sábado, 5 de mayo de 2018

PEPE


JOSÉ SINDE GÓMEZ
Doniños, El Ferrol, 1917-Madrid, 1945

            Conocí a Valentina hace un par de años. Bueno, no fue exactamente entonces la primera vez. Tuvimos encuentros esporádicos en esas celebraciones familiares que nos sitúan en el tiempo, mucho mejor, a veces, que los grandes momentos históricos colectivos: el 11M, el 23F, el 15M, el 11S…

            Ella me recordaba, bailando en una esquina como Michael Jordan, apartado. Tímido, no quería que nadie se fijara en mí. Y, cuando me di cuenta de que Valentina me estaba observando, dejé de bailar, avergonzado. No tendría más de diez años.

            Volví a verla hace poco. Tras el fallecimiento de mi madre, había encontrado unas fotografías y deseaba saber quiénes eran los familiares que aparecían en ellas. Y Valentina, como demostró enseguida, tenía muy buena memoria...

            Al principio, no me puso pegas, aunque le hice cientos de preguntas. Imagino que le pareció curioso mi interés: que alguien –un desconocido, al que no veía desde hace más de treinta años- quisiera saber tanto de sus padres o de sus tíos. Es cierto que tenía una forma muy elegante y elusiva de decirme que deseaba terminar las conversaciones que manteníamos por teléfono.
-Estoy en el pasillo y aquí hace mucho frío. Me voy a congelar.
O recordaba, de repente, sus dolencias.
-Me empiezan a molestar las articulaciones de estar así, tanto tiempo con el teléfono.
No insistía.
-Ya te llamo otro día.
En cualquier momento podría decirme –y lo acabó haciendo- que ya no querría contestar más preguntas sobre el pasado. Mientras tanto, estuvo dispuesta a contarme todo lo que recordara. A su manera.
-¿Dormía Regina con vosotros, con él, en la casa?
Valentina piensa que le ha preguntado si dormían Pepe –así llama siempre a José Sinde Gómez -y Regina en la misma cama.
-¿Dormir juntos? Entonces las mujeres éramos decentes –me dice, enfadándose – antes del matrimonio no nos acostábamos con el novio; no como ahora.
Sonrío. No voy ahora a defender las ventajas de conocerse antes del matrimonio. Los tiempos eran otros…
Valentina recuerda a un Pepe –así le llama siempre- tierno, muy cercano.
-¿José? No, para nosotros era Pepe.
Valentina continúa escarbando entre sus recuerdos.
-Llegaba a casa y era el único que me preguntaba qué había hecho en la escuela. Me sentaba en el borde de su cama y hablábamos un rato…
El primer recuerdo que tiene de Pepe es de cuando estaba en la cárcel.
-Lo visitamos en la cárcel de Carabanchel. La estaban construyendo. Le llevábamos chorizo y pan. Yo estaba impresionada…
-¿Cómo era la visita? ¿De qué te acuerdas?...
-Había que pasar una verja y luego nos hacían esperar. No podíamos tocarle. Le pasábamos lo que le traíamos, pero no había ningún tipo de contacto. No lo permitían.
Era gallego. ¿Se le notaría?
-No, no tenía acento. Lo que sí recuerdo ahora es que dibujaba muy bien. Era amable, cálido, simpático… buena persona. Por eso murió tan pronto…
Le pregunto si Regina lo olvidó. No nos hablaba mucho de él.
-No. Nunca le olvidó. De eso estoy seguro. Eso nunca se olvida.
-¿El qué?
-El primer amor… Sí, luego se casó con su marido, Ángel. Tuvo los dos abortos. Él se buscó a otra. Después vino José Luis, pero el primer amor es el primero. Y más si termina de esa manera tan triste… ¡Pobre hombre! Se lo llevaron un poco antes de que muriera. No querían que nosotras, que éramos unas niñas, lo viéramos morir…

José Sinde Gómez nació a las dieciséis horas del 5 de mayo de 1917 en la parroquia de Doniños, anexa a la localidad de Serantes, a unos kilómetros de El Ferrol, provincia de la Coruña. Hijo de Benito, labrador, y de Josefa, y hermano de Eduardo y Celestina. No tengo datos sobre su infancia; el único, el lugar donde vivieron, en la calle Cabana, número cuatro, en una casa que aún se conserva y desde donde se puede ver el puerto de El Ferrol. Eduardo, el hermano mayor, seguiría viviendo allí hasta los años setenta.
Como muchos de sus contemporáneos, Pepe, de joven, a los diecisiete años, en septiembre de 1934, decidió incorporarse al ejército; Eduardo, años antes, había hecho el servicio militar y, seguramente, conservaba algunos contactos y amistades; eso le permitió a Pepe conseguir un puesto relativamente tranquilo en la banda de música del regimiento de infantería.
Se encontraba en el Ferrol cuando estalló la guerra civil. Su ideología era republicana, pero los mandos se unieron a los golpistas y él tuvo que callar sus inclinaciones, al menos, hasta que tuviera la ocasión de cruzar al otro lado. Es posible que si tuviera dudas, desaparecieran cuando vio la represión brutal del bando franquista en el Ferrol o en Galicia. En las primeras semanas fueron ejecutados –muchos, sin juicio previo- más de tres mil personas. Sintió asco y rabia.
Y llegó esa oportunidad el 23 de enero de 1937. Su regimiento había sido trasladado del norte al frente de Madrid; se comenzaban a cavar trincheras. Madrid había resistido el ataque franquista; la guerra sería larga. Ese día buscó la colaboración de dos compañeros, Emilio y Benito, y una noche fría y húmeda, por la zona de Villanueva de la Cañada, se pasó a las filas republicanas. Tres hombres arriesgaban su vida... Se puede imaginar la tensión, los silencios, la respiración, algún disparo lejano, oscuridad... En dos días, en Alcalá colaboraba en el interrogatorio, facilitando todos los datos sobre las posiciones del enemigo. Disfrutó de unas semanas de descanso.
Fue trasladado a Valencia, al regimiento número diez. Ascendió a sargento en agosto de 1937, interviniendo, al año siguiente, en los sectores de Morata de Tajuña, Aranjuez y, finalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid. Al terminar la guerra se refugió en la portería de su tío, José Ramón, situada en la calle de Velázquez, número 26, de Madrid. Este vivía allí con su esposa e hijas desde 1927. Su tío negó en el posterior juicio militar conocer las circunstancias de su sobrino y que hubiera desertado del bando nacional. Tal vez prefiriera no saberlo.
Allí vivió nuestro José Sinde Gómez, esperando que se olvidaran de él, y sin que tuviera ninguna posibilidad de escapar ni de volver a el pueblo para ver a los suyos. En cualquier momento, podrían detenerlo. Vería los fusilamientos; escucharía, como todos, los disparos, en los muros de los cementerios. La venganza de los vencedores había comenzado.
Seguramente en el descansillo o en las escaleras conoció a Regina Solera Pérez, nacida en Tarancón, provincia de Cuenca, el 17 de octubre de 1917, hija de Alejandro, peón caminero, y de Fernanda y hermana de Severiano, Saturnino, Riansares, Dolores, Rosa, Víctor y Críspula.
Durante la guerra civil había sida enfermera en el Hospitalillo de Tarancón. El final de la guerra hizo imposible que pudiera estudiar una carrera de medicina o enfermería, lo que hubiera sido su deseo. Tuvo que entrar como empleada de hogar en una casa de Madrid. Críspula, su hermana mayor, que se había casado en 1930 con Juan Daguerre y que tenía dos hijos, vivía en el piso cuarto o sotabanco -lo que ahora llamaríamos ático- exterior, izquierda de la calle Velázquez, en el número 26. Y allí fue acogida por la familia, mientras encontraba un sitio mejor.
Imagino los primeros saludos entre Regina y José. Tímidos, educados, tranquilos. Algunas palabras: “Buenos días, buenas tardes, buenas noches, ¿cómo está? ¿qué tal el día?”, miradas de reconocimiento, sonrisas amables. Eran jóvenes, de la misma edad. Tenían veinte años.
El domingo 12 de noviembre de 1939 Regina y Pepe salieron juntos. ¿Verían alguna película? ¿Pasearían por el Retiro? ¿Tomarían chocolate en la churrería de la esquina? Se hicieron novios. Tres meses de salidas y citas, probablemente, sólo los fines de semana, cuando ella tenía tiempo libre.
Él no podía encontrar un trabajo estable, dada su situación. Le saldría alguna faena como pintor de brocha gorda o ayudaría a su tío en la portería. Oficialmente aparece como estudiante. Regina no ignoraba el pasado de Pepe; él debió contárselo, desde el principio. Aún así, se arriesgó, aceptó el compromiso. Le debió atraer el romanticismo que destilaban sus cartas, los regalos que le hacía –sencillos poemas con un estilo algo rebuscado, muy propio de esa época-, el idealismo, la seguridad de sus convicciones...
A las dieciocho horas y treinta minutos del día 10 de febrero de 1940, un sábado, José Sinde Gómez fue detenido por la policía. ¿Estaría con Regina? Tal vez volvían de dar un paseo por el Retiro. Unos minutos antes, ella se apoyaría en su hombro o él la abrazaría con ternura o se cogían de la mano. Los separaban.
Tres días después, el trece de febrero, José Sinde hizo la declaración ante el juzgado permanente número 22, situado en la plaza Mayor, número cinco, y delante del juez instructor, Mariano Lela. Su número de expediente sería el 59.726. Se atiene a los hechos y no intenta ocultar nada. Es conducido de inmediato a la cárcel de Santa Rita.
Sería de noche. Lo suben a un camión junto a otros detenidos. Se dirigen a Carabanchel. Un pensamiento fugaz pasaría por la mente de todos. Tal vez nos lleven al cementerio; tal vez nos fusilen. No, el camión toma otra dirección. Al poco tiempo, el vehículo reduce la velocidad. Se han parado en una calle larga y estrecha, frente a un edificio de grandes dimensiones. Del portalón sale un grupo de soldados que rodea el camión. Van sacando a los detenidos, de uno en uno; traspasan la puerta, les quitan las esposas. En el patio en el que se encuentran, escasamente iluminado, han colgado en las paredes, unos retratos de José Antonio y Franco y una panorámica del Alcázar de Toledo.
Están rodeados de altos muros: ladrillo rojo, rematado por alambres de cuchillas. Esos muros aún se conservan, son los del colegio de Santa Rita. El edificio, en los años cincuenta, volvió a ser un centro católico de la fundación de los Amigonianos; algunos de sus sacerdotes habían sido fusilados al comienzo de la guerra. Una placa los recuerda. En cambio, no hay ninguna mención a los que fueron encerrados o murieron entre sus muros, años después. La memoria siempre es parcial.
El 24 de febrero, fue fusilado un tío de José Sinde, que como él, se llamaba Pepe. El 12 de marzo su tía Gloria fue condenada a treinta años de cárcel. En la de Santa Rita, Pepe estuvo durante todo el año de 1940, esperando el traslado. Regina y él se verían a través de las rejas; tal vez, en las visitas que le hacía ella, se acariciaban el rostro o la mano...
El treinta de marzo, fue juzgado y condenado a la última pena bajo la acusación de auxilio a la rebelión, aunque, finalmente, el doce de mayo firmó veinte años de prisión mayor. El doce de septiembre, Pepe escribe una carta a Regina, enviada a escondidas junto a un paquete, en el que hace una declaración política en toda regla: lo llama su última voluntad.
Llama asesinos a los Nacionales y se siente orgulloso de todo lo que hizo con la República. Le dice a Regina que tenga cuidado y sea discreta, que recoja una maleta, dejada en casa de sus tíos, y se quede con la máquina fotográfica de marca Poker Kodak y envíe las fotografías y el resto de la documentación a casa de sus padres; en cuanto a la ropa, “que hagan con ella lo que quieran”.
El número de presos a lo largo de 1940 superó los tres mil. Una epidemia de tifus exantemático, transmitida por los piojos, se extendió en el invierno de ese año por las numerosas cárceles provisionales de la capital; se fue reubicando a los penados en los centros de internamiento de otras provincias. En cualquier momento podía llegar la orden de traslado. Pepe lo sabía. Eso le alejaría de Regina.
Regina, mientras tanto, durante los meses que Pepe estuvo en Santa Rita, intentaba visitarle casi todos los días. ¿Cómo serían esas visitas? Pasándose paquetes con ropa, mantas, comida y cartas, sin que los vigilantes, que estaban a un metro o dos escasos, los vieran o mientras miraban a otro lado. Gritaban para hacerse entender. Decenas de presos, a un lado; decenas de familiares, al otro. Una reja los separaba. Quizá se pudieran tocar, cogerse de la mano. Que les trajeran una comida mejor de la que tenían en la cárcel que era un mejunje asqueroso, y, si era posible, caliente, sería la primera petición que les hacían los presos a sus familias. Pepe comería pan, leche, arroz, caldo, ponches de huevo, preparados por Regina o Críspula.
Tal vez tuviera suerte y los dos se pudieran ver en alguna comunicación semanal, los martes, en una sala donde había más tranquilidad. Miradas de tristeza. Dolor. Palabras de consuelo.
Lo trasladaron a cientos de kilómetros de Regina, a la cárcel del Dueso, cerca de Santoña, en noviembre de 1940. Ignoro si Regina pudo visitarle en alguna ocasión; es posible, aunque lo dudo, porque el viaje supondría un gran desembolso de dinero.

En el Dueso, los fusilamientos de los penados, se llevaban a cabo en la tapia del cementerio de Berria y, más tarde, en Santander. Por otro lado, la alimentación en esos primeros años fue escasa e irregular. Los testimonios aseguran que “por las mañanas recibíamos un caldo de simiente de algarroba molida y hervida con harina o de huesos de animales cocidos, que llamaban café… por encima, una capa blancuzca maloliente de gusanillos”.

A mediodía y por la noche, un cazo con lechugas hervidas, coles, remolacha ozanahoria, cubierto de tierra, sin limpiar y con algún animalejo, que identificaban como babosas. No comían ni patatas, ni cereales ni legumbres. Ni pan y, si lo recibían, de un tamaño insignificante.

Golpes, abandono generalizado, desprecio; no se les proporcionaba ni ropanueva ni calzado. El hacinamiento producía chinches, piojos, pulgas y ladillas. Y todo tipo de enfermedades entre las que destacaban pulmonías y bronquitis que acababan con la vida de los más débiles.
Ha sobrevivido una carta, la del diez de octubre de 1942, escrita desde allí. Menciona a Regina, a su hermana Dolores, a la que llama Lolita, que tendría en ese momento veinte años. Habla de la libertad, de gozar de las delicias del amor y que “nadie tenga que señalarnos con el dedo”. Le pide a Regina que no pierda el humor ni decaiga en su ánimo, “estamos en el último peldaño y muy pronto seremos completamente felices”.
Durante ese periodo, el padre de Pepe murió. No creo que ni su madre ni sus hermanos pudieran visitarle; sí hay constancia de que les escribió cartas y mantuvo el contacto con ellos. La familia de Pepe, al menos, mientras estuvo en la cárcel, también se carteaba con Regina.
Fue trasladado de nuevo a Santa Rita el catorce de mayo de 1943, a petición propia. Su salud se había deteriorado tras su paso por la cárcel. Tenía una enfermedad crónica llamada lupus eritematoso sistémico. Se le formaban costras en la piel que se extendían por todo el cuerpo; además, padecía de problemas en la vista. Al no ser tratado convenientemente, empezó a extendérsele a los órganos internos, más concretamente, a sus riñones.
El 26 de enero de 1944, seguramente, por dichas razones de salud, consiguió la libertad condicional. Debía presentarse cada mes en la comisaría de Buenavista. Su tío no volvió a acogerlo. Regina ya no vivía en el cuarto con su hermana y la familia, así que Críspula habilitó una habitación para Pepe. Críspula y Juan lo acogieron en su casa. Ellos serían su nueva familia.
Veintisiete de enero de 1944. Se domicilia en la calle Velázquez, número 26, en el sotabanco. Pepe y Regina se hicieron fotografías, acompañados de otra pareja, Severiano, el hermano de Regina y su esposa, en marzo de 1944, probablemente cerca de la calle Velázquez. Pepe llevaba un bastón; se encontraba visiblemente demacrado y muy delgado, pero los dos sonreían. Estaban otra vez juntos.
La alegría de los primeros días se fue disipando. Pepe estaba muy enfermo. El 13 de mayo de 1944, un sábado, ingresó por primera vez en el Hospital de San Juan, el que luego, tras ser demolido, se convertiría en el Gregorio Marañón. A lo largo de un mes, le hicieron numerosas pruebas. A esas alturas sus riñones no podían soportar mucho más.
Tengo unas palabras, escritas apresuradamente, en un pequeño cuadernillo, en el que Pepe asegura que su corazón, más allá de la muerte, será para Regina. Aún así, en esa ocasión, fue dado de alta.
Escribió otra carta de amor a lápiz, en sucio, carta que debió leer Regina.
“…Hoy, cuando mi salud falla y temo no recuperarla, juro que si mi vida se extingue, no así ocurra a mi amor y con un solo pensamiento bajaré a la tumba: Regi, mi amor y mi vida.”
Me pregunto cómo serían los últimos meses de su vida. Sólo conservo una fotografía. Es un día de invierno. Distingo a Pepe y Regina, muy abrigados, rodeados por la nieve. Se la enseño a Valentina.
-Es donde ahora está el palacio de deportes, el de Goya. Antes había un descampado… Hacía mucho frío. Jugábamos a tirarnos bolas de nieve… Estuvimos esa mañana con ellos…
-¿Quiénes?
-Mi madre, mi hermana María y yo. Imagino que mi madre pensaría que no podían estar solos y que era mejor acompañarlos. O nos sacaron para que nos divirtiéramos…
¿Tal vez creían que cuando se casaran, vivirían allí, en los nuevos pisos que se construían? Los dos posan. Regina lleva un abrigo negro, el mismo del año anterior. Ninguno de los dos sonríe; están muy serios. Él la abraza y se sostiene, se apoya en ella.
Tres meses antes de que naciera mi madre, el doce de junio de 1945, sobre las dos de la tarde, fue ingresado por última vez en el Hospital de San Juan. Se le colocó en la sala diez, cama nueve. Falleció de nefritis crónica, seis días después, el 19 de junio. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de la Almudena, en la zona antigua. Años después, sus restos acabaron en una fosa común.

De niño, íbamos a la casa de Regina muy a menudo. Después de comer, mi madre y ella, alguna vez, nos contaban la historia de un chico muy enfermo, al que Regina amó, cuando era joven. Pasaron los años y olvidé su nombre…
Cuando murió mi madre, descubrí entre los objetos y recuerdos que Regina había guardado, una cámara fotográfica, marca Poker Kodak. Volví a utilizarla; la hice mía, le devolví la vida. Encontré también algunos recuerdos y anotaciones de un hombre al que nunca conocí. Regina los protegió para que hoy les cuente su historia, la de José Sinde Gómez, la de Pepe, la de una vida corriente que no quiero que quede sepultada por el tiempo y el olvido…






viernes, 4 de mayo de 2018

UN JUDÍO Y SU HUERTO


LEÓN LEVY
Tesalónica, 1926-Kalampaka, 2016

            Conocí a León Levy una tarde de abril, a principios de este siglo. Fue un encuentro casual. Ya no dudo, a mis años, que las casualidades suceden porque de alguna manera, consciente o inconscientemente, deseamos que ocurran.

León Levy es –como su nombre y apellido deja entrever- judío y también –y de eso estaba igual de orgulloso- griego. Formó parte en su infancia de la importante comunidad judía de Tesalónica. Entre marzo de 1943 y el verano del 44 más de cincuenta mil judíos fueron enviados a campos de concentración, como el de Auschwitz o Birkenau. León Levy, junto a otros judíos griegos, acabó limpiando el ghetto de Varsovia tras la revuelta. Al regresar a Grecia, en 1946, se integró durante la guerra civil en el ejército anticomunista hasta 1950. Su tío, el único familiar que había sobrevivido, que fue escondido por una familia ortodoxa cerca de Atenas, había conseguido un terreno cerca de Meteora y con ayuda de un monje trabajaba una tierra que era suya, que nadie podría quitarle; le propuso vivir con él. Aceptó. Allí León conoció a la que sería su mujer y tuvo a sus dos hijos. Uno, el mayor, se quedó con él; el menor emigró a Atenas. A finales de los noventa, decidieron abrir un alojamiento para turistas y un restaurante, aunque siguieron trabajando los terrenos, a unos pocos metros de la población de Kalampaka.

            Conocí a León, al bajar de uno de los monasterios que acababa de visitar. Lo encontré limpiando hierbajos en un huerto. Me asombró que un hombre de su edad –rondaría casi los ochenta años- conservara tanta fuerza en sus manos. Empezamos a hablar en una mezcla extraña de idiomas: español sefardí, griego, inglés. Me fijé en el número que llevaba tatuado en el brazo. Tras unas pocas palabras supe que era el padre del propietario del alojamiento en el que dormía. Como también tenían un restaurante, volví a verlo en la cena. León y su hijo me invitaron después de cenar a un ouzo. León se sentó conmigo y empezamos a hablar…

            Las habitaciones de los inquilinos se encontraban en la primera y segunda planta. Todas miraban a dos rocas que se alzaban sobre Kalambaka. Salir a la terraza y contemplar ese panorama a primera hora de la mañana lo tengo entre mis recuerdos más queridos. La familia vivía en la planta baja, al fondo, debajo de la escalera, muy cerca del salón, transformado en restaurante. Al subir los peldaños encontrabas en las paredes de los pasillos iconos –extraño, aunque lo entendías al saber que la mujer del hijo mayor era una creyente ortodoxa- y muchas fotografías en blanco y negro. Fotografías familiares de los años 30 –León era el niño de diez años que miraba a la cámara, asustado-. Casi todos los que aparecían en esas imágenes junto a él, en pocos años, morirían en las cámaras de gas.

¿Qué sentiría León al ver estas fotos? No me atreví a preguntárselo. Sí le hice otra pregunta. ¿Por qué las había colocado por todo el caserón, incluso en lugares por donde pasábamos desconocidos?

            -¿Por qué no? Ya no son sólo mi familia; forman parte de la historia, ¿no?

            Prefería no hablar de los años vividos en Polonia o de las últimas palabras que intercambió con su padre, la última caricia de su madre, las miradas perdidas…

            -No quiero remover más esos recuerdos.

            Su mujer había muerto hace diez años. Empezamos a hablar de la comunidad judía en la zona: quedaban pocos, pero todavía sobrevivían unos cuantos. Tras un par de copitas de ouzo, León se animó y recordó la actitud de los griegos no judíos, de los polacos civiles, de su antisemitismo.

-Nos decían que los judíos se merecían lo que les pasaba. No hubo mucha solidaridad con nosotros, ni por parte de los griegos ni por parte de los polacos. No colaboraban con los nazis, pero tampoco hicieron mucho para salvarnos. La gran mayoría. Algunos ayudaron, pero más en el sur.

León los entiende; cada uno debe mirar para lo suyo. Pocos judíos, aunque no lo quieran admitir, hubieran arriesgado su pellejo, si otros ocuparan su lugar. La naturaleza humana es así: egoísta.

-Y luego, la guerra civil. No se habla mucho de ella; casi todo el mundo la ha olvidado, pero no fueron tiempos fáciles. Me alistaron a la fuerza; no tuve más remedio que luchar contra los comunistas. Tampoco me vino mal; los monárquicos acabaron ganando. Hubo muchos colaboracionistas que apoyaron a los británicos contra los comunistas… La familia de la reina de España, la Sofía, era de ideología nazi… Todo el mundo lo sabe…

León bebe el ouzo. Como si esto que va a decir se le atragantara un poco…

-Conocí incluso a uno que había participado en el transporte de mi familia a Birkenau; lo volví a ver como comandante en el ejército monárquico. No creo que me reconociera. Yo, sí. Hay rostros que no olvidas nunca. Seguía teniendo esa mirada de superioridad, la que decide la vida y la muerte, orgullosa, cruel.

-¿Y no le denunció? –pregunté con cierta ingenuidad.

-¿Para qué? Hubo quien, si no se había implicado mucho y no tenía delitos de sangre y, además se había buscado amigos entre los británicos, era intocable. ¿Qué iba a hacer, denunciarlo? Nadie me hubiera hecho caso. Supieron hacerse perdonar. ¿No os ha pasado lo mismo en tu país? Los que gobernaron durante cuarenta años, hicieron una transición a su medida. Y sus hijos y sus nietos continúan mandando… Aquí, más o menos, lo mismo. Cuando en los sesenta, llegó el tiempo de retirarse discretamente, estos tipos se buscaron una finca y allí dejaron pasar sus últimos días, sin que nadie los molestara. Como mucho, nosotros sí pudimos echar a los reyes… No hemos conseguido más.

-Son historias muy interesantes.

-¿Usted cree? Sí, es posible. Mis hijos y mis nietos están un poco cansados de escucharlas. De todas formas, nunca me ha interesado hacer como otros judíos: escribir un libro o contar mis experiencias por el mundo.

-Hay quien habla de lo que vivió.

-¿Para qué?

-Para no olvidar…

-Los testimonios están bien, pero no me ha interesado.

-En España la gente ha tenido miedo de hablar durante años.

-Nosotros, no, pero ¿qué quiere? ¿Que fuera dando conferencias hablando de mi experiencia? Hice mi vida y punto… Nadie me ha obligado a vivir como he vivido. La elegí yo… Hay mucha hipocresía. Ahora llegan muchos refugiados de Siria y los mandamos al Norte de Europa para que no nos molesten. O los dejamos en las islas o en el puerto del Pireo, entre rejas o vallas. El otro día contaron que uno de ellos se había ahorcado, cuando estaban a punto de expulsarlo. Y otro que se tiró a la laguna de Venecia y se ahogó. Normal. Vi eso en los años cuarenta. La gente también pierde la esperanza.

-Pero no es lo mismo. No son campos de concentración, como los que sufrió usted.

-¿No? ¿Está seguro? Son muy parecidos. No los llaman así, pero es lo que son. ¿Hemos cambiado? ¿Sirve de algo contar mi experiencia, si en el fondo seguimos actuando igual?

            El hijo interviene.

            -No somos fascistas. Te olvidas cuando ayudamos a esa mujer…

            -Sí, ayudamos a una mujer con su hijo. Querían llegar a Alemania. Les dimos refugio, un poco de ropa y algo de comida. No podía dejar de ayudar a una mujer que pasaba hambre. Cuando me quiso pagar con un vaso de cristal –me dijo que era una herencia de su familia- mi hijo quiso negarse, pero yo lo acepté. ¿Sabe por qué?

Niego con la cabeza.

-Porque no tenía dinero, pero con ese gesto me estaba diciendo que aún tenía dignidad. Y lo último que has de perder –bien lo viví yo- es la dignidad. Si pierdes eso, ya no eres nada ni nadie. Estás muerto.

Me ofrece otro ouzo; lo acepto, aunque empieza a darme vueltas la cabeza.

-Sé lo que es eso, no tener nada… pero hay muchos también aquí que no los quieren. Lo que te decía antes. La gente va a lo suyo; tiene miedo y es egoísta. No habría que esperar mucho de nosotros.

-Pero hay gente generosa que los ayuda.

-Son los menos; siempre serán menos. Es nuestra naturaleza.

Al día siguiente me levanté temprano. Como ese día no podía volver a Atenas, a primera hora me quedé un rato con él; me estuvo enseñando cómo cultivaba lechugas y pepinos y tomates. Intentaba que todo fuera lo más natural posible. Me confesó que para evitar plagas lo mejor, en su opinión, era un vaso de agua mezclado con una planta de ortiga.

El resto del tiempo lo aproveché para dar una vuelta por el pueblo y curiosear. Me crucé con muchos jóvenes, adolescentes que esperaban a sus padres, cerca de alguna iglesia, o quedaban en el banco de un parque o en la plaza del pueblo con sus amigos. No vi a muchos turistas, a no ser en los alrededores de los monasterios. Uno de ellos había aparcado una autocaravana a unos metros del que llaman Gran Meteora, y comenzó a interpretar con su guitarra una canción de Pink Floyd. No me pareció incoherente; es más, encajaba en el entorno. Las melodías no conocen fronteras. Algunas de ellas, por supuesto.

Me asombró el paisaje, agreste y, al mismo tiempo, acogedor. Puedo entender porqué unos monjes decidieron alejarse del mundo en estos parajes. Ahora, como tantos otros, invadidos por turistas que llegan en autobuses y se marchan en menos de una hora. Me fijé en la decoración de estos monasterios. Advertí una y otra vez los mismos elementos visuales en las pinturas de las capillas: el juicio final, los martirios, la vida de María, la de Jesús, su muerte y resurrección, el concepto de vanitas, el desprecio del mundo. Símbolos que llegaron de Occidente o, tal vez, al revés, que fueron a Occidente para ser reinterpretados.

Al salir de los monasterios, vuelves a la naturaleza, la recuperas. Siempre hay otras rutas, senderos por los que puedes descubrir la soledad que llenaron estos roquedales de eremitas, ascetas, penitentes, hombres esquivos, hace tiempo ya desaparecidos. En su lugar, escaladores que trepan por huecos imposibles, capillas que se sostienen de manera milagrosa, luz de primavera, rocas de arcilla que se descomponen en formas más diminutas. Y risas de mujeres. Volví por la carretera que comunica Kalambaka con la vecina población de Kastraki. Vi a un perro mayor, tranquilo, que descansaba a un lado de la carretera, como si esperara sólo el momento de pasar al otro lado. A esas horas, comenzaba a hacer calor, aunque no demasiado. A la altura de Kastraki, observé en el arcén a un gato muerto, atropellado seguramente esa misma noche. Tenía los ojos cerrados; dormía un sueño eterno.

Esa tarde comí y bebí a gusto. Una ensalada con ingredientes de la zona –aceite de oliva, pimientos rojos, tomates naturales, aceitunas- y una musaca con carne picada de cordero y berenjenas. Y dos vasos de ouzo que acabaron emborrachándome –aguanto poco desde pequeño-. Me tendí en la cama, medio adormilado. Me relajé haciéndome una paja –suele sentarme muy bien tras comidas tan opíparas-. Cuando terminé de asearme, borrando los restos de semen y poniéndome unos calzoncillos limpios, me quedé dormido en la cama.

Esa noche volvimos a conversar León y yo. Fue diferente. Parecía más cansado, menos interesado en recordar su pasado. Le hablé más del mío. Me escuchó con atención, sin decir palabra. No me juzgó, ni hizo ningún comentario. Sólo dejó que mis palabras se mezclaran con su silencio. Miré esa noche de forma diferente las fotografías del salón comedor. Reconocí a León con cuarenta años junto a su mujer. O a León con veinte años y un uniforme de soldado. Y a su familia, en una fiesta judía. O frente a una iglesia ortodoxa.

Y las rocas de Meteora, siempre presentes. No cambian tan rápido como nosotros. Siempre parecían las mismas, las que contemplaría esa misma mañana cuando abrí por última vez la ventana que daba a la terraza, antes de marcharme de Kalambaka y despedirme de León.

Prometí que seguiría en contacto y que le escribiría. Reconozco que no lo hice. Puso su mano en mi hombro; me dirigió una sonrisa franca. Se despidió, diciéndome  en español, el que había heredado de sus antepasados sefardíes, expulsados de España por los Reyes Católicos:

-¡Suerte y buen viaje!

No volví a verlo. Años después tuvo una pulmonía. Su hijo me dijo que en marzo del 2016 fue ingresado en el hospital de la localidad de Trikala y que a los pocos días falleció. Lamenté su muerte.




























jueves, 3 de mayo de 2018

UNA REDENCIÓN


ARDA DEMIR DENIZ
Ankara, 1985-Mitilene, 2032

            Arda nunca fue un tipo escuchimizado o un hombre débil. Hacía honor a su apellido, Demir, que significa “hierro”, pero el hierro también es inflexible y se oxida, si no se le cuida. Y la sal –su segundo apellido era el de Deniz que significa “mar”- puede convertirlo en un material inútil. A veces los apellidos o los nombres marcan nuestro destino. O se adaptan bien a él, ¡quién sabe!

            El padre de Arda, Kerem, trabajaba de sol a sol en la construcción. Arda lo vio poco durante su infancia. Era un hombre de carácter seco, frío. Su nombre –en turco significa “amable”- no le encajaba. Nunca fue capaz de mostrar afecto y ternura hacia su propio hijo. Es difícil saber por qué se comportó así. Dicen que el abuelo de Arda golpeaba a sus hijos; decía que así les inculcaba unos valores marcados “a sangre y fuego”. Lo necesitaban para sobrevivir a un mundo duro y cruel. Así que el padre de Arda, aunque nunca utilizó la violencia física, como su progenitor, mantuvo con su hijo una inmensa distancia. Arda no le recordaba un abrazo, ni siquiera un beso, después de que cumpliera los ocho años.

            A Kerem se le diagnosticó un cáncer de pulmón en fase terminal. Tardó mucho en ir al médico y cuando lo hizo, era ya demasiado tarde. Arda tendría unos dieciséis años por esas fechas. Fue muy rápido. En unos cuatro meses el hombre fuerte y rudo que conoció se había convertido en un esqueleto, incapaz de moverse. Kerem se negó a morir en un hospital. Se recluyó en su habitación y su esposa, Elif, le cuidó hasta que dejó de respirar. Arda lo vio fumando casi hasta el último día. Recuerda el rostro de su padre por entonces: ojos hundidos, nariz pronunciada y afilada, piel macilenta. Brazos y piernas muy delgados, sin carne. Y con todo, la última mirada que le dirigió tenía una fuerza, una intensidad que le hizo temblar. Su padre nunca le demostró afecto, pero Arda reconocía que fue un cabrón con una voluntad inquebrantable hasta el último suspiro.

            Su madre, Elif –significa “fina, alta” y así lo fue en su juventud e incluso hasta avanzada edad- sobrevivió a su marido. Poco más se puede decir. No era una mujer fácil. Asumió su papel de víctima, pero eso mismo, le permitió soportar los golpes que recibió y la rabia que acumuló. Después convirtió a su hijo en una excrecencia de sí misma, en un apéndice. Tuvo con Arda una relación que podría recordar de manera muy sutil a la que entabló con su propio marido, al que quería controlar, al que agobiaba con sus manías y sus numerosas excentricidades. Como si Elif buscara volver a recuperar en su hijo al hombre del que se enamoró; pero Arda no era Kerem. Y eso, la decepcionaba. Y no dejaba de recordárselo una y otra vez.

            A la muerte de Kerem, Elif decidió irse a Estambul donde vivían dos de sus hermanos. Arda mantuvo el contacto –con cartas y luego por mensajes de texto o wasaps- con un tío paterno, hermano menor de Kerem. Se llamaba Mesut. Y ¿era feliz? –ese es el significado del nombre-. Sí, sin duda. Vivía en la isla de Lesbos y se ocupaba de un restaurante muy apreciado tanto por turistas como por gente del lugar. Arda le quería; le hizo algunas visitas, a veces con su madre; otras veces, por su cuenta, pero Estambul le atrapó como una tela de araña de la que no podía escapar. Estambul y su madre eran un ancla muy pesada, aunque no quisiera reconocerlo.

            Nunca fue buen estudiante. Tuvo que ponerse a trabajar enseguida; los sueldos eran miserables. Su madre le reprochaba su falta de carácter, su holgazanería e indolencia. Dejó esos trabajos; buscó en la calle trapicheos con los turistas. Descubrió que tenía don de gentes, sabía utilizar la palabra para engañar a viajeros despistados, vendiéndoles a más precio objetos como alfombras, lámparas, joyas, que, si hubieran buscado en las tiendas, a unos metros de allí, hubieran encontrado rebajadas. Adquirió muchísima experiencia en estos chanchullos; sólo había que ganarse la confianza del cliente, descubrir su punto flaco y no soltarlo. La mayoría se dejaban hacer –ya fuera por falta de tiempo o porque Arda los enredaba y engatusaba- y compraban el producto en venta. Arda, además, era de un carácter que no admitía réplica; utilizaba argumentos de todo tipo, sabía con recovecos y palabras sutiles atrapar al turista como un pobre insecto. Simulaba darte la mano, pero sin darte cuenta, ya tenía todo el brazo en su poder y estabas perdido. Vampirizaba a su víctima, conseguía lo que quería de ella. Se sentía orgulloso de sus dotes.

            Su madre, no tanto. Cuando llegaba a casa, aunque no sabía exactamente a qué se dedicaba, le reprochaba otra vez no estar a la altura de su padre. Y Arda sentía que todo su cuerpo se le removía. Hubiera deseado insultarla, alejarla de su vida, escapar. No tenía dinero suficiente y tampoco hubiera podido. Unas horas después su madre le pedía ayuda, le decía que estaba enferma y Arda se sentía culpable. El insecto en el interior de su casa era él mismo.

            En la zona de Taksim, detrás de los grandes hoteles, había varios bares de alterne o salas de fiesta. En realidad, tendríamos que hablar de puticlubs elegantes en los que se movía mucho dinero. Alcohol –prohibidos en gran parte de Turquía-, sexo, drogas. El propietario de uno de los locales, el Europa, vio en Arda el talento que necesitaba. Se llamaba Mehmet. Era un hombre pragmático y muy inteligente. Había sabido convertir su negocio en una mina de oro. Le ofreció un puesto en su empresa. Se encargaría de buscar clientes –ricos y adinerados- no tanto por Taksim, sino al otro lado, en la zona histórica, cerca de la Mezquita Azul. Se los traería allí y los desplumarían. Arda aceptó. Al fin y al cabo, a los turistas les sobra el dinero. Las prostitutas eran del Este, la mayoría ucranianas. Venían a Turquía para conseguir mucho dinero en poco tiempo. Primero, tenían que pagar el viaje hasta Turquía y, después, esperaban llevarse una parte de los beneficios que hacían del Europa uno de los bares de alterne más apetecidos por turistas, dispuestos a disfrutar de bailes con prostitutas y, si tenían suficiente dinero, una noche de sexo. Mehmet solía llevarlas, cuando comenzaban, a la isla de Creta. Allí aprendían el idioma, acostándose con los soldados turcos, o con los de la OTAN, y luego, si demostraban su fidelidad al propietario, las traía a Estambul, donde les daba más libertad, aunque nunca perdía el control sobre ellas.

            Arda estuvo a las órdenes de Mehmet durante casi dos años. Interpretaba un papel que fue mejorando con el paso del tiempo. Variaba los detalles, dependiendo si estaba delante de un americano, un inglés, un italiano o un español, pero en líneas generales utilizaba siempre los mismos recursos: ganarse la confianza –les decía que era un turista turco que venía con unos clientes de Arabia Saudí-, se convertía en compañero de viaje de la inocente víctima, a la que le enseñaría lugares atractivos y que no podría descubrir por su cuenta, y tras una o dos horas de charla amigable –a veces cenaban en algunos locales de la zona- los llevaba al bar de alterne, muy lejos de su hotel.

Era el gancho perfecto. Debía mantenerle el mayor tiempo posible en el lugar y, si el turista se daba cuenta e intentaba marcharse, Arda avisaba al propietario y aparecía con una cuenta inflada, malas caras y dos tipos, porteros de discoteca, “armarios” ambulantes que servirían para acobardarlo. Así lo hizo conmigo en abril del 2017.

Sólo en una ocasión Arda recuerda que el turista se rebelara y quisiera llamar a la policía. Acabó con varios golpes en la cara y la amenaza de que recibiría más, si se atrevía a denunciarlo. No lo hizo. Mehmet tenía muchos contactos en la policía; -lo había sido hasta que decidió abrir el negocio-; evitaba situaciones de violencia, a no ser que no tuviera más remedio, pero si sucedían, conocía a muchos compañeros de entonces que le echarían una mano y dejarían en papel mojado cualquier posible denuncia.

Para Arda todo parecía ir viento en popa. Se llevaba bien con algunas de las chicas. Prefería las rubias a las morenas. A veces se acostaba con Iryna, con Xena, con Olha o Mariya. No eran relaciones que pudieran durar mucho; se divertían y punto. Las mujeres turcas le aburrían. Su madre tampoco esperaba que sentara cabeza. Su hijo la tenía que cuidar: era su obligación. Otra mujer no entraba en ese esquema.

Algunas tardes –muy pocas- solía llevar a alguna de sus víctimas potenciales –las que no aceptaban ir al club de alterne- a una salida en barco que recorría el Mar Negro. Les hacía de guía. Le gustaba. Disfrutaba de la brisa y la libertad. No le proporcionaba tanto dinero como el trabajo nocturno, pero para él era mucho más gratificante.

Un día de junio del 2017 Arda volvió a las siete de la mañana a su casa del barrio de Besiktas. Era a esa hora, más o menos, a la que siempre regresaba del trabajo. Cuando abrió la puerta, tuvo un presentimiento. Había demasiado silencio. Su madre solía estar ya levantada y le recibía con el desayuno preparado y las consabidas reprimendas y críticas que le minaban: el palo y la zanahoria. Esta vez no fue así. Entró en la cocina. Los platos no estaban fregados. Comenzó a llamar a su madre. No hubo respuesta. Llegó hasta la puerta de su habitación. La abrió. Estaba a oscuras, con la persiana bajada. Intuyó un bulto en la cama. Se acercó. La tocó. Estaba fría, helada. Supo entonces, antes de levantar la persiana, antes de que viera sus ojos abiertos, mucho antes de que la zarandeara e intentara despertarla, que estaba muerta. Debió de ocurrir nada más acostarse. Un derrame cerebral, dijo el forense.

Arda cambió. Como no podía ser de otra manera. Los tíos de Estambul no le ayudaron demasiado. Su madre y él habían vivido en una burbuja durante más de diez años y decidió mantenerse en ella. En unos meses su vida diaria se resumía en seguir engañando a turistas por las noches, dormir por las mañanas y pasear sin rumbo fijo por las tardes. Se quedó sin amigos, sin familiares. Rompió el contacto con los pocos que tenía.

Por las noches arriesgaba más de la cuenta, cometía errores. Un turista estuvo a punto de darle una paliza; otro le denunció a la policía, pero escapó en el último momento. Además, empezó a trapichear con drogas. Se las ofrecía a los clientes a espaldas del propietario del Europa. Cuando Mahmet lo supo, Arda recibió un primer aviso. No le hizo caso. Al mes, cuando pensaba que lo había engañado, los dos “armarios” le visitaron en su casa. No salió muy bien parado. Le rompieron una costilla y un brazo. Arda sabía que había llegado el momento de marcharse.

¿Dónde podía ir? Recordó a su tío paterno, Mesut. La última vez que le vio había estado en el entierro de su madre y le dijo que si necesitaba ayuda podía ir a Lesbos, que sería bienvenido. No lo pensó mucho. Todavía con el brazo escayolado y la costilla soldándose, compró un billete de autobús en la zona oriental para Esmirna. Allí, al llegar, tomaría un ferry para Lesbos. Avisó a su tío. Mesut le respondió que le recibiría con los brazos abiertos. Arda se emocionó; pensaba, antes de llamarle, que le daría la espalda, pero, cuando habló con él, descubrió que aún tenía una familia. Tal vez podría empezar de nuevo. Al colgar, lloró y se sintió un poco mejor.

Fue un viaje largo. Un día entero desde Estambul. Su tío le esperaba en la estación de autobuses de Esmirna. Le abrazó con firmeza. Fuera por el cansancio acumulado o por la tensión que había soportado, Arda notó que todo su cuerpo temblaba. Esta vez se aguantó las lágrimas.

Mitilene es la mayor población de la isla. Mesut tenía su restaurante en la zona antigua, muy cerca del puerto. Estaba casado con una mujer que ya rondaba, como Mesut, los cincuenta años. Había sido el hermano menor de la familia y no sufrió los golpes y humillaciones de su padre. Al contrario que su hermano mayor, Kerem, era un hombre tierno y amable. Se había casado con una mujer de carácter, Aziza, que admiraba a su marido. No pudieron tener hijos; ella los hubiera deseado, pero fue imposible. A cambio, en el restaurante acogía a muchos y los trataba como si lo fueran. La comida no era el único aliciente para entrar en el local. Eran muy queridos.

Llegar allí para Arda fue un choque. Mitilene no era Estambul. Adaptarse fue complicado. Aunque Mesut y Aziza eran pacientes, muchas veces pensaron en decirle que se marchara, pero afortunadamente, Arda se fue dando cuenta de que no podía seguir así. Colaboró todo lo que pudo en el restaurante y, al final, encontró un trabajo en un barco turístico que recorría la isla. Eso le ayudó a ir encontrando su espacio y calmó las cosas. Alquiló una habitación cerca del centro para tener independencia. Cuando no estaba en el barco, ayudaba en el restaurante de su tío. Empezó a sentirse mejor, más equilibrado, a aceptarse tal como era. Perdonó a su madre y a su padre. Los comprendió.

En una salida con unos amigos –compañeros del barco- conoció a Özlem, -“la largo tiempo deseada, esperada”-. Rondaría los treinta años. Ojos negros, nariz pequeña, un cuerpo joven, fino, cuidado. Era atrevida, tenía un aire occidental que no podía ocultar. Nacida en Mitilene, había vuelto con sus padres hacía medio año. Intentó ser modelo en una agencia de prestigio. Consiguió algunos trabajos, pero el mundillo la decepcionó. Nunca quiso hablar mucho de las experiencias que tuvo. Algunos decían que se había prostituido. En un pueblo -y Mitilene lo es, aunque no lo parezca-, hay siempre muchos rumores. Arda nunca se lo preguntó. No necesitaba saberlo o prefería ignorarlo. Eso lo apreció Özlem. El Arda que conoció ya no era el mismo al que hubiera tratado en Estambul. Arda se daba cuenta. Antes no hubiera buscado en Özlem una complicidad que, como muchos hombres árabes, educados en un machismo ancestral, detestaba cuando trataba con otras mujeres. Se confesaba a su lado y Özlem hacía lo mismo. Eran amigos. En un par de meses la amistad se transformó en amor. Arda la pidió en matrimonio a sus padres. Se casaron en abril del 2022.

Sus últimos años de vida fueron tranquilos. Dicen que fue feliz. Engendró dos niños. El hijo mayor se llamó Mesut, como su tío. A la niña la llamaron Habiba. Fue un buen padre, mientras pudo serlo. Intentó ser afectuoso y cercano. Su esposa y sus hijos cuando hablaban de él, así lo recordaban.

Con sus más y sus menos -¡qué familia no los tiene!- Özlem se integró perfectamente en el entorno de Arda. Desde el principio colaboró en el restaurante de los tíos, al tiempo que criaba a sus hijos. Poco a poco fue asumiendo más responsabilidad en el negocio, mientras Mesut y Aziza descubrían –casi a los sesenta años- que podían delegar en Özlem, encargarse del cuidado de los niños –a los que mimaban como si fueran sus nietos- y disfrutar juntos de más tiempo libre.

En el mes de junio del año 2032 Arda sufrió un ataque al corazón. Estaba solo en su taller –anexo a la vivienda-, y disfrutaba de una afición adquirida en sus últimos años: la carpintería. Cayó sobre el entarimado. No podía levantarse. Tuvo tiempo para llamar por el móvil a Özlem y, luego, se quedó sentado en una esquina del local, dejó sus gafas en el lado derecho, junto a él, en el suelo, y esperó a su esposa y a la ambulancia. Özlem llegó enseguida, unos minutos antes que el servicio médico. Su esposa no dejaba de decirle, temblando como una hoja: “Piensa en los niños, cariño. Todo irá bien”. Fue lo último que escuchó.

Arda no perdió del todo la conciencia hasta que lo llevaron al hospital. Fue operado, pero desgraciadamente los daños eran irreversibles. No salió del coma. Su esposa estuvo con él todas las mañanas, todas las noches, hasta el último momento. Falleció en el mes de octubre de ese mismo año.


Fue enterrado en el cementerio de Mitilene, mirando al mar, como él hubiera deseado. 

martes, 1 de mayo de 2018

MI PADRE



SANTIAGO MARTÍN VILLAREJO
Puente de Vallecas, Madrid, 1938-Vallecas, Madrid, 2011

            Santiago, mi padre, nació un cuatro de abril, durante un bombardeo, en el barrio de Puente de Vallecas, en la fábrica de curtidos, propiedad de Clemente Fernández, donde el abuelo trabajaba como vigilante y portero. Era hijo de Francisco y Bienvenida, el menor de cuatro hermanos.

            Sus padres no tuvieron tiempo de ir al hospital; tampoco hubieran podido ayudarlos. Ese día murieron decenas de personas. Los centros médicos estaban colapsados. Desde el principio Santiago no tuvo mucha suerte. Hay destinos que parecen marcados desde el comienzo de sus vidas y contra los que no puedes luchar.

            Son escasos los recuerdos que conservaba de esa época. En realidad, no vivió la guerra, sino más bien, la victoria del bando franquista. Y tuvo sus consecuencias; sobre todo, en su propio padre. Francisco había sido testigo de un asesinato político. A principios de la guerra, el hijo del propietario, Miguel Fernández, no tuvo tiempo de escapar; trabajadores de la CNT lo apresaron y sin juicio previo le dieron el “paseo”: lo llevaron a un descampado, entre Vallecas y Moratalaz, y le descerrajaron dos tiros en la cabeza.

            Cuando las tropas franquistas entraron, iniciaron una investigación formal sobre el asunto. Buscaron testigos: querían justicia o venganza. O ambas cosas. Francisco sabía quién había sido; conocía sus caras y sus nombres, pero se negó a colaborar. No quiso delatar a unos pobres diablos, al igual que lo había hecho durante tres años, aunque sabía el paradero o el escondite de algún miembro de la Falange. Los vencedores no fueron comprensivos con esta actitud ecuánime y equidistante. Lo acusaron de colaboración. Lo amenazaron con la cárcel. Lo encerraron durante meses.

            Sin trabajo, con su marido en la cárcel y cuatro niños, Bienvenida tuvo que vender la casa familiar que tenían en el barrio de Carabanchel por una miseria. Años después, algunos aprovecharían el solar para levantar un hotel y enriquecerse. Mientras tanto, Francisco sufrió humillaciones, insultos, vejaciones. Es posible que fuera torturado. Y, aún así, no traicionó a nadie. No dijo ningún nombre.

            Otros sí lo hicieron. Un trabajador de la fábrica, Pedro Sánchez, a cambio de dinero y protección, delató a sus antiguos compañeros. Le vieron años después en una portería de la calle Serrano. Tenía un buen sueldo y no sentía ningún arrepentimiento.

            Las declaraciones de este y otros testigos demostraron que Francisco era inocente. Lo dejaron en libertad. Sin embargo, el hombre que salió de la cárcel ya no era el mismo. Se había derrumbado. Su interior era un pozo oscuro, sin fondo.

            El hijo mayor, Luis, nada más terminar la guerra, se había puesto a trabajar en el Matadero. No tendría ni doce años. Francisco, al salir de la cárcel, también consiguió entrar. Era un trabajo duro, mucho más para un hombre como él, avejentado prematuramente. Culpaba a todos de su mala suerte; al salir del Matadero, Luis volvía a casa, a cuidar de sus hermanas y de Santiago. En cambio, Francisco se emborrachaba en el bar de la esquina.

            Durante unos años vivieron muy cerca del Hospital Infantil, el que luego, en los años ochenta, se convertiría en el museo Reina Sofía, a la altura del número 122 del Paseo de las Delicias. En el año 44 se trasladaron al otro lado del Manzanares, a Carabanchel, a la calle Antonio Vicent, número 28, en el bajo.

            Desde pequeño mi padre fue un niño enfermizo. Sobrevivió milagrosamente a afecciones infantiles –una de las lacras de la época-. La dedicación de su madre y sus hermanas fueron decisivas para que pudiera superar la meningitis o la escarlatina. Más que una secuela física, lo que le dejó fue una huella profunda en su carácter: solitario, introvertido, indeciso.

            A los nueve años –como le ocurrió a la que luego sería su esposa, María- perdió a un ser querido. Corría el invierno del año 1948. Fue un invierno muy frío. Las enfermedades pulmonares llenaron los cementerios de tumbas y las lápidas se cubrieron con sus nombres. Luis, una noche, al volver del Matadero, no se sintió bien. Francisco, cuando regresó, medio borracho, le obligó a ir al trabajo al día siguiente. Le llamó vago, le ridiculizó, lo trató como a un hijo mal criado; es posible que lo golpeara. Mi padre no recordaba este último detalle con claridad. O prefería no recordarlo.

            Luis obedeció. Fue al trabajo. Durante una semana la enfermedad le iba minando. Tosía, escupía sangre. Bienvenida convenció finalmente a su marido. Llamaron al médico. Cuando lo auscultó y comprobó el estado del enfermo, el doctor movía la cabeza de un lado a otro. Luis parecía un cadáver. El médico salió de la habitación. Se dirigió a toda la familia, pero sobre todo, al padre.

            -Debían haberme llamado antes. Ya no hay nada que hacer.

            -Pero, ¿no lo puede salvar? –preguntó Francisco, tal vez, arrepentido-.

            -¿Salvar? Lo que me sorprende es que todavía esté vivo.

            Esa misma noche Luis murió. Trajeron por la mañana a un fotógrafo profesional. Bienvenida quería una fotografía para poder recordarlo. Lo adecentaron, lo lavaron, colocaron sus manos en el regazo, le cerraron los ojos. El fotógrafo apretó el disparador. Bienvenida amplió el negativo y lo colocó en un medallón. Cuando murió su madre, Santiago se lo llevó. Las hermanas no lo querían. El rostro de Luis era el de un muerto. No soñaba; la impresión para un espectador imparcial –como el de mi hermano, cuando veía la fotografía- era morbosa, desagradable, incómoda. Santiago conservó esa fotografía durante toda su vida. Sólo la perdió tras una de sus numerosas mudanzas, unos meses antes de morir…

…Santiago tuvo que dejar de estudiar. Las enfermedades –alguna pulmonía, resfriados, gripes- le obligaron a quedarse en casa. Cuando quiso volver al colegio, iba muy retrasado. Los niños de su clase se reían de él; escribía con dificultad, cometía faltas de ortografía, le costaba alcanzar el mismo nivel de los compañeros de aula. Sus padres, por tanto, decidieron que se pusiera a trabajar al cumplir los catorce años. Francisco le consiguió un puesto en el Matadero, aunque antes, en los primeros meses, estuvo un corto periodo de tiempo de aprendiz en el mercado de la Latina.

Mi padre nos contaba que una calurosa tarde de mayo, al salir del trabajo o tras ver una película en la Gran Vía, alrededor de las ocho, perdió el tranvía que solía coger cerca de la plaza Mayor y que, bajando la calle de Toledo, llegaba hasta Carabanchel bajo.

Los tranvías, a esa hora, estaban abarrotados; la gente se subía en los estribos y carecían de las mínimas y elementales medidas de seguridad. El coche, esa tarde del 28 de mayo de 1952, había sido apartado por una avería en los frenos, pero aunque el conductor se opuso en un primer momento, los responsables lo pusieron en servicio, ante el gran número de viajeros que esperaban impacientes en la parada. Pensaron que, como siempre ocurría, y a pesar de la cuesta pronunciada que hay entre la glorieta de Pirámides y el puente de Toledo, y la ausencia de un raíl en esta última zona, el coche reduciría su velocidad, al llegar a la explanada del puente.

Sin embargo, esta vez el tranvía no se detuvo, se desplazó hacia la derecha y acabó precipitándose por el pretil y cayendo unos diez metros sobre una zona de huertas, próxima al río Manzanares. Murieron quince personas esa tarde y hubo más de cien heridos –en los días y meses posteriores algunos no sobrevivirían-. Hay que mencionar que el número de plazas disponibles en el vehículo no debería haber superado las cincuenta en condiciones normales.

El asunto se cerró sin que hubiera ningún tipo de responsabilidad judicial, aunque sí fueran obligados a dimitir tanto el alcalde de Madrid como el responsable de la Empresa Municipal de Transportes. Por supuesto, la prensa, como hizo y hace siempre, cuando hay intereses políticos o económicos, ocultó las circunstancias y las razones del accidente: mala conservación del material e instalaciones y vehículos obsoletos. Durante mucho tiempo el lugar por donde se precipitó el tranvía estuvo tapado por un muro pequeño de ladrillos, hasta que, entrado el siglo XXI, reformaron el puente y pusieron un nuevo pretil. Aún así, si te fijabas, podías distinguir las piedras nuevas, colocadas ex profeso, de las más antiguas. Tampoco entonces nadie colocó una placa para recordar la tragedia.

Nuestro padre nos decía siempre, que ese día, al cruzarse con un compañero o porque el jefe le entretuvo o por una causa parecida, fútil, ridícula, que el tranvía se le escapara por los pelos le había dado una segunda oportunidad, “había vuelto a nacer”, según sus propias palabras; que la suerte, esquiva casi siempre con él, le había acompañado.

Trabajó en el Matadero casi diez años. No era un empleo fácil. Se levantaba antes del amanecer. Padre e hijo salían de la casa al mismo tiempo. Su madre le daba un beso. Francisco miraba esta escena con cierta indiferencia. A veces, hacía algún comentario.

-Ya es mayorcito. Lo vas a echar a perder.

Las más, se ponía a andar, sin esperar a su hijo, que tenía que aligerar el paso, si quería pillar a su padre. Caminaban en silencio. Ninguno de los dos tenía ganas a esas horas tan intempestivas de entablar conversación. Tampoco Francisco –como ocurría con muchos padres de la época- acostumbraba a hablar con su hijo y si Santiago lo hacía, se dirigía a él con mucho respeto. Las distancias entre padre e hijo eran insalvables.

El recorrido hasta el Matadero no llegaría al cuarto de hora. Bajaban hasta el paseo del río Manzanares, atravesando Antonio López; a lo lejos, al otro lado, ya verían el complejo. Por entonces, no existía la M30 que se inauguró en 1974. Como mucho, sólo un puente, donde comenzaba la carretera de Toledo, el puente de Andalucía, les separaba de su puesto de trabajo. Contemplaban los cuarenta y ocho edificios que se inauguraron a principios de siglo, en 1924, al que empezaban a llegar camiones, cientos de ellos, con animales encerrados: vacas, corderos, gallinas, cerdos… Antes de entrar en el recinto, escuchabas el cacareo, los mugidos, los balidos: desesperados, lastimeros.

              Francisco hacía siempre una parada en la última taberna del camino; en el lado de Carabanchel, antes de cruzar el puente. Desayunaban una tostada y se bebían un café solo, fuerte. El padre de remate se pedía la primera copa del día: un orujo. En unos minutos ficharían y se dirigirían al puesto que les correspondía. En el caso de Santiago y Francisco en la zona de despiezado y manipulación del producto y el del traslado posterior al camión.

Santiago veía todos los días matar a los animales, pero nunca lo llevó a cabo. Una vez vomitó. Los gestos repetidos: varios golpes en la cabeza hasta que el animal perdía el conocimiento. Un corte en el cuello, profesional, rápido, certero. Aunque pudiera haber cobrado más dinero, prefirió quedarse en la zona que le asignaron desde el comienzo. El olor a sangre. Santiago recordaría años después ese olor. Se impregnaba en toda la ropa; duraba hasta que llegabas a casa y te lavabas con agua y jabón. Y aún así, no te librabas de él. Te acompañaba, incluso, cuando te acostabas, se colaba en los sueños, sin que pudieras evitarlo. En esos tiempos no había medidas de seguridad ni cursos de formación. Aprendías porque te enseñaba tu padre o tu hermano o el compañero más avispado. Se debía trabajar a destajo, llevando sacos y sacos de la sala de despiezado al camión o empujando carretillas. Y no eran ligeros. Pesaban lo suyo. Nadie les decía cómo debían llevarlos para evitar dolores de espalda o problemas musculares. Si te dolía, callabas. Si faltabas un día, no llegaría el sueldo a la familia. Nadie se atrevía a exigir derechos laborales. Obedecer y callar. Los pobres no tenían otra opción. Es posible que tampoco la tengan ahora…

El ruido era ensordecedor. Miles de personas, gritando, moviéndose, a un ritmo marcado desde hacía años, que repetían todos los días. Años y años destrozándose la espalda, que se iba encorvando con el paso del tiempo. En los descansos, comían el bocadillo que les había preparado Bienvenida. Santiago miraba a los perros, vagabundos, que buscaban comida entre las sobras. Y junto a los perros veía también a personas sin techo, alguna mujer, niños, que recogían las bolsas que los trabajadores les daban en mano.

Nada sobraba en este templo de la muerte. Todo se utilizaba y aprovechaba. Desde los filetes a la casquería –vísceras, entresijos, asaduras, achuras-. Mercados, tiendas, viviendas privadas serían el destino de todos estos animales sacrificados. La carne llegaba a la casa del pobre que vivía en Carabanchel o Vallecas y, sobre todo, a la del rico, con mesa y mantel, en el barrio de Serrano o Castellana.

Toneladas y toneladas que alimentaban a una España que salía del estraperlo y, en pocos años, con la ayuda americana y la explosión del turismo, viviría la época del desarrollismo y la expansión demográfica. Camiones cubiertos con lonas, cerdos colgados de ganchos, olor a pieles secándose al sol, chillidos de cerdos, gritos de vendedores, rasgados de hachas y cuchillos. Sonidos de vida y muerte.

Al terminar del trabajo, Santiago, como su hermano en la década anterior, volvería a casa, con algunos trozos de carne de cordero, cerdo o vaca, a no ser que tuviera que traerse la nómina –entonces pasaría por el edificio administrativo, la casa del Reloj, aún en pie, a principios del siglo XXI; mi padre pudo ver, antes de morir, cómo todo el complejo se convirtió en un centro artístico con cines, teatros y bibliotecas-.

Los compañeros, en cambio, tomaban una copa para quitarse el sabor amargo de la sangre. Su padre bebía un par de botellas. No regresaba hasta la hora de comer. A veces, hasta bien entrada la tarde. Santiago solía tener esas tardes libres. Las aprovechaba para ir a ver películas. En cines de sesión continua. En esa época Carabanchel tenía hasta siete cines. Los dos más cercanos a la casa de Santiago eran el Cinema España, en la plaza Marqués de Vadillo, al principio de la calle General Ricardos, frente al puente de Toledo y el otro, delante de su puerta –sólo tenía que cruzar la acera- en la esquina de Antonio Vicent con Inmaculada Concepción. Se llamaba cine Bécquer.

La entrada se encontraba en la esquina y había una diminuta ventanilla que servía de taquilla. La sala que no era comparable a las de los cines de la Gran Vía –ni siquiera a las del cinema España-, tenía su público. En las últimas filas se colocaban las parejas –los fines de semana, el acomodador debía estar muy atento para evitar que se propasaran-; mi padre prefería el centro de la sala. Algunas veces había entrado con alguna de sus hermanas o con su madre. Los fines de semana, junto a este compañero o aquel otro, pero la mayor parte de las ocasiones iba solo. Le gustaban todo tipo de películas. Las italianas le encantaban: allí veía las de Mastronianni o Sofía Loren. Las de romanos o históricas no le interesaban mucho. Los dramas le aburrían; ya tenía bastante con la vida diaria. Prefería las comedias.

Al salir, al otro lado de la acera, vería a su padre, durmiendo en la cama la borrachera del día. O deprimido, alejado de sus hijos, distante. O llorando, en algún recodo de la casa, donde nadie le viera. O discutiendo con su madre. Es posible que en alguna ocasión, pegándola a ella, a alguna de sus hermanas o a él mismo, si se le ocurría intervenir. Sin duda, ir al cine, era para Santiago una manera de evadirse del mundo en el que vivía, la única que encontraba. En este aspecto tal vez no era el único en ese barrio, en esa ciudad, en ese país que hacía lo mismo.

Mientras trabajó en el Matadero pidió prorrogas en el servicio militar –existía la eximente por ayuda familiar, o como decía la legislación, “que ocasione un grave deterioro en la situación socioeconómica de su grupo familiar”-, pero en marzo del 60 no hubo más excusas. Debía presentarse cuanto antes, en el cuartel que le correspondía, muy cerca de su vivienda.

Consiguió, como muchos otros, protectores, fuera y dentro del cuartel. Los favores eran el pan nuestro de cada día. En España siempre lo han sido, -en ese aspecto no hemos cambiado- pero en la sociedad franquista tener amigos influyentes podía suponer una ventaja con respecto a otros y había que aprovecharla.

En el trabajo, entre los responsables del Matadero, algunos de sus jefes eran compañeros de capitanes y sargentos. Apreciaban el trabajo, el esfuerzo y la discreción de Santiago. Miraba a otro lado, cuando había que hacerlo. Ayudaba en lo que podía. Señalaba al que se escaqueaba y se lo comentaba a sus superiores. Por supuesto, lo recomendaron. No tuvo que hacer ejercicios físicos muy sangrantes. Enseguida le asignaron a la cocina o al entorno administrativo. Lo protegieron, lo trataron como a un hijo. Guardias nocturnas, las justas. Incluso, consiguió que a los pocos meses, excepto en contadas ocasiones –una guardia o algún evento extraordinario-, al caer la tarde, todos los días, le dejaran volver a casa y dormir en su propia cama.

El ejército español colaboraba con las grandes superproducciones americanas. Y Hollywood aprovechaba el bajo coste que suponía tener a miles de extras por un precio irrisorio –sólo un bocadillo y agua-. Durante el rodaje de El Cid de Anthony Mann, interpretado por Charlton Heston y Sofía Loren, trasladaron a mi padre y a sus compañeros a un campo de batalla, a las afueras de Madrid, cerca de Toledo. Siempre recordó ese día con cariño. Su única participación en el cine. Fue uno de esos extras que, en su caso, vestido de cristiano, combatía con una armadura medieval y una espada de mentira. Al terminar la “mili”, le devolvieron su puesto en el Matadero, en julio del 61, pero no estuvo mucho tiempo. Un trabajo como este te destroza, te agota física y mentalmente. Había madurado. Necesitaba otro tipo de trabajo. Y muchos de sus compañeros pensaban lo mismo. En el verano del 62 buscó otros menos exigentes físicamente o en los que, al menos, cobrará un poco más.

Los encontró en empresas familiares –que no siempre presentaron nóminas a la seguridad social; bastante más habitual de lo que se piensa, tanto entonces como en la actualidad-: Vicente Cervera, Jesús Frutos y Cía, José Gallifa. Eran contratos temporales para la selección y el transporte de tripas de carnero o de cerdo. El sueldo mejoró. Ahorraba. Tenía un objetivo a medio plazo: trabajar en el extranjero.

Antes de que pudiera obtener el suficiente, su padre enfermó gravemente. Fue en el verano del 65. Tenía el hígado destrozado: cirrosis. Nada se podía hacer. El proceso fue rápido. No tardó ni un mes en fallecer desde su ingreso en el hospital. Santiago lamentó la muerte de su padre. Le quería, aunque también le temiera. Sus hermanas, que por entonces ya se habían casado y tenían un hogar propio, no lloraron demasiado.

Entonces surgió la oportunidad de marcharse a Canadá. Unos compañeros le comentaron que buscaban plazas de camarero en hoteles y casas de lujo. Un año entero: temporada de invierno y verano. Hubiera aceptado ese empleo, pero su madre le pidió que no se fuera tan lejos. Se quedaba sola. Y la relación con sus hijas iba de mal en peor. Necesitaba tiempo para adaptarse. Santiago se quedó. No podía abandonar a su madre. Sus lazos con ella eran más intensos y fuertes de lo que pensaba.

Al año siguiente, en el verano del 66, otros compañeros le hablaron de un hotel en Suiza. Se encontraba en uno de los cantones del sur, en Brissago. Tuvo que insistir mucho, repetir los mismos argumentos a su madre. Una y otra vez.

-Sólo serán tres meses. Volveré cuando termine la temporada de verano… Mis hermanas estarán aquí, no te encontrarás sola.

Finalmente su madre aceptó a regañadientes que nuestro padre se marchara. Ella no dejó de escribirle cartas o de llamarle por teléfono, cuando podía, desde la casa de una amiga. Se quejaba una y otra vez ante su hijo de dolores de cadera, de sus achaques, del mal carácter de sus hijas, de los padecimientos, de cómo se sentía: sola y abandonada. ¿Qué podía hacer el hijo? Escucharla pacientemente y en silencio. Tranquilizarla. ¿Podía decirle que se sentía a gusto y que hubiera preferido establecerse allí, porque el sueldo era mucho mejor? Su madre le hacía sentirse culpable, de una manera sutil, pero constante. Si Santiago pensó en quedarse más tiempo en Suiza, la insistencia de su madre le hizo cambiar de opinión.

Y tenemos de nuevo a Santiago en España. Vuelve a trabajar con las mismas empresas, pero a estas alturas, físicamente le repercute en su salud. Necesita cambiar de aires…

…Una mañana, Bienvenida resbala, al subir unas escaleras. Tendrán que escayolarle la pierna. Es trasladada al Hospital del barrio, situado al otro lado de la carretera de Toledo. Comparte la habitación con otra mujer que se ha roto la muñeca en un mal gesto, al levantar una caja de patatas. Se llama Pilar.

Son vecinas. Pilar vive un poco más arriba, en la calle Inmaculada Concepción, en el número 19. Esperan la visita de sus hijos. Ambos están solteros. Comentan entre ellas que estaría bien que pudieran conocerse. Cuando llega María, la hija de Pilar, las dos hacen todo lo posible para que se quede hasta que Santiago vuelva del trabajo.

Y allí los tenemos, uno frente al otro. Las madres presentan a sus hijos. Dos besos en la mejilla. Se conocen de vista. Ninguno de los dos ha tenido relación formal. María, mi madre, busca a un hombre trabajador, responsable y serio. A Santiago, mi padre, le gusta la vitalidad de la muchacha, su espontaneidad. Tendrán una primera cita ese mismo domingo. A las cinco de la tarde proyectan en el cinema España, Dr. Zhivago.

Santiago era muy tímido. No había tratado con muchas mujeres, a excepción de las de su familia. No había besado a ninguna. Las miraba, pero cuando tenía que dar el paso, temblaba de los pies a la cabeza y no sabía qué decir. Ni siquiera había ido “de putas”, como muchos de sus compañeros de trabajo. En esos tiempos pocos conseguían acostarse con las novias, hasta que no estuvieran casados por la iglesia. Así que se desfogaban yendo a algún prostíbulo o bar de alterne.

En el trato con las chicas, Santiago titubeaba. Otros eran echados palante. Él no era capaz. Sin embargo, a algunas mujeres, ese carácter que podía confundirse con sensibilidad y delicadeza, mucho más discreto, y que contrastaba con la arrogancia y los modos bastos y burdos de muchos hombres de la época con los que trataban, despertaba en ellas curiosidad, ternura y un cierto instinto maternal.

Para Santiago, por primera vez, con María le fue más fácil. Ella llevaba la voz cantante. No paraba de contarle su vida, sus historias, sus sueños. Santiago la escuchaba y se sentía a gusto. Le hacía reír. Se divertía con sus chascarrillos y su humor ingenuo. A María, por otro lado, le gustaba que la escucharan, que la hicieran sentirse importante. El silencio de Santiago, su discreción, a veces le imponía, pero, al mismo tiempo, le atraía.

Santiago no cejaba en su empeño de marcharse a Suiza. Después de darse el primer beso, se lo propuso a María. Al día siguiente, mi madre, tras hablarlo con su madre y con Regina, su tía –en la que confiaba ciegamente-, aceptó.

Santiago se encargó de preparar todo el papeleo; los dos tenían dinero ahorrado. Sería suficiente para la boda y el viaje de ida. En Brissago mi padre conocía a otro español que había trabajado durante el invierno en Arosa, una localidad del Norte de Suiza, en la zona de habla alemana. Contactó con él y éste le comentó que en el hotel Merkur buscaban a una pareja para la temporada de invierno. Debían ponerse a trabajar a mediados de diciembre. Así que la boda tendría que celebrarse, a más tardar, a finales de noviembre.

En su último trabajo, en labores administrativas, tuvo como compañera, en el puesto de secretaria, a una gallega muy guapa. Se llamaba Marina. Cuando supo que Santiago se iba a casar esta mujer pensó en él de manera diferente. Le preguntaba por su estado de ánimo, lo buscaba a la salida del trabajo, se cruzaba con él en la calle. De vez en cuando quedaban en un bar del otro lado del Manzanares para que ningún conocido los viera.

Sutilmente, con palabras a medias, Marina le decía que a principios de año se marcharía a Galicia. Volvería a su tierra, un pueblecito cerca de Lugo. Montaría un pequeño negocio con el dinero que había ahorrado. A Santiago le halagaba este interés; no la alejó. Tal vez su silencio hizo que Marina concibiera falsas ilusiones.

Santiago dejó el trabajo, cuando faltaba un mes para la boda. No volvió a saber de Marina hasta un par de días antes de casarse. Sonó el teléfono de su casa. Marina estaba al otro lado. Le confesaba que no había dejado de pensar en él, que quería volver a verlo; le habló otra vez de su retorno a Galicia. Le insinuó su deseo: que la acompañara. Marina dijo un lugar y una hora. Santiago no se negó a ir, no se atrevió a rechazarla. Colgó.

Su madre había estado atenta a la conversación telefónica. Él aún dudaba. Bienvenida le quitó esa idea de la cabeza.

-No te metas en líos. Sé cómo son esas mujeres. Te hará daño. ¡Olvídate de ella! Vas a tener una buena mujer.

Santiago no fue a esa cita. Nunca más supo de Marina. La recordó de repente veinte años después, cuando su matrimonio hacía aguas, en una noche en la que ni yo ni él podíamos dormir. Acababa de tener una pesadilla; mi corazón latía muy rápido. Mi padre, entonces, me preparó una tila, se sentó a mi lado y me tranquilizó, recordando a esa mujer, contándome esa historia. Después, volvió a olvidarla.

Marina esperó una hora en el lugar de la cita. Cuando se dio cuenta de que él no vendría, regresó a la casa que alquilaba con otras compañeras, se encerró en su habitación y lloró. Marina –aunque Santiago lo ignoró- dejó el trabajo unos días después, pidió la indemnización correspondiente y volvió al pueblo de sus padres. Se refugió allí, pero no se amilanó. Era una mujer fuerte. Levantó un bar con el dinero que tenía, muy cerca de la carretera. Se casó con un joven del pueblo vecino, trabajador y responsable. Tuvo dos hijos. Uno de ellos moriría años después, atropellado por un borracho. El otro le dio nietos.

Y olvidó también a Santiago.

La boda se celebró sin más contratiempos. Cuando Santiago subió al avión junto a María doce días después, se sintió libre, completamente libre. Por primera vez.

Santiago disfrutó de esa libertad durante los dos años y medio que vivió entre Suiza e Italia. No dejaba de recordarlos cuando, de vuelta a España, no sabía cómo adaptarse a su nueva situación.

Primero, Arosa. Después, Brissago. Allí conocieron a los Bolla. María quería trabajar con ellos en Italia.

Los Bolla eran una pareja burguesa de clase alta, bien posicionados en el entramado económico de Verona. Eran agradables, pero, desde el principio, pusieron las cartas sobre la mesa. Les pagarían en negro. ¿No lo hacían también en España? Santiago dudó. En Suiza todo estaba reglado; cotizaban por la seguridad social. En Italia, los Bolla, contratándoles de esta manera, se ahorraban dinero y así evitaban el pago de impuestos o complejidades administrativas que les supondrían muchos dolores de cabeza. Y ellos cobraban un poco más. Todos salían ganando.

A Santiago los cambios le costaban. Les tenía miedo. Nunca sabes a dónde pueden llevarte. En cambio, María se lanzaba de cabeza. No se acobardaba. Al final, mi padre aceptó, fueron a Italia y durante más de año y medio convivieron con los Bolla. Los inviernos, en Cortina d’Ampezzo. Durante la primavera y el otoño, en Verona.

En los veranos les correspondía su mes de vacaciones. Hicieron visitas a Annecy, donde trabajaba Víctor, el hermano de María, desde los años sesenta, o a Tarancón y Madrid. María y su mundo ocuparon el espacio que Santiago había protegido durante toda su juventud: los huecos de un solitario se llenaron.

Por otro lado, la situación de su madre había empeorado. Fue en esa época cuando Bienvenida empezó a comportarse de manera extraña e incoherente. Sólo eran avisos de lo que luego se agravaría.

A principios del 71 mis padres habían ahorrado el dinero suficiente para volver a España, comprar un piso y tener hijos. Santiago hubiera preferido quedarse más tiempo en Italia, pero María necesitaba volver con su familia. Para ella era tan importante como el aire que respiraba. Santiago accedió, transigió, como tantas otras veces. No tenía carácter; nunca lo tuvo. ¿Volver? De acuerdo. ¿Una casa en Móstoles? Sí, parece que está bien. ¿Hijos? ¿Tan pronto? María quería tenerlos. Y los tendría. Aunque Santiago no se sintiera preparado, pero ¿qué padre lo está?

Santiago buscó trabajo en Móstoles y Madrid. Empresas de limpieza, alguna portería. Aunque el trabajo físicamente no hubiera debido plantearle dificultades, los años en el Matadero habían dejado su huella en un cuerpo que ya se quejaba. En unos años, los médicos le recomendarían reposo.

Mientras tanto, María se quedó embarazada. De un niño al que llamarían como su padre. Dicen que los hombres maduran cuando tienen un hijo. Para Santiago, sin embargo, fue el comienzo de su proceso de decadencia. Aunque tal vez empezara unos meses antes, con la muerte de su madre.

Para Santiago fue duro observar la evolución de su enfermedad. Sus conversaciones con ella ya no tenían sentido. Las voces que escuchaba Bienvenida eran las de su marido, las de su hijo Luis. De madrugada se levantaba y transformaba los susurros en palabras, voces que la protegían o amenazaban. Soñaba con ellos. La avisaban de su propia muerte.

Y así fue. Una mañana la encontraron tirada en el pasillo. Un derrame cerebral. No debió sufrir mucho. Santiago la enterró en un nicho en el cementerio Sur de Carabanchel. Cuando muere una madre, un hilo muy fino, invisible se rompe. Santiago se sintió solo, desamparado, huérfano…

…A los cuatro meses, nací yo. Entonces Santiago debería de haber cerrado página. Lo intentó, pero en una vida siempre hay obsesiones de las que no se puede escapar; algunos lo llaman rachas. Otros, destino.

Entre el año 73 y 74 las bajas laborales fueron cada vez más frecuentes. Finalmente a finales del 75 se le concedió la jubilación anticipada. ¿Qué puede hacer con tanto tiempo libre un hombre, que aún era joven, con treinta y seis años? ¿Y si María insistía que quería tener la parejita? Que un niño no era suficiente.

Quedó otra vez embarazada; su segundo hijo, Raúl, mi hermano, nacería en septiembre del 76. Nada más tenerlo, ella se puso a trabajar. Santiago se ocuparía de las labores domésticas y del cuidado de los niños. Yo ya estaba crecidito con cuatro años, y a Raúl, con unos pocos meses, podría llevárselo a veces al trabajo. Decidió no amamantarlo; le daría leche concentrada.

Nos encontramos con un hombre que asume un papel diferente al tradicional. Su enfermedad le obligaba a aceptar un rol algo incómodo. No era tan habitual como lo sería en la generación de sus hijos. Le costó. Y se fue abandonando. ¿No ocurre lo mismo cuando es la mujer la que no trabaja? ¿No acaba sacrificando sus expectativas personales por el tiempo que dedica a sus hijos, mientras crecen? A Santiago le ocurrió lo mismo. Su cuerpo era el reflejo de cambios más profundos: engordó más de diez kilos, su piel perdió la frescura y se agrietó. Dejaba que las decisiones más importantes las siguiera tomando María: en qué se gastarían esto, cuánto dinero tendremos para eso otro, dónde iremos el domingo, a qué familiar visitaremos.

Santiago se refugió en un mundo cada vez más pequeño. Y, casi sin darse cuenta, hizo que sus hijos también buscaran en ese microcosmos una falsa seguridad, ilusoria y engañosa, porque les impedía enfrentarse al exterior con los recursos que hubieran necesitado, si no hubieran estado tan protegidos.

La infancia termina. Y los niños se hacen mayores. Y cuando crecimos, quisimos descubrir nuestro propio camino. Santiago se dio cuenta, -demasiado tarde- que nos necesitaba. Que sin nosotros, -como suele ocurrir con las mujeres que han dedicado años a sus hijos- tendría que encontrar un camino propio, un proyecto de futuro para su propia vida. Y no vio más que soledad, un páramo vacío.

Se rebeló. Amenazó a sus hijos –sobre todo, al mayor-, a su pareja –a la que ya no soportaba-; se negó a aceptar que debía cambiar. Tuvieron que obligarlo. Le sacaron unos policías de la burbuja que había construido. Se encontraba en la calle. El primer lugar al que llegó, donde buscó un nuevo refugio, fue a la casa de una mujer, Irene, que alquilaba habitaciones.

Las relaciones con su exmujer fueron ásperas, y más tarde, distantes. Con sus hijos fue diferente. No concibió vivir una vida sin ellos. Se obsesionó. Los persiguió, se agarró a ellos como una lapa. Los necesitaba. Sus hijos, en cambio, no. Estudiaban, buscaban trabajo, viajaban, creaban nuevas amistades, construían un mundo propio. Y su padre estaba demasiado cerca; los agobiaba. Necesitaban un espacio que él no podía darles.

Poco a poco el menor fue comprendiendo a su padre; tal vez, porque supo distinguir, en esa necesidad, un calor y un afecto que él deseaba compartir con ellos. El mayor, en cambio, lo rechazó hasta el final de su vida… Y, aunque, con el paso del tiempo fuimos suavizando asperezas, nunca fui capaz de perdonarle, no supe comprender a mi propio padre...

Aunque Santiago no dejó de girar alrededor de la vida de sus hijos –alquilaba pisos muy caros para su situación económica, cerca de donde vivían, en Puente de Vallecas-, buscó recursos que le permitieran sobrevivir. Llamó a muchas puertas, molestó a todo aquel que le escuchara, pidió préstamos –a sus hermanas, a sus hijos, a los pocos amigos que le quedaban- que casi nunca devolvía.

Empezaron a cerrarse puertas. Sus hermanas dejaron de hablarle; sus hijos, a veces, le colgaban el teléfono… Yo, incluso, no quise verle durante meses y cuando no tenía más remedio, en los cumpleaños o en las fiestas de Navidad, intentaba estar el menor tiempo posible, aunque notaba el esfuerzo y el tiempo que mi padre dedicaba a hacer la comida o a que nos sintiéramos a gusto. Eso no impedía que en el fondo no dejara de despreciarlo...

Los prestamistas –amigos o conocidos- le pedían la devolución del dinero. Él se escaqueaba o daba largas. Irene lo ayudó. Era una mujer generosa, pero con problemas mentales. Le ayudó, porque vio en Santiago a un hombre desesperado, solitario. Como era ella misma. Había roto también sus lazos familiares. Heredó la casa de su madre, pero sus excentricidades –recogía todo lo que encontraba y lo traía a su casa- puso en peligro su propia supervivencia. Algunos de sus hermanos querían declararla incapaz. Lo evitó con argucias legales, por lo menos, hasta unos años después de la muerte de Santiago.

Junto a Santiago iban a comedores sociales o la Cruz Roja. Los conocían todos: los del centro de Madrid y alguno de las afueras. Mientras tanto, Santiago tuvo la oportunidad de comprar un piso de protección oficial. Tuvo que pedir un préstamo a Irene que embargó su casa. Y para devolver el préstamo, tuvo que pedir otro. Y para pagar este último, volvió a vender el piso, por mucho menos, al que estuvo más cuco.

De nuevo, alquileres en los que fue malgastando el dinero de esta última venta. Se quedó sin nada. Desahucios, juicios. Volvió a casa de Irene. Para entonces su cuerpo se derrumbó. Las depresiones, una alimentación deficiente, la tensión de vivir en la cuerda floja le pasó factura. En los últimos dos años de su vida estuvo en cuatro hospitales. No era un buen enfermo; quería marcharse enseguida y a los pocos meses, otra vez terminaba en una habitación de Urgencias.

Se le veía cada vez más delgado. Con problemas de azúcar. Apoyado en un bastón. Los ojos hundidos. Aún sonreía, como si pensara que aún pudiera salir adelante, se rebelaba. No se rendía.

-Te prepararé una tortilla de patatas. Te la llevo mañana…

Escuché esas palabras en una llamada de teléfono. Acababa de entrar, como alquilado en una habitación, a cinco minutos de nuestra casa. Cuando colgué, le olvidé.

A los dos días, de noche, en la madrugada, alguien llamó a la puerta. No paraba de golpearla. ¿Quién sería? Cuando la abrimos, al otro lado estaba Irene. Nos dijo que Santiago había sido ingresado otra vez en el Hospital de Vallecas, que se encontraba en coma inducido. Nos dijo el número de habitación. Esta vez, no fuimos a verlo ninguno de los dos.

Un mes después, los médicos nos comentaron que habían decidido despertarlo, pero necesitaban nuestra autorización. Se la dimos. Raúl vio a su padre en alguna ocasión; yo me negaba a verlo. Sólo Irene estaba con él todos los días.

Finalmente, el 20 de marzo del 2011, los dos, Raúl y yo, lo visitamos.

El cuerpo de mi padre casi ni podía sostenerse en pie; ya no estaba intubado, pero aún conservaba el agujero que le habían hecho en la garganta y no podía hablar. Para comunicarse, escribía en una libreta que tenía a su lado.

Nos despedimos con un beso en la frente. Yo, que me irritaba cada vez que lo veía, seco, cortante, de repente, me acerqué a él y le di un beso. Mi padre sonrió; “sus hijos, los dos, le querían”, pensó.

Unos meses después de su muerte, escribí estas palabras en mi diario, recordando este momento y el que vendría cuatro días después, en el tanatorio:

“…el cadáver de mi padre. El maquillaje; esa sensación de que ya no es él, de que ya no está. Sólo una representación de lo que fue. Sólo he visto tres cadáveres en mi vida: el de mi abuela, el de mi tío-abuelo, el de mi padre… El cuerpo sin vida ya no es él, ni ella, no tiene nombre, ni pasado, ni futuro.

El tanatorio es un lugar aséptico, limpio, pulcro. Profesionales que te tratan con respeto en un momento de dolor y tristeza, pero con la distancia suficiente como para recordar que vives en un sueño, un dolor del que ellos no forman parte y un mundo que les resulta ajeno e indiferente.

Su cadáver. Ahí estaba. Parecía enfadado, con el mentón más marcado; no era tranquilidad lo que veía, aunque yo lo hubiera deseado. Le besé en la frente, como hice el último día que le vi. Dos besos en cinco días. Este no lo sentiría ya. Ni le vería sonreír como hizo cuando me vio entrar en la habitación del hospital días antes. Le acaricié el pelo. “Te echaremos de menos”. A pesar de tus ilusiones, tus medias verdades; aunque no supieras vivir con los que te querían y a los que querías, te echaremos de menos…”

Irene le pedía que tuviera paciencia, pero Santiago quería marcharse del hospital. Se negaba a morir en esa habitación, pero, aunque lo intentara evitar, no podría hacerlo.

En la mañana del día 24 de marzo del 2011 sus pulmones dejaron de enviar oxígeno al cerebro y al corazón. Durante más de una hora los médicos y las enfermeras intentaron salvarle la vida, ante la atenta mirada de Irene, que llegó al amanecer. Santiago dejó de respirar a las ocho y cinco minutos. ¿Pensaría en sus hijos antes de aspirar el último gramo de aire? ¿En su madre? ¿En su hermano mayor, Luis?

Fue incinerado al día siguiente. Sólo sus hijos, su exesposa, María, acompañada de G., el segundo marido, y una de sus hermanas, junto a su hijo mayor, asistieron a la ceremonia. Muchas sillas vacías. Santiago se había quedado solo.

Irene no asistió porque era discreta y respetaba a sus hijos. Pidió una misa por su alma. En el testamento, Santiago les dejaba todo a ellos y a Irene. Decidieron de común acuerdo rechazarlo, por si tuviera deudas que no deseaban heredar. Unos meses después, Irene les abrió la puerta de su casa: era un lugar desordenado, con cajas y todo tipo de cosas, recogidas en los cubos de la basura, contenedores o vertederos. En una habitación, que daba a una plaza moderna y anodina, -habitación en la que Santiago vivió en los últimos meses, antes de su traslado a la habitación alquilada-, se encontraban los pocos objetos que aún conservaba y que no hubiera perdido en las numerosas mudanzas de la última década: papeles que guardaba entre los cajones o en carpetas de cartón deshilachadas, números de teléfono, fotografías de sus dos hijos, palabras de dolor, masculladas en una hoja de papel…

Si muero, no me enterréis. Quiero que me incineren... Adiós, hijos…

Años después, Irene llamó otra vez a mi puerta. Me pidió ayuda.  Necesitaba el teléfono de una mujer. Deseaba hablar con ella para que le proporcionara ayuda legal. No quería perder su casa. Se lo di. Nunca más volví a verla. En esa última conversación me habló de un pueblo de Asturias, entre las montañas, su lugar de nacimiento. Es posible que se marchara allí. ¡Ojalá lo hiciera!

Los restos de Santiago fueron repartidos por sus hijos en varios lugares. Algunos eran sitios en los que su padre se sintió a gusto en los últimos años: la Rosaleda, en el Retiro, o el jardín de Atocha. Sus hijos eligieron otros dos: un pequeño árbol, a la sombra, junto a un riachuelo artificial, en el mismo Retiro, o la tierra de un tiesto que perteneció a su abuela materna.

Años después, aún quedaban algunas cenizas: un tercio. Las habían guardado, porque pensaron que algún lugar de Suiza o Italia, donde sus padres vivieron al principio de su relación, sería un buen sitio en el que esparcirlas. Cinco años después, los dos hermanos viajaron a Arosa. Y las dispersaron allí, en la orilla de uno de los lagos de este pueblo suizo, rodeado de montañas, en ese lugar donde en sus años de juventud, se sintió libre y fue –si eso existe realmente- feliz.