sábado, 9 de mayo de 2020

LA FLOR


Hace dos años Mariano Llínás estrenó una película en 6 episodios, La flor. Su duración: 14 horas.
Por supuesto, muy pocos la han visto en cine. Y, algunos más, en internet.
En estos momentos se puede aprovechar para verla; tal vez no dure mucho, sólo durante el confinamiento.

LA FLOR

Aquí se encuentran todas las partes.

Si tienes tiempo, vale la pena, sin duda.


Los episodios tienen como hilo conductor al director y a cuatro actrices de un grupo de teatro. Fue un rodaje largo, más de diez años.
Si algo tiene esta cinta es imaginación. Y un juego metalingüístico, literario y cinematográfico continuo en el que el espectador debe aceptar desde el principio las reglas que el director propone.
Se juega con el género -sobre todo, de serie B o Z, películas de espionaje, musicales peculiares-, modelos literarios que se mueven entre Borges y Lucano, pasando por Sarah Evans y su diario de cautiverio, e, incluso, la presencia del equipo de rodaje y guiños al espectador.
Tres de las historias no tienen final; la cuarta es un caos ordenado; la quinta y la sexta, mudas, vuelven a los orígenes del cine. Y hasta en los títulos de crédito el juego, durante más de treinta minutos, continúa.

Si la vida fluye despacio, poco a poco, esta obra es un buen ejemplo, sin que haya tiempo para el aburrimiento.
Y en estos tiempos quizá deberíamos aprovechar para retornar a las raíces del cine, experimentando, como lo hace el director, visual y, sobre todo, por medio de la palabra y el juego de espejos.
Lo convencional no tiene cabida aquí. O sí, pero desde una perspectiva postmoderna e irónica.




viernes, 1 de mayo de 2020

LA INCERTIDUMBRE


Querida R:

Hablamos de paseos en bici, de viajes o deseos sutiles, imprecisos, de encuentros, pero nunca de abrazos o besos. ¿Cómo podemos hablar del futuro, si no sabemos cuál será? Vivimos en la incertidumbre.

No seremos mejores, dice Antonio López, porque no sabemos escuchar. Sí, tal vez esa sea nuestra perdición.

Ayer D. subió un vídeo con grabaciones de alumnos durante este confinamiento. No me gustó. Había un optimismo que me resulta, cada día que pasa, más hueco.
"Saldremos adelante juntos, seremos mejores, todo saldrá bien, resistiré...". Los aplausos de las ocho de la tarde... No son más que frases hechas, ideas fijadas por otros, gestos vacíos que ocultan realidades, nos alejan de una actitud crítica ante el mundo, de las consecuencias en el presente y en el futuro, las que sufriremos en carne viva, las que ya están aquí, aunque no queramos verlas.
Perdemos derechos, sin darnos cuenta, y lo aceptamos con normalidad; controlan la información y nos controlan a nosotros; la pobreza se incrementará entre los más débiles; los prejuicios se convertirán en verdades absolutas. ¿Habrá quien sea más solidario? Es posible. Siempre se abren ojos en tiempos de crisis; pero la mayoría continuarán cerrados.
No, no seremos mejores. Tal vez seamos más cautos, pero eso no nos hará mejores.
Los buenos deseos, también entre nosotros, R, no nos cambiarán. Seguiremos queriéndonos; seguiremos teniendo miedo.
Miedos colectivos. Miedos individuales. Nos arrastran, nos llevan a tomar decisiones, equivocadas o no. Forma parte de nuestra naturaleza.
¿Qué saldrá de todo esto? No lo sé.
Una consecuencia, seguramente, será la incertidumbre. El futuro es un animal imprevisible e inquietante. De la incertidumbre se puede pasar a la angustia o a la revuelta. O a ambas cosas.
La otra es la constatación de que la Naturaleza no nos necesita. Y vive mucho mejor sin nosotros. Quien sabe si no nos ha dado el último aviso.
No cambiaremos; nuestro pasado, el sistema económico en el que estamos, no nos lo permitirá. Sólo es posible que retrasemos el momento en que no seremos más que una mota de polvo y desaparezcamos definitivamente.
Mientras tanto nos queda sólo una cosa: vivir.

Besos,

Santiago.





domingo, 19 de abril de 2020

EL FINAL FELIZ O LA MAGIA


18 de abril 2020.

Querida R:

He vuelto a ver Cuento de invierno de Eric Rohmer.

La primera vez fue hace veinticinco años.

El final, esa alegría en forma de casualidad, milagro o magia, que la protagonista espera desde el principio de la película, llega a su vida de la manera más inesperada.

Me ha emocionado como lo hizo entonces.

¿Por qué? Entendí a ese personaje, estuviera o no de acuerdo con sus decisiones, aunque aparentemente no tuviera nada que ver conmigo. Su ingenuidad, su optimismo son también los míos.

Seguiré estando aquí, R, esperando contigo, tan lejos y tan cerca de ti, un milagro, una resurrección, como en la obra de Shakespeare, un final feliz, magia...

Se dice que no existen; ya lo sé. Pero no puedo evitarlo; necesito creer, como la protagonista, que hay finales felices, que son posibles.

Besos,
                                         Santiago,



domingo, 5 de abril de 2020

EL SILENCIO, LA FELICIDAD


He terminado Memorias de Adriano. 
Es la cuarta vez que lo leo.
La primera, muy joven, me dejó una buena impresión, pero no creo que entendiera la mayor parte; sólo lo atisbé o intuí. Con el paso del tiempo, año tras año, me siento más cerca de este hombre: un viejo, que ha amado, que ha vivido y que se prepara para la muerte.
Cierro el libro. Salgo a la terraza.
Calor tibio de una mañana de primavera.
Cierro los ojos. Caricias de luz. Sólo se escucha el canto acompasado de los pájaros.
Filas, delante del ultramarinos, respetando la distancia de seguridad escrupulosamente. Hombres y mujeres con mascarilla. Parques vacíos; tiendas y bares, cerrados.
Silencio. Extraño, inquietante y, al mismo tiempo, amable.
Serenidad, tranquilidad.
Acepto el mundo que me rodea; incluso, voy más allá y me confundo con él.
Mis deseos, mis preocupaciones -el trabajo, la escritura, el amor no correspondido, la soledad, la muerte- se diluyen. No dejan de existir; simplemente, se mezclan con el fluir de la vida y el paso del tiempo.
Un atisbo de felicidad, tierna y suave. Los males se evaporan; son intrascendentes. Siento, como ella escribió hace una semana, el dulce rumor, la dulce melodía de una rutina que se sintió a gusto a mi lado... 
Solo yo puedo entenderla, a pesar de la distancia.
"...Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también, de tiempo en tiempo, el orden... Las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles..."
Me siento bien.
Equilibrado, sereno, feliz.



sábado, 4 de abril de 2020

EL CONFINAMIENTO Y ERIC ROHMER


Me ha costado volver a este blog.
Y podía haber aprovechado, porque desde mediados de marzo estoy encerrado. Como millones de personas.
No lo llevo mal. No me quejo. Si no fuera porque estoy enamorado de alguien que no me corresponde, en realidad reconozco que esta no sería una situación muy desagradable ni incómoda.
He trabajado a distancia, en casa, y me gusta; es cierto que no es lo mismo que tratar con los alumnos cara a cara, pero, para un solitario como yo, tiene sus ventajas. No voy a ocultar un hecho sangrante: que muchos alumnos no tienen ni ordenador ni wifi, reflejo palmario de esa brecha entre ricos y pobres que no va a cambiar, aunque debería ser lo primero que cambiáramos, al salir a la calle. Pero ellos, los que mandan, no lo harán y, mucho menos, con lo que se nos vendrá encima.
He escrito, he leído. Lo que he podido, mientras esta obsesión personal me dejara pensar y concentrarme.
No me preocupo por familiares cercanos de edad avanzada; murieron. Mi hermano está bien y vive conmigo.
El aislamiento no me vuelve paranoico ni me inquieta. No me preocupa ni la hipocondría ni la depresión. Mi única obsesión es una mujer que se me escapa de entre los dedos.
Si echo una mirada, más allá de la ventana, soy consciente de las consecuencias presentes y futuras de estos nuevos tiempos. Hay y habrá recortes de libertad, crisis económica, paro; hay y habrá miedo y solidaridad. Hay y habrá egoísmo, partidismo y sacrificios personales. No seremos diferentes; porque olvidaremos.
No logro emocionarme, cuando alguien echa de menos los abrazos. Sí, me gustaría abrazarla a ella, pero no es posible.
Si, ingenuamente, te dejas llevar por una propuesta torpe e hipócrita de la Comunidad de Madrid -un voluntariado "pagado"-, aportando esa información al claustro, los compañeros se sienten ninguneados e insultados, y no van más lejos, no hacen una crítica más profunda; y, si la hicieran, deberían fijarse, por un lado, en la improvisación, que lleva a la Administración a proponer ideas excéntricas, y, por el otro, en el desinterés, cuando no proporcionan facilidades y medios a las redes más o menos espontáneas de voluntariado.
Hay una intención política clara en lo que está ocurriendo, y la veríamos, si tuviéramos una perspectiva más amplia, pero se prefiere hablar de lo propio o, simplemente, sobrevivir al presente.
Es comprensible, pero decepcionante, porque nos protegemos y nos quedamos anclados en ideas fijas, las nuestras. Y eso hará imposible un cambio radical, que es el que necesitaríamos.
No logro emocionarme con los aplausos de las ocho de la tarde, aunque comparta el respeto y la admiración que me merece la gente que lo está dando todo en los hospitales. Pasados los días, tengo la sensación de que representamos, desde nuestras terrazas y ventanas, una obra de teatro. Todo me parece una tramoya; no logro integrarme en la colectividad. Seguramente el problema es sólo mío.
Hay gente que muere; datos falseados y propaganda en los medios de comunicación. La información aplasta, es repetitiva.
Quizá lo único real es que la Naturaleza puede vivir sin nosotros. No somos imprescindibles; es más, nosotros somos la enfermedad, el cáncer de este mundo. Tal vez deberíamos desaparecer como especie. La Tierra nos lo agradecería.
Sin embargo, si desapareciéramos, se perderían tantas cosas.
Ella no existiría, por ejemplo; y sería triste...
Otra, sin duda, es Rohmer.
Estos días se cumplió el siglo del nacimiento de Rohmer y diez de su fallecimiento. Pasó sin que nadie lo mencionara. El virus es el único protagonista; el resto no existe.
Estamos viendo, mi hermano y yo, sus películas y recupero cada día, cada tarde, cada noche, una melodía encantadora. La vida pasa y su fluir, sea con los diálogos, sea en los planos de la vida cotidiana, desde el campo o en la ciudad, se nos muestra con una sorprendente naturalidad. No niego que también haya impostación y una tramoya muy bien urdida, pero la aceptas, porque forma parte, lo queramos o no, de nuestra forma de ser. Es lo que somos: actores. Algunos más creíbles; otros, no tanto.
Releo las Memorias de Adriano. "... los males verdaderos: la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños..."
Mentimos y nos mentimos. Y lo seguiremos haciendo.
Somos personajes de Rohmer, aunque no lo sepamos.
Libres y esclavos de nuestros sueños y pesadillas.



domingo, 16 de febrero de 2020

KIRK DOUGLAS Y JOSE LUIS CUERDA


En las dos últimas semanas han muerto dos clásicos. El cine no sería lo mismo sin ellos.
De Kirk Douglas qué decir. Sobre todo en los cincuenta y sesenta participó como actor y, a veces, como productor, en películas que han marcado a varias generaciones de espectadores.
Hablo de Retorno al pasado, Espartaco, Vikingos, El gran carnaval, Senderos de Gloria, Carta a tres mujeres, Cautivos del Mal, El loco del pelo rojo, Duelo de Titanes o Ulises. Dos de ellas siempre las pongo en mis clases; para mí siguen siendo las mejores adaptaciones del esclavo rebelde -el yo soy Espartaco sigue emocionándome, aunque lo haya visto una y otra vez y no fuera cierto; el verdadero Espartaco murió en la batalla y su cadáver nunca se encontró. Pero ya se sabe, el arte miente y debe hacerlo- o de un Ulises que, en mi opinión, nadie ha superado, más complejo de lo que parece desde una primera mirada superficial.
Es difícil elegir. Cada una de ellas tiene escenas impresionantes.
Que sean dos y dos finales:
la del Gran Carnaval. Cuando la vi en el cine, días después del "espectáculo" de Ermua y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, mi acompañante y yo pensamos lo mismo: cómo convertir una muerte en un espectáculo. Billy Wilder nos lo había contado cincuenta años antes. Y Kirk Douglas lo había interpretado a la perfección. Y el periodismo, como algún caso de hace unos meses ha vuelto a mostrar, sigue en esa misma línea.


el de Senderos de Gloria. Una película antimilitarista que termina con un momento tierno y emotivo. Más allá de la hipocresía, la mentira de los altos mandos,



siempre nos quedará la humanidad de la gente corriente, de los parias, las víctimas de siempre.


¿Más humano que Jose Luis Cuerda? Imposible. Hizo alguna buena película, pero todos le recordaremos por Amanece que no es poco, un clásico entre los clásicos.
"Todos somos contigentes; sólo tú eres necesario". "Esto es un sin Dios". "¿Cómo se le ocurre copiar a Faulkner, insensato? Aquí es una institución". "Cojito para toda la vida". Y más frases míticas. Me quedo con el profesor y sus métodos de enseñanza. Únicos. El gran Cuerda.



domingo, 26 de enero de 2020

LARISA SHEPITKO Y ASCENSIÓN


Larisa Shepitko rodó Ascensión en 1977. Ganó el Oso de Oro. Dos años después murió en un accidente de tráfico a los cuarenta años tras cinco películas a sus espaldas. Era una de las pocas directoras soviéticas que logró, entre sus compañeros, hacerse un nombre. Y eso, para las mujeres, sea donde sea, siempre es más difícil.
Su marido, Kilmov, en 1982, le hizo un homenaje: es un documental sencillo. El comienzo resume en unas pocas fotografías familiares toda una vida. Y me emociona.

               
               Elem Kilmov's Larisa from The Eclipse Viewer on Vimeo.

Kilmov, durante esa década rodó dos películas más que, en parte, siguieron la estela de su mujer. Después cayó el muro y se les olvidó. A ambos. Pertenecían a una generación que aún creía que cierto tipo de cine era posible, donde no cabía la autocensura. Es curioso que, aunque en este caso, tuvo que marcharse de la URSS, Tarkovski hubiera pensado lo mismo. Con la llegada del capitalismo esa manera de ver el mundo, irónicamente, desapareció.
El tiempo deja a cada uno en su lugar. El tiempo nos permite aceptar lo que somos, curar las heridas, madurar, cambiar el rumbo, ser valientes o no serlo. Olvidamos lo que debe olvidarse; recuperamos lo que se perdió y valía la pena. Las modas pasan. El presente se nos escapa, cambia. Miramos con serenidad al pasado: el buen cine vuelve a nosotros.
Acabo de ver Ascensión. Y he descubierto a una gran directora.
La película, al principio, nos lleva a un género clásico, tradicional. Dos rusos intentan atravesar territorio enemigo durante la ocupación nazi. Es pura supervivencia. Cuando son capturados, todo cambia. La directora ha decidido a partir de ese momento que el tema sea otro: la toma de conciencia, cómo enfrentarse a la muerte. Con dignidad o con cobardía. El valor y la culpa. La responsabilidad ante uno mismo y ante los demás.
Y no lo hace con un discurso maniqueo, sino mostrando la complejidad de la naturaleza humana, nuestras contradicciones. Esa que conforma nuestra psicología, para lo bueno y para lo malo.
Estos minutos, que están al final de la película, son sobrecogedores. Y lo son, porque detrás hay alguien que decide en un impresionante primer plano, reflejar cómo un ser humano se enfrenta a la muerte.
(Aunque no se pueda ver en el blog, te permite visualizarlo en youtube)


                  

Muy pocos han conseguido esto. Ella lo hizo.
Sin estos momentos mágicos, el cine no tendría sentido.
Gracias a ellos el cine nos hace sentirnos más vivos.
Gracias, Larisa.




viernes, 3 de enero de 2020

DOS HERMANOS


Un corazón se puede romper. Se quiebra. La impaciencia, la desesperación, el dolor, la tristeza, la soledad.
¿Qué hacemos? Protegernos, inventar mundos alternativos, personajes imaginarios, finales felices; a veces, aunque nos atraviese y nos parta en dos, afrontar la verdad, asumir lo que somos, aceptar la realidad. Y, al final, deseamos encontrar una mirada que nos comprenda; alguien que nos coja de la mano.
Mr. Robot apartó las ideas sociales y políticas en su última temporada para centrarse en la psicología del personaje central. Y acierta. En esos momentos, sin duda, están las mejores escenas de la serie.
Hay un autodescubrimiento: el de Elliot. Y también, una historia de amor: la de los dos hermanos, Darlene y Elliot.
Dos corazones rotos, desesperados que se necesitan, se buscan y se encuentran.
Dicen que sólo el amor nos salva o nos puede devolver, aunque sea por un momento, nuestra condición de seres divinos.
Es posible. Me gustaría que fuera verdad.
Que la mirada entre dos personas que se quieren, no sea un final, sino un principio.