante el retrato de un ex-soldado cubano de la guerra de Angola y Guatemala. Se mueve entre la locura y la dignidad. Es un gran personaje que, colaborando con el director de tú a tú, ha querido jugar con su cuerpo y algunos de sus recuerdos. El planteamiento es sencillo; muestra, sin más. No le juzga, aunque haya un ligero toque de ironía; no le ridiculiza, sino que le respeta.
Tampoco profundiza y ese es, tal vez, su mayor defecto. ¿Es suficiente lo que hemos visto? Tal vez. Aunque, insisto, podría haber dado más de sí, llegando mucho más lejos: tanto si hubiera hablado más del personaje -hay aspectos personales que se decidió no montar y hubieran hecho más complejo el retrato- como del espacio en el que se encuentra -lo cual hubiera ampliado la perspectiva.

Charleroi, le pays aux 60 montagnes podría definirse como la reflexión histórica, sociológica y sentimental sobre una ciudad.

                     

No es casual que sea la ciudad de su infancia, aunque el director habla de una trilogía que, según parece, terminará con el bable, aquí, en Asturias.
Tres espacios, tres ciudades que construyen una memoria colectiva.
El documental ofrece dos miradas. La primera -más convencional, con entrevistas a habitantes, expertos y hasta el alcalde- me interesa menos. Hay alguna intervención que sí vale la pena -cómo cuando un historiador cuenta la manera en que se salvaron miles de judíos durante la persecución nazi, por ejemplo-, pero, en general, me parece que esta parte podía haberse eliminado y la mejora hubiera sido evidente. Tal vez porque deseaba llegar a un tipo de público más amplio.
Sin embargo, la voz en off, sugerente, medida, bien organizada, -a veces, descriptiva y reflexiva; otras, personal y emocional- y las imágenes elegidas para acompañarla -a veces, realistas; otras, experimentales- son, sin duda, lo mejor del documental. Es una pena que el director no se decidiera por este camino, rechazando el otro; hubiera sido más arriesgado y más atractivo.

By the name of Tania no sé si considerarlo un documental. Si acaso es un documental ficcionado.

                      

Perú. Una mujer en voz en off nos cuenta su historia, historia terrible de prostitución y trata de blancas. Impresiona porque, tanto en la forma de contarlo como en las imágenes que se eligen para enmarcar esa voz no hay drama ni tragedia. Sí una representación muy sutil. La actriz -no profesional- encarna perfectamente a todas las mujeres que han sufrido esa explotación: forma de esclavitud en pleno siglo XXI.
Una historia oculta, lacra de nuestro tiempo y del sistema, nos llega sin exageración ni sentimentalismos. Sobria, elegante, brillante.

Journal de septembre entraría dentro del documental ensayo.


Bajo el formato de un diario nos encontramos con retratos, imágenes, sonidos, reflexiones sobre el arte, relatos... El documentalista belga esboza a sus amigos, su entorno, sus pensamientos y vivencias cotidianas con gran sencillez. Es un canto a la vida y al paso del tiempo que ha compartido con nosotros. A uno le gustaría hacer lo mismo con su propia vida, al salir del cine...

Y termino con Apuntes para una herencia. 


                     
De nuevo, la memoria. Aunque esta vez la memoria sea incómoda... Admito haberme sentido identificado con su búsqueda. Me he visto como él, en las entrevistas que aparecen, inseguro; he intuido una relación similar con el padre; busca respuestas e indaga en su pasado familiar. En su caso, el punto de partida fueron los recuerdos de su abuelo, soldado del bando franquista, durante la guerra civil. De ahí llegamos a otros conflictos: la memoria familiar; la responsabilidad que preferimos no asumir o aceptar. Es irregular, con un guion indefinido -son eso, apuntes, y no lo niega-, pero deja un poso al menos.
Me atrae la idea de contactar con él y hablar de experiencias que sólo nosotros podríamos entender, porque, sin conocernos, hemos compartido situaciones parecidas durante estos últimos años.
Un documental es, a veces, o siempre, un proyecto vital y personal.

sábado, 11 de mayo de 2019

DOCUMENTA MADRID 2019 (I)


El jueves empezó oficialmente el festival de documentales de Madrid. Al menos, el más conocido.
Como el año pasado, veré películas. Y daré mi opinión sobre ellas.

Empiezo con Cerro quemado. 

                                   

En todo documental hay que tomar decisiones. En Cerro quemado la decisión fue contar sólo el deseo de recuperar un espacio perdido por parte de tres mujeres y tres generaciones -la nieta, la madre, la abuela-. Es sencillo y la puesta en escena es peculiar: con planos detalles -a veces vemos una parte del rostro, la boca, los ojos-, unas manos; o la cámara se coloca, mientras ellas caminan, a su espalda. El espacio se impone. Pero...
Se ha quedado a medias; sólo se cuenta -a las claras, en un letrero, tras el último plano- la razón por la que este lugar ha sido abandonado. Como siempre, la explotación y el capitalismo. Sin embargo, eso te decepciona. ¿No se podría haber integrado en la narración mucho más? Aunque es cierto que se cuenta algo al hablar de la muerte del padre o de la vida del abuelo, la sensación es que esa información, de haberse ampliado, podría haber sido muy interesante y hubiera enriquecido la narración. Incluso en la historia que decide contar se echan en falta más detalles de las tres mujeres.
Es como si estas ideas tan atractivas se hubieran insinuado, pero no hubiera podido o no hubiera querido llevarlas más allá.

The border fence -se podria traducir algo así como La valla fronteriza-, tiene un planteamiento simple.

                                 

Entrevistas -muy sintetizadas, en planos fijos- con personas que viven y trabajan en la frontera, entre Austria e Italia, en el Tirol. Entre ellas, imágenes de transición, donde aparece el espacio fronterizo en cuestión. Nada más. Le basta.
Es un documental muy pedagógico. Lo que piensan allí, se piensa también aquí; no somos tan diferentes. He escuchado esos argumentos en los bares, en las aulas, en las televisiones de nuestro país. La inmigración vista como problema o como aportación; los argumentos que sirven de excusa. Y la presión de los políticos y de los medios. Al elegir este formato se pierde la visión general, pero cada opinión es un motivo de reflexión, al salir de la sala. Podría haber apostado por un tratamiento más arriesgado, pero probablemente no lo ha buscado.

La ciudad oculta.

                                    

No tengo ninguna duda. Este documental se venderá en televisiones; gustará a cierta crítica y cierto público, pero es una cáscara vacía.
Me explico. Técnicamente estoy seguro de que es el mejor documental. Un sonido y una imagen perfectos. Crea un ambiente y una atmósfera de primera -a veces puedes pensar que estás en una película de ciencia ficción o de terror, como Alien, por ejemplo, con ciertas tentativas experimentales-, pero yo me haría dos preguntas.
¿Esa es la realidad que hay en el subsuelo de nuestras ciudades, en Madrid? ¿Dónde están las vidas, las preocupaciones, las experiencias de los que viven bajo el subsuelo? Las ves sí, bajo esa máscara, pero dentro de un artefacto que los contiene. No son libres; se nos presentan como partes de una recreación artística. Es una elección; no sería la mía.

En Idrissa, crónica de una mort qualsevol veo más sinceridad y menos manipulación.

                                  

Incluso, admito que podrían -son una cooperativa- haber sido más calculadores. Echo de menos calidad técnica; artísticamente no está a la altura de otros documentales de este festival. Tiene un estilo más televisivo, ya que el objetivo es otro: no quieren hace arte; pretenden llegar al gran público -al menos, al más crítico- y que este conozca una realidad ocultada por los medios.
¿Y cuál es? Que hay inmigrantes que mueren en los CIES (centros de internamiento provisional) en circunstancias extrañas; se oculta la verdad; se cierran casos y, luego, además, la administración ni se preocupa de sus familiares. Esa falta de humanidad del sistema jurídico-político en el que vivimos, contrasta con la sensibilidad y el respeto con el que se trata el tema. La historia podría haber ido por investigar en las cloacas del Estado -algo que hicieron con más claridad en Ciutat morta, documental que podéis ver completo, a continuación-,

                                   

pero se decide por otro camino: contar cómo el cuerpo de un inmigrante vuelve después de más de seis años a la tierra que lo vio nacer, juntos a los suyos.
Ese es, sin duda, su mayor acierto.

Por último, Hasta que las nubes nos unan/Guardiola-Diola. 



Si la anterior es una obra colectiva, aquí me encuentro ante una visión personal, la de alguien que se siente atraído por grupos humanos o colectivos que, en este caso, conservan la calidez y la vitalidad más espontáneas. Esa que nosotros, los occidentales, perdimos hace mucho.
Sus defectos y sus virtudes tienen un único origen: Lluís Escartín. Un tipo excéntrico: un anarquista vital. La obra es irregular. Intuyo que toda su filmografía debe serlo. Su idea inicial: comparar el silencio y la frialdad del trabajo en su pueblo, en el interior de Cataluña, con las canciones y el optimismo de un grupo animista de Senegal.
Se decide por descompersarlo todo; no le interesa mostrar muchas imágenes de su pueblo materno. Podría, por ejemplo, haber opuesto el silencio de unos espacios, los nuestros, con la alegría de los otros, los de Senegal. Hubiera sido una obra más redonda y no tan irregular.
Al contrario. Elige, sin dudarlo, el paraíso perdido y en peligro. Y, con todo, su virtud es precisamente esa: despreciar lo que conoce de memoria; amar y admirar lo que le atrae, esa África que le ha atrapado, a la que ya pertenece, quizá desde Nescafé-Dakar, por lo que he leído en algún blog.


Nescafé - Dakar from Lluís Escartin on Vimeo.

Cuando nos cuenta en el debate posterior su experiencia -tuvo que superar unas pruebas; vivió con ellos unos cuantos meses; estuvo enfermo, delirando, al borde de la muerte-, una experiencia que no aparece de manera explícita en el documental, entiendes lo que este hombre, libre, buscaba.
Es más que una obra etnográfica; es un canto sincero y respetuoso a las raíces de la humanidad. En el que la alegría y la vida -femenina, de eso no hay ninguna duda- surge, con absoluta naturalidad, de la muerte cotidiana. Y es también un mundo que en poco tiempo desaparecerá, devorado por el monoteísmo -en este caso, el Islam-.
Y el que venga en su lugar, será frío, desangelado. Como el nuestro. No valdrá la pena.
Lluís Escartín parece haberlo entendido...




miércoles, 17 de abril de 2019

PALMARÉS DE VISION DU REEL

Aprovechando mi acreditación, a lo largo de estos días he podido ver los premios de este año por internet. Aunque hay gran variedad temática, sorprende encontrar similares influencias y planteamientos comunes. Vivimos en un mundo interconectado; nos alimentamos los unos de los otros. O nos copiamos, depende de cómo lo queramos ver.
Empezaré por los cortometrajes y mediometrajes.
Me sorprende no encontrarme entre los premiados con A los vivos. Un poderoso mensaje de denuncia, necesario en estos tiempos. Hace veinte años una inmigrante murió en manos de la policía, cuando iba a ser deportada. Las imágenes y los testimonios son brutales.
O con En las ruinas. Las ruinas de Pompeya y los recuerdos de un padre perdido.


Y, entretanto, algunos esbozos de vida cotidiana alrededor de la directora. O sus reflexiones y pensamientos.
En cambio, uno de los vencedores fue un documental boliviano, Compañía. Su comienzo hipnótico te atrapa. El resto del relato son episodios, sobre todo, de carácter etnográfico. De vez en cuando, aparece una mirada tierna, personal; por ejemplo, las palabras en off, los sueños narrados por los habitantes de La Compañía o los planos fijos que parecen insinuar siempre algo más, pero no llegó ni de lejos a impactarme como los dos anteriores.
El otro, Akaboum, pasa de la realidad a un final, convertido en una fantasía utópica deformada. Quizá es una visión demasiado optimista de la juventud actual -¿o eso aparenta?-. Está bien rodada y estructurada, pero me parece distante.
God, en cambio, es más atractiva. El tema es la visita del papa a Chile. Aunque a mí, personalmente, me resulta indiferente, está muy bien montado y tiene un sentido del humor muy sutil; a veces, cerca del surrealismo -algunos planos fijos son impagables-. Nos muestra, al mismo tiempo, una realidad contradictoria donde las visiones opuestas chocan entre sí constantemente. El documental nos dice una y otra vez que vivimos en un mundo en el que la imagen -deformada, transformada- sustituye y falsea una realidad muy compleja.
Aunque The outer space forest es un experimento curioso -una distopía en forma de documental- y en Camps on the wind´s road me impacta la sequedad y la rudeza -del paisaje, de los personajes, de los rituales- flaquean y no logran mantenerme atento.
Aunque sólo se presentara en Nyon, me gustó Behind our eyes. Es una apuesta experimental, visualmente muy poderosa.

DERRIÈRE NOS YEUX (EXTRAITS) from Anton Bialas on Vimeo.

En largometrajes The house tuvo dos premios. Una casa no sólo es el espacio, sino también las personas que lo hacen posible, que la mantienen en pie. En la sencillez de esta propuesta estriba su mayor cualidad. Elegante y sobria. Se enlazan perfectamente la experiencia personal de los personajes con el objetivo principal: construir el hogar en un lugar abandonado por otros.
Entre los documentales suizos fueron premiados, Taste of hope. 
Pequeñas ventanas de esperanza. Después de crear una cooperativa -tras casi cuatro años de lucha, 1336 días-, sus trabajadores deben sobrevivir y la empresa -especializada en el procesamiento y empaquetado de té- ha de competir con otros productos en un mercado que les obliga a tomar decisiones difíciles. Todos somos conscientes de los problemas que supone cambiar un sistema económico tan jerarquizado, mediatizado e injusto, pero son imprescindibles, si queremos un futuro para nosotros mismos y las generaciones que vengan. Aunque también te preguntas, al ver este documental, si no será necesario partir de cero completamente: hacer tabla rasa de todo el sistema. Incluidos nosotros mismos y nuestra percepción del mundo.
El otro, Lucky hours. Partiendo de unas bobinas encontradas, se nos cuenta la historia de un psiquiátrico, el hospital de St. Alban, convertido en modelo de institución pública desde 1936, durante la segunda guerra mundial y en los años cincuenta y sesenta -mientras en otros morían a cientos, aquí se salvaba a gente: se protegía a judíos y miembros de la Resistencia, se trataba con dignidad a los enfermos; se facilitaba el trabajo y la creación artística, como sucedió con Auguste Forestier, un ejemplo del llamado arte bruto-. Sólo fue necesario solidaridad y tratamientos modernos. Si hubo horas felices, fue gracias a la bondad de mucha gente y el esfuerzo de grandes profesionales. Y hoy en día, con graves recortes, -nos lo recuerda el último plano- se está olvidando.
En Midnight traveler, la denuncia. Si se quiere saber todo la odisea que deben superar los inmigrantes para llegar a Europa, este es un gran documento. Una familia, la del director, es ejemplo de otras muchas. Tres años en campos de refugiados, cruzando fronteras con miedo a ser disparados, recibiendo el rechazo de algunos. Esperando. Hecha con pocos medios -tres teléfonos móviles- no deja de lado las pequeñas alegrías de la vida cotidiana. Veracidad y sinceridad. Con una perspectiva muy parecida estaba I have seen nothing, I have seen all, olvidada entre los premios al cortometraje. Sólo con una imágenes y las grabaciones de varias llamadas de teléfono abre y cierra una historia dolorosa : ni siquiera los muertos de una guerra -en este caso su hermano- pueden descansar en la tierra donde fueron enterrados.
Looking for the man with the camera me atrajó porque construye la búsqueda de un hombre secuestrado y asesinado por Al Assad en Siria, con imágenes y reflexiones sobre su propia vida, tan similares a las nuestras, a veces.
                              
Quizá esa es la parte más interesante; la otra, adolece de falta de ritmo.
De los tres vencedores a mejor largometraje, no logra convencerme, When the persimonns grew. El espacio familiar -la casa, el paisaje- recreado en el presente; la vida cotidiana teñido de pasado. Los silencios adquieren un peso fundamental. La relación entre una madre y su hijo: compleja. Podría haber sido más conciso y hubiera ganado en intensidad.
Aunque es incluido, de manera tangencial en un premio menor, me emocionó más Norie. 



Un plano del padre, hablando de los recuerdos que duelen, de la mujer amada y perdida hace tanto tiempo, directamente a cámara, te deja sin respiración. Sabe moverse en ese ritmo tan delicado que sólo un oriental es capaz de hacer. Creo que hubiera merecido más.
El segundo premio -al menos, si consideramos la cuantía económica- sería para That which does not kill. Lo que no te mata...


Testimonios directos y valientes. Parte de un hecho concreto -una violación, en el fondo, aunque según la "justicia" de La Manada, no podría ser juzgada como tal- para, desde el principio con su elección formal, transformarlo en una denuncia colectiva. La historia no la cuenta una sola mujer -quien sufre esta violación-, sino muchas, reflexionando sobre este relato concreto y sobre sus propias experiencias. Y ese es su mayor acierto. La sencillez de este planteamiento y la veracidad de sus testimonios te golpean de lleno.
Finalmente, Heimat is a space in time.

                              

Es la obra de toda una vida, de un país: Alemania. Del siglo XX. Imágenes y una voz en off hipnóticas, poéticas. Abuelos, padres, hermano. Nazismo, holocausto, guerra, comunismo, capitalismo y libre mercado. Cartas, fotografías y, cuando llega su turno, recuerdos y reflexiones personales, correspondencia de su madre con Christa Wolf. Los espacios son reflejo y consecuencia del paso del tiempo;

                          

 el tiempo -las palabras y las voces recuperadas- completan esos espacios. Todo termina con la muerte de su madre. O comienza... Casi tres horas de buen cine.

Aún tengo tiempo hasta julio de disfrutar de otros documentales. Les echaré un vistazo.
Sí es cierto que nos movemos en una realidad compartida. Inmigración, feminismo, familia, capitalismo, recuerdos. El pasado, el presente y nuestro futuro. La voz propia -en la mayor parte aparecen voces en off, como en el nuestro-.
El documental, sin duda, está vivo. En mi opinión, mucho más que la ficción.