Ancor oggi credo che non si dia vera letteratura rivoluzionaria se non fantastica, satirica o utopistica, revés a dos manos, se repite este ruido, irritante, un videojuego, otra vez ese ruido, desagradable, golpe profundo, en los vagones de metro se nos imponen los sonidos de otros, pensamientos, palabras, no te sabotees a ti misma, te quiero mucho, una dejada fallida, las emociones te arrastran, el vértigo, la cabeza gira, el corazón late muy deprisa, remate, acaba en la red, llueve sobre la tierra batida, la sombra de un caballo blanco, este sitio es para la criada, dormirá sentada, l´autobiografia e la descrizione dell´animo umano tendono all´informe, all´infinita approssimazione, al magma interior de ogni essere humano, a quien no vi es al hombre bajito, no la va a saludar, ¡vámonos!, subida a la red, pisitos económicos, son ficciones, líneas de fuga en el cielo, líneas difusas en la tierra, extraño, sin duda, es el mecanismo de la memoria, me gustaría tenerte cerca, tenerla cerca, la sombra de una nube, el techo retráctil quiebra el cielo, el bocadillo de tortilla te devuelve al pasado de tus padres, de los viajes en tartanas, de las vomitonas en bolsas de plástico, lejos quedan, a tu alrededor comida rápida, fritanga, pizza, bebidas isotónicas, banderas españolas y ucranianas, cuando gane no saludará a Andreeva, mercadeo, ropa de marca, dinero, fachas e hipócritas, turistas del tenis, las rusas no merecen su cortesía, selfies para colgar en Instagram, un espejo roto y un galgo que corre, se abrazan el abuelo y el nieto, la Cañada queda atrás, yo también te quiero mucho, una ciudad sin sueños, una vida por delante, el grifo del agua corriente, out, punto de campeonato, día de mayo en la Caja Mágica, día de primavera.
Lillian Hellman, dramaturga y guionista cinematográfica, comunista, pareja de Dashiell Hammett, entró en la famosa lista negra de Hollywood al no denunciar a sus compañeros de profesión. Sus obras más conocidas son The little fox, adaptado al cine como La loba, el guión de La jauría humana y su primer éxito en Broadway, The children`s hour, a la que debemos añadir sus dos adaptaciones cinematográficas, These three, en los años treinta, y otra en los sesenta, sin censura, arrumbado el código Hays.
Muchos se han interesado por este primer gran éxito. Y la razón es evidente: se trataba por primera vez el conflicto que provoca una posible relación lésbica en una sociedad puritana. Sin embargo, no es ese el tema central de la obra y queda patente tanto en el original teatral como en las dos versiones cinematográficas.
Hollywood quiso enseguida, aprovechando el éxito en los escenarios, adaptarlo al cine. Hellmann aceptó, siendo consciente de que el código Hays nunca admitiría una adaptación que incluyera ni siquiera de tapadillo el lesbianismo, así que se decidió por cambiar los sentimientos del personaje de Martha; no está enamorada de Karen, sino del novio de Karen. Introdujo un comienzo que establece un aspecto interesante de la obra -el origen proletario de Martha- y da más entidad al personaje masculino -interpretado en esta primera versión por un encantador Joel McCrea-. El final feliz, en el que Martha es castigada, separándola de Karen, y reúne en Viena a la pareja, debilita esta versión, aunque tenga cierto tono Lubitsch. A Hellmann, en realidad, le interesaba resaltar otro aspecto de la obra: cómo la mentira de una niña puede destruir vidas humanas, cómo una sociedad hipócrita no es capaz de aceptar las diferencias y somete a sus integrantes a un modelo unívoco, a una violencia sutil a la que no pueden escapar.
Es de destacar la interpretación de la niña, que William Wyler cuidó con mimo, tanto que esta recibió una nominación. Los cambios no alteran la calidad de la obra, pero, es cierto, que difuminan su fuerza e intensidad.
En los sesenta el código Hays cayó. William Wyler y Hellman entendieron que era necesaria una versión que no ocultará el conflicto principal. Eligieron a dos grandes actrices, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. El actor masculino no está al nivel de Joel McCrea. como tampoco la actriz infantil, muy lejos del que alcanzó su compañera en la primera versión. Es de destacar que la actriz que interpreta a la abuela de la niña, la verdadera responsable de que se difunda la calumnia, consigue un personaje mucho más redondo que en la primera versión con detalles sencillos -la mirada final que dirige a la niña, los movimientos del cuerpo, inseguros, cayéndose o a punto de tropezar, al tomar conciencia de que se ha equivocado-, un reflejo, una metáfora corporal de su derrumbamiento moral.
Hay diferencias menores con la obra teatral. En esta, Martha se suicida con un disparo; en la adaptación, se ahorca. El final en el original es el diálogo entre la abuela y Karen, bajo la atenta mirada de la niña, que no siente ningún tipo de remordimiento. En el cine, tras el suicidio, Karen entierra a Martha y toma una decisión que Hellman también podría haber escrito: no volverá con su novio; decide caminar sola.
En las posteriores adaptaciones que se han hecho en el teatro, encuentras a menudo la confesión de Martha a Karen. Tanta es la fama de este fragmento que incluso hay una versión paródica con los personajes de Barrio Sésamo en la que Epi y Blas interpretan a las dos protagonistas bajo el título de Ernest and Bertram.
La escena es desoladora. Son cinco minutos de una sinceridad dolorida, atormentada, que Shirley MacLaine interpreta aquí a carne viva.
En la obra teatral Karen no logra asimilar la sinceridad de Martha; se queda sola, perdida, sin referencias; al contrario, en la versión de Hepburn y MacLaine, la dulzura y cercanía que Audrey incorpora al personaje de Karen acentúa aún más la fragilidad del de Martha, que se despide de la vida en uno de los planos, tal vez, más conmovedores que yo haya visto en el cine -minuto 21-
En la obra teatral no hay esperanza; la soledad de Karen es abismal y, además, aunque la razón esté de su parte y reciba las disculpas de la abuela, que las últimas palabras sean pronunciadas por la niña, que ha mentido y no ha sufrido, en cambio, ningun castigo, fortalece una única idea: que la honradez es vilipendiada y la mentira siempre sale indemne. Hellman no deja ninguna puerta abierta, ninguna salida.
¿Podríamos hablar de un final feliz en esta versión de los años sesenta después del suicidio de Martha?
Sí, en la versión cinematográfica hay un final feliz, pero de una manera diferente a la de los años treinta. La soledad de Karen no es forzada, sino deseada -podría haber buscado consuelo en el chico, pero no lo hace-. Y eso transforma la tragedia y abre un camino nuevo para la protagonista.
La mentira no ha vencido del todo; Karen será libre e independiente. Martha, de alguna manera, la ha transformado. Se enfrenta, valiente, a una sociedad hipócrita, a la que ha desenmascarado; puede ahora romper los lazos que la hubieran amarrado a una existencia convencional y ficticia. La vida y la dignidad brillan en la última mirada de Audrey Hepburn.
Una imagen especular: un barrendero y su escoba, fuera; una señora de la limpieza y su fregona, dentro; los reflejos en el agua, en los lagos, en los ríos, en el mar, te ciegan, llueve y llueve y llueve, el mar se encrespa, piedras lanzadas al infinito, observación, contemplación filosófica de un gato anónimo en una playa desierta, πολύ λίγο, λίγο πολύ, es parecido, no es lo mismo, muy poco, más o menos, las palabras mienten, las comas mienten
waiting, las salas de espera, agua con limón, una alarma del banco en la esquina de esta plaza de la Canea, misiles, aviones supersónicos que cruzan el cielo hacia el Este, muertos y vivos, el petróleo alcanza el número dos, ενα, δυο, τρια..., un adolescente francés, rubio, ojos azules, ridiculiza a otro gay, moreno, confuso, para conseguir la sonrisa de una chica, sexo para hoy, hambre para mañana, colegios concertados, bien educados, día festivo en Creta, rebelión contra los Otomanos, la verdadera justicia es la revolución, dice un grafito, ¡abajo Napoleón, abajo la OTAN!, soldados marcan el paso, el pope les lanzará agua sagrada, las armas serán bendecidas, Christine es una asesina, en un TAC verás en 3 D tu dentadura, huesos que cicatrizan, heridas que se resquebrajan, memento mori, viento y agua que bloquea carreteras, yo tengo psicología, los griegos ponen su mano en el corazón, καρδία, los gestos mienten, mienten los dedos temblorosos
Las habitaciones rojas obsesionan a una modelo, la locura es no estar loco en un mundo donde estar loco es lo sensato, Netanyahu y Trump bailan, nadie sabe qué canción, una cáscara de plátano en la parte trasera de un coche de alquiler, un limón, carpe, el olor de limón en Pollirymno, tumbas junto a una ermita, las piedras protegen una iglesia ortodoxa, huelen las velas, dentro, cera que se derrite, puertas cerradas, viento que devora las piedras, fuera, Black dog, perros abandonados, perdidos, animales atropellados, cadáveres pudriéndose en la carretera cortada a Balos, no nos entendíamos, ¿a la derecha? ¿a la izquierda?, sopa de pescado, ensaladas de feta, ouzo, mousaka, postres dulces, gatos que se acercan, caricias, comida, palabras inventadas, fourogato, etimologías imaginadas, el hueco de un gato, mienten los dos puntos ¿y los signos de interrogación?
las nuevas generaciones quieren ganar dinero, mucho dinero, se acerca el Apocalipsis, las cartas de San Pablo en griego moderno, se mezclan melodías, los rituales nos liberan de la vida, el día del teatro lees a Zeami, dos mujeres enamoradas, fantasmas que no pueden liberarse de una ausencia, bailan, cantan, melancolía del final de un viaje, los placeres del cuerpo, respiras, silencio, si contemplas una obra de arte, el estrés, abortos, vidas truncadas, vino, vermú bajo la lluvia, viene, se va, viene, se va, el cuerpo se calienta junto a una estufa, los jóvenes, cuerpos de jóvenes, bailan, giran, giran, giran, cogidos de la mano, cogidos de los hombros, Kazantzakis, Zorba nos enseña a vivir, Bernhard es un profeta, Gaddis un mártir,
las comas mienten, siempre, el punto final, nunca.
Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa y Un simple accidente de Panahi han conseguido muchos y merecidos premios. Nada que objetar. Son películas bien hechas y que cuentan con corrección la historia que quieren narrar.
Pondría peros, claro. La primera intenta situarse, al principio, en una posición equidistante: todos tienen sus razones, diríamos. Sin embargo, es fácil darse cuenta de cuál es la posición que prefiere la directora. En las escenas finales la frialdad no solo de determinados personajes, sino de la propia joven nos aleja de una intransigencia y una manipulación disfrazada de fe y respeto.
Nos sentimos más cerca de otro personaje, la tía, humana, incluso, en sus contradicciones. Hay sutileza y se agradece, pero también Alauda busca contentar a todo el mundo y cosechar premios y ampliar su público.
Panahi tiene un discurso claro y no esconde sus cartas.
Para mí es una adaptación libre de La muerte y la doncella.
El tema es el mismo: una persona reconoce a su torturador por la voz. ¿Qué hacer con él? ¿Matarlo, vengarse? ¿Estás seguro de que es la misma persona? Todo esto le sirve a Panahi para hablar de un entorno, el de Irán, mucho más complejo del que aparece en los medios de comunicación y lo hace de manera digna y sencilla acompañado de un ligero sentido del humor.
Strany riu merece una reflexión aparte.
Es una obra extraña y sorprendente para ser la de un autor novel. Arriesgada y experimental. Tiene la apariencia de una narrativa convencional, pero es solo eso: apariencia. Hay mucho más. Es capaz de construir escenas donde intuimos lo imaginado por los personajes y, entonces, asistimos a dos tiempos, a dos mundos paralelos: el que otros perciben y el interior, el del protagonista. Este esfuerzo por recrear esa otra realidad que creamos en nuestra mente, también aparecía en su cortometraje: La nostra habitació. Y si transformar nuestra percepción es y debería ser el objetivo del arte, este nuevo autor, Jaume Claret ha dado un primer paso muy interesante.
Hamnet es una película que conmueve, mientras la estás viendo, y decepciona, cuando te alejas de ella y empiezas a comprender el diseño, el cálculo, la cuidadosa manipulación que se ha levantado para conseguir que te emociones. Tela de araña, si estás delante de la pantalla: te atrapa. Se diluye y se deshace, al recordarla.
El personaje central no deja de ser una creación, más o menos convencional, muy al gusto de nuestros tiempos, de una mujer feminista, independiente y libre a finales del siglo XVI. Solo el talento de una actriz impresionante, Óscar asegurado a la mejor interpretación femenina, Jessy Buckley, salva una primera parte que, cuando empiezas a escarbar, no es más que una sucesión de tópicos y metáforas bucólicos y panteístas -mujeres conectadas intensamente con una Naturaleza benefactora, oscura e inquietante, el vuelo de un halcón que nos libera del dolor y la muerte- y románticos -el amor correspondido de dos almas libres y rebeldes, padre violento, madrastra distante-, bien engarzados para conseguir enganchar al espectador. Los personajes secundarios que acompañan emocionalmente a los protagonistas -el hermano de ella; la madre de él- no logran cuajar ni desarrollarse plenamente. Los niños son estereotipos, imágenes, patrones, elementos necesarios para alcanzar el objetivo principal. No tienen entidad propia; ni siquiera el niño: Hamnet.
La muerte del hijo quiebra la relación de la pareja; solo cuando sales del cine y reflexionas sobre las bases de esta relación, adviertes que, mientras todo iba bien, ella no echaba en falta al marido, el gran William Shakespeare; solo tras la tragedia el personaje femenino decide lanzar todas sus invectivas sobre el que poco antes era un maravilloso padre y excelente marido. Podemos admitir estas contradicciones -¿quién no es injusto a veces en estas circunstancias?-, pero el tratamiento y la narración de estos acontecimientos te hace sospechar que te están manejando, engañando, removiendo tus emociones como harían con un títere y, sí, haces bien en desconfiar.
El final -insinuada con más sutileza y brillantez en la obra de O´Farrell- que levanta un decorado y transforma Hamlet en un espacio donde los personajes puedan redimirse y recuperar al hijo perdido a través del arte, se recrea en gestos teatrales, mal teatro, no el bueno, alguien los llamaría pretenciosos, y reiterativos: la imagen del niño que se aleja entre las sombras sonriendo, las manos de los espectadores buscando la del actor que interpreta a Hamlet, las miradas cómplices de los dos protagonistas, muchas, demasiadas, se alargan eternamente, y el uso, ¡cómo no!, de la música como elemento invasivo; y, sí, nos arrastran. Así que, si no has sabido mantener la distancia, acaba, como bien supo hacer su productor, Spielberg, en algunas de sus creaciones más reconocidas, por emocionarte, pero sin que, pasado el tiempo, las horas, los días, quede mucho más que una cáscara vacía.
¿Hay verdad en esta película?
Hay momentos que sí permanecen. Uno en especial.
El niño ha muerto. Ella lo sostiene entre los brazos. Pronuncia unas palabras. Sobre todo, grita. Grita, salvajemente, grita. Es un grito, un aullido, un alarido terrible, brutal.
En esta película tan dirigida, tan artificiosa en la mayor parte del metraje, esto es lo único real: el grito impotente y desesperado de una madre.
Sentimental value o cómo explicar las carencias de una relación paterno-filial
o cómo el arte, el teatro, el cine, puede ayudar a intentar explicar el mundo o cómo curar heridas familiares y personales o cómo envejecemos y nos rebelamos inútilmente, de que estamos al borde de la locura y sorprende que todos no hayamos caído ya al fondo del precipicio, es también Persona de Bergman y la historia de una casa, metáfora sencilla para contar la historia de una familia
y, sí, también habla de la soledad. Trier es un cineasta que sabe situar a un personaje en un plano y, esté donde esté, sentimos su aislamiento. No es fácil conseguirlo: en un archivo, en una fiesta, en un jardín, la soledad nos aplasta.
Me gustan las actrices, las dos hermanas, actriz desquiciada y equilibrada profesora de historia, y el actor, el padre, director de prestigio, manipulador y envejecido, me gusta la manera de conseguir atraernos al nudo de la película, los planos vacíos de la casa, sin que nos demos cuenta, me disgusta la música, innecesaria, un gesto a la galería, al gran público, sentimentalismo, un poco de patetismo, falta, entonces, la sobriedad, la sequedad, la firmeza del contenido, ¿por qué añadir elementos superfluos que dañan el conjunto?
El final de la película podría ser un buen ejemplo de los valores y defectos, escasos, pero evidentes, de esta película.
Los silencios, los silencios, los silencios.
¿Dónde están los silencios en el cine, en el teatro, en la escritura, en la vida?
Los huesos crujen. Ha llegado el momento. Cuesta sostener el stilum entre los dedos agarrotados por el frío y los años, escribe letras, las acaricia...
La Zaranda, los ángeles caídos, el dolor, bofetadas en la cara, Caronte y Shakespeare, nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, nada de sentimentalismo pequeño burgués, La buena estrella, Ricardo Franco, Joaquin Jorda, a la mierda las cursiladas para el gran público, desaparecen en las sombras, nos dan la espalda, perdónanos, señor, desprecian los aplausos, no les gusta a la salida a los pequeño burgueses, lejos del teatro el sabor se intensifica, es más consistente, La distancia, el padre en la Tierra, la hija en Marte, queremos borrar los recuerdos de lo que hicisteis con el fuego, hemos carbonizado el mundo, hemos llevado el planeta al infierno, hemos alimentado nuestra propia destrucción, padre e hija comparten una melodía, los dedos se mueven en su cadencia, rítmicamente,
una cena en Roma, Viestad, Sofía Loren, adolescente, cuelga la ropa en el tendedero y hace pizza, un napolitano en mangas de camisa les busca un aperol en las esquinas, los jóvenes se besan y abrazan a la sombra del Vesuvio y el mar, en Sevilla también llueve, los hermafroditas no tenían futuro, roer una chuleta de cordero, quitarle la cáscara al langostino, tocar los alimentos, manipularlos, recuperar la relación que tenemos con ellos desde que los cocinamos, lavamos, cortamos, ponemos en la sartén, cocemos, separamos, mezclamos sabores y olores, comida mexicana, comida italiana, raviolis con calabaza, quiches de pollo, empanada, interminable, a la milanesa, cervezas, vermú, agua, picantes, la pimienta, despierta nuestras papilas gustativas, el sabor se multiplica, se expande, la curiosidad de algo diferente, aunque nos cueste la vida, no bebas agua tras tomar chile, leche y vino, si quieres contarlo, filosofía mundana, Madrid, interior, Madrid, exterior, exterior del susurro del tiempo, Aro berria, nunca hemos estado en Grecia, ciento diez entre seis, calculadora, dieciocho, me pasa, por favor, los platos, los cubiertos, los vasos...
No queda tiempo, a oscuras se levanta, este hombre, un anciano, Marco Tulio Tirón, las sombras ocupan todo el tablinium, solo un hueco de luz, alrededor de la mesa de mármol, el pergamino desenrollado, qué hay al otro lado, más allá de las letras que bailan y sobreviven al paso del tiempo...
Almodóvar y Trueba y el joven hijo de Trueba van al teatro, minoría selecta, mayoría silenciosa e iletrada, compraré plantas, ¿y si se las comen los gatos?, puedes aprender unos pasos de baile, toca la banda de música, si no os movéis no vais a ningún sitio, y sin embargo, se mueven, ¿tienes frío?, si estuvieras en León, ya verías lo que es el frío, un eclipse solar en agosto, las estrellas se mueven, giran, se abrazan, se besan, recuerdos, pensamientos, sensaciones, mescolanza de ideas, emociones, caóticas, irregulares, el orden de las palabras no cabe, ¿es esa una biografía? ¿su biografía?, imágenes, olores, sabores, sonidos, atonales, arrítmicos, ¿cómo explicar la vida de este anciano de manos temblorosas?, Bach nos salvará, se escucha un preludio y una fuga del Clave bien temperado, matemáticas, números, equilibrio pitagórico, exactos, si cierras los ojos, Krasnorharkai, La melancolía de la resistencia, notarás el sabor del chile más intenso, el caos desaparece, las lágrimas de la hija y del padre, de las prostitutas, del chulo, del convicto, del profeta fluyen, las de Eszter y Valuska, las de Bela Tarr,
la muerte se acerca, mientras los pensamientos se atropellan y vas al teatro y cenas en un restaurante y, sí, escuchas a Bach y ahora, solo ahora, aunque no lo creas... estás salvado.
Un implante baila la tarantela en mi boca: derecha, izquierda, arriba y abajo. Una motocicleta me avisa de su presencia; y otra y otra y otra. Cientos, miles encuentran su espacio, se escabullen, son las amas, señoras, diosas de Nápoles, más flexibles que los gatos, saben encontrar el sitio perfecto por donde han de pasar. Nadie les pone límites; ¿quién se atrevería? Los dioses paganos se imponen al cristiano: Totó, San Genaro, Maradona... Solo Totó era napolitano. El Vesuvio es otra divinidad; lo sería, si los cristianos no hubieran impuesto el suyo hace dos mil años. Los dioses castigan, castigan los excesos, ahí está Caravaggio, talento inmenso, ladrón, asesino, acabó sus días en Nápoles, una reyerta, herida mal curada, infección, muere Caravaggio, en las faldas del Vesuvio terminó su vida. Si estás delante de un cuadro suyo, estás perdido; todo lo que veas después será mediocre, mediano, innecesario, redundante, banal, si acaso se salve Artemisa y solo como digna compañera. ¿Y las iglesias barrocas bombardeadas por los americanos? ¿Y la pizza? ¿Y los belenes napolitanos, recargados de detalles, minucias, vida cotidiana? Aquí, el borracho, allá, la prostituta, acá, el viejo, en la mano el bacín, ¿dónde la tiro?, cae sobre un vecino, grita, las calles, las cabezas cubiertas de orín y excrementos, Juvenal vuelve a la vida, la ciudad es una tortura, no puedo dormir, la tarantela en mi boca, ruido de las carretas, de los coches, de las motos. Cientos, cientos, miles de turistas y napolitanos e inmigrantes comen, beben, compran, venden, gritan, hablan, aúllan, se desesperan. El implante baila, salta más rápido, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Otra motocicleta que anuncia su existencia con habitual discreción; ¡son tan elegantes en su movimiento pélvico! y otra más y otra y otra. Los turistas visitan catatumbas, los restos de Parthenope, Neapoli, los bizantinos, los borbones, los muertos ya no están, ni siquiera San Genaro, bien enterrados sus huesos bajo la cúpula del Duomo, bien guardados en un frasco su sangre, la que protege a la ciudad hasta el fin de los tiempos. Los turistas recorren ciudades sepultadas por el lodo, el fango, las cenizas, el flujo de gases, Pompeya, Herculano, villas y gatos, sí, y gatos que esperan, pacientes, acechan ¿qué aguardan? Las pinturas se descortezan, las columnas se cuartean, se desprenden los paneles, el tiempo es implacable, obreros intentan, subidos en sus andamios, retenerlo, apresarlo: ese escriba con un pergamino en las manos, esos amantes desnudos, esos dioses escépticos, esos pájaros volando en el vacío, esas flores, creciendo en el muro. ¡Qué carajo de frío hace en Madrid! Secuestran a Maduro, Trump baila la tarantela con Putin y Xi Jinping, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Arriba, abajo, izquierda, derecha. Petroleo por aquí, gas por allá, hace cincuenta años mataron a Pasolini, ¿quién lo recuerda? ¡Profeta Pasolini, va a llegar, sí, tenías razón, pronto llegará! En Nápoles el aire del mar suaviza, suaviza la crueldad y la herida, profunda. Cuatro jóvenes titiriteros hacen acrobacias en la plaza bicentenaria: una vuelta y dos y tres y cuatro, caen de pie, perfecto, gatos sonrientes, brazos en alto, drones volando, aviones bombardeando.
Me siento, descanso, agotado, en el paseo marítimo. Una pareja de jóvenes se besa al borde de la baranda; cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos: hay otra y otra y otra, ¿de dónde salieron?, decenas de parejas enamoradas se besan y abrazan a la orilla del mar: el amor crece sin medida, ¡disfrutad de su crecimiento!, el amor morirá, llegarán las facturas, las hipotecas, las riñas, el silencio, el desprecio, el odio, la distancia, el recuerdo de su piel, pero, mientras tanto... Che cazzo fai, dice la ragazzina, ti faccio l'amore, te diría, ragazza, si fuera joven, si te tuviera entre mis brazos, si... Unodostrescuatro... Unodostrescuatro...
Se delinea al fondo, oscuro, inflexible, indiferente el Vesuvio, volcán dormido. Despertarás, lo sé. Es inevitable, pero, te lo pido, ¡deja que los jóvenes amantes se besen, se abracen, bailen, dios cruel! ¡Espera, divinidad napolitana! Llegará tu momento. Y, entonces, quitarás la vida que diste, generosa. Ahora, mientras tanto, permite, por favor, te lo ruego, que te adoren, que se besen y abracen y bailen la tarantela estas decenas y cientos y miles de jóvenes amantes.
Solo sobrevive este trozo de cierta entidad; pertenece a una gran pintura mural de Cnosos. El resto son más pequeños y no permiten reconocer nada a simple vista, a no ser que seas un experto en la materia. Evans la llamó "La parisiense". Llamarla "retrato de mujer elegante" o "sacerdotisa desconocida" hubiera sido más apropiado, pero Evans sabía que, si quería conseguir financiación para sus excavaciones, debía interesar al gran público y en los años veinte del siglo pasado París era el centro del mundo.
¿Quién es esta mujer cretense? ¿Dónde está? ¿A quién mira? ¿A quién sonríe? Los arqueólogos con los escasos restos disponibles proponen sus hipótesis: o es una sacerdotisa durante una procesión o tal vez sea una cena ritual y, como más tarde harían los etruscos, está sentada en un trono o un sitial y observa y escucha embelesada a su compañera o compañero, mientras le entrega un vaso ritual.
Nunca lo sabremos con certeza.
De camino a la Canea una sucesión de picos conforman la silueta de un rostro de gigante, mirando al cielo. Reconozco la barbilla, la boca, la nariz, el mentón. ¿Será Talos? Hay quien afirma que aquí fue donde se transformó en piedra. También aquí fue criado Zeus, ocultándolo en una cueva para que Cronos no supiera de su existencia; más tarde, dueño y señor del Olimpo, vencidos los Gigantes, viola a Europa. Y ya sabemos qué pasó después.
Cada pico tendrá su nombre. No hay lugar que el ser humano no haya hecho suyo, dándole un nombre, marcándolo, fijando la frontera entre lo que existe y lo que no existe.
Curvas, curvas, curvas por una carretera al costado del mar. Farallones, cabos, acantilados, barcos pequeños faenando, casas que aprovechan las colinas al borde del precipicio, incumpliendo normativas, raíces de olivos, reflejos del sol en el agua. Pinos, carrascal, encinas, alcornoques se aferran al trozo de tierra que les ha tocado. Moles que se alzan desde el mar hasta el cielo.
Extraña sincronía del tiempo. Hace frío por la mañana y por la noche, calor a mediodía. Chaparrón de repente, un poco de sol. En un mismo día los extremos se tocan.
Si avanzamos al interior, entramos en una amplia llanura, algunos cultivos, rodeados por infinitas plantaciones de olivos, poblaciones arracimadas, diseminadas.
En Rethimno las zonas residenciales se adueñan del litoral, casi todas tienen en el tejado sus dos placas solares. Verás lo mismo en cientos y cientos y miles de ciudades costeras durante el invierno: hoteles, chiringuitos y restaurantes cerrados, apartamentos con las persianas bajadas, dormidos, pistas de tenis y piscinas abandonadas.
Una cumbre destaca solitaria, nevada, el Lefkatri, más de dos mil metros de altura. Aparece la bahía perfecta, protegida de las corrientes, defendible de ataques exteriores, piratas o civilizaciones enemigas.
En la Canea entre carteles reivindicativos de AKK, antifascistas y revolucionarios, gatos negros, anarquistas por naturaleza, que buscan refugio en sillas de paja, viviendas que se apoyan sobre murallas bizantinas, calles y muros y fachadas encaladas del barrio de Splantzia, descubres a una niña; decora el escaparate de un restaurante: sus rotuladores dibujan piruletas, molinillos de viento, escriben καλή Χρονια. Me mira: se excusa con una sonrisa; ella es una artista y tiene privilegios. ¿Quién lo duda? Concentrada, seria, sabe perfectamente lo que crea. Su mente concibe una idea; la pone en práctica, pero, ¡ay!, una familia inglesa va a sentarse a la mesa contigua; el padre de la artista, uno de los propietarios, le llama la atención: tendrás que dejarlo para después. La niña de rizos rubios, orgullosa, se retira. ¿Qué sabrá mi padre de la inspiración?, piensa. Esta niña ya ha descubierto la regla número uno de la creadora: el arte es secundario; el negocio siempre es lo primero. Quien paga, manda.
En Heracleion nacieron el Greco y Kazantzakis. Ambos murieron lejos. Al menos, el escritor fue enterrado junto a sus murallas. "Nada quiero, nada espero, soy libre".
Las murallas son de origen veneciano. Creta fue el centro de sus rutas comerciales por el Mediterráneo: cuatro siglos que solo dejaron estas murallas, los arsenales, tres fuentes y un edificio que administraba las operaciones comerciales, la Loggia. Muros que resistieron un asedio de ventiun años. Los turcos vencieron la defensa que Mocenigo dispuso alrededor de la ciudad; sin apoyos, tuvo que rendirse.
Un nuevo nombre para olvidar el antiguo: Kastra por Candia, los turcos explotaron a sus habitantes, echaron de menos a los venecianos. Ενωσις η Θανατος. "Unión con Grecia o muerte" . Recuperamos el antiguo nombre de Heracleion. Independencia. O casi. Los nuevos amos hacen sus cuentas en Berlin, Londres o Nueva York. Mientras podamos comprar, gastar, abrir los negocios, bien estará, dicen los griegos. ¿Crisis? Lejos quedan los recuerdos de la anterior, de un hombre desesperado que se quemó, de una izquierda derrotada otra vez. ¿Vendrá otra crisis? ¡Que venga! Todos sabemos que solo existe el presente...
Murales de camino al faro en los murallones: el rapto de Europa, con ella empezó todo, sirenas y ninfas, flechas cretenses, delfines y sacerdotisas minoicas, grifos. El motor de un avión que vuela a Atenas, la sirena de un barco de pasajeros. Sentencias reflexivas a la manera de acertijos heracliteos, pintadas en griego, siempre quedan bien en el idioma que inventó la filosofía: εμπειρία μου ζεμαθε τον κόσμο, η αστραπή η ζωή μας μα προλαβαίνουμε, η αλήθεια έναντι θάνατον δίδεται. "mi experiencia calienta el mundo; el trueno: ponemos al día nuestra vida; la verdad se entrega contra la muerte".
Las sacerdotisas cabalgan sobre grifos, tres animales son llevados al altar del sacrificio en las pinturas de una tumba de Hagia Triada. El Cancerbero nos mira; descansa a los pies de Proserpina-Isis y Plutón-Serapis. Sincretismo, dicen. Al perro de tres cabezas, sin bridas, perdidas por el camino del tiempo, no hay quien lo sujete.
Damaskinos conoció al Greco. Como él fue a Venecia. Aprendió de Tintoretto. El Greco buscó fortuna en Toledo; Damaskinos regresó a su tierra. Y pinta maravillas. Seis de ellas cuentan decenas de historias. En su Resurrección vemos en segundo plano un ángel sentado sobre la tumba vacía, como si fuera el sillón de su casa. María Magdalena gira su cuerpo, las piernas se le doblan, el terror y la sorpresa la dejan temblorosa, desfallecida. Y en primer plano dos miradas. María Magdalena fija sus ojos en Jesucristo, esperanzada, sorprendida. El cuerpo de Jesucristo es hieratico, frío, el que corresponde a un dios, pero, ¡ay! su mirada le delata, es tierna, cálida, comprensiva, solo un ser humano miraría así a otro ser humano.
¿Jesucristo y la Parisina, mientras los observamos, nos miran a nosotros? Es posible. Las miradas suelen ser compartidas. Y suelen ser también el comienzo de una historia, de cualquier historia.
El 28 de diciembre de 1895, hace ciento treinta años, se celebró la primera sesión del cinematógrafo, ese nuevo invento de los hermanos Lumière. George Meliès asistió a la proyección. Tal vez solo él fue consciente de lo que los Lumière tenían entre manos.
Hace más de tres mil años, nos cuenta un mito, Pasifae se unió con un toro. Nace el Minotauro y con él su laberinto.
En invierno Cnosos es una ciudad desierta. Echa de menos tiempos mejores: el calor asfixiante, hordas de turistas; en cambio, ahora, los hoteles, las tiendas de regalos, los restaurantes están cerrados. Tres turistas despistados nos bajamos del bus que nos ha traído de Heraclion; un par de coches en el aparcamiento; a unos pocos más, que contrataron una agencia de viajes, les espera un conductor relajado: consulta mensajes en el móvil, sonríe, responde.
Una fila de olivos, uno detrás de otro, en lo alto de una colina, esperando su turno. Hay más olivos que turistas en el llano, frente a la taquilla. Un picacho imponente, observador imparcial durante milenios. Y gatos y pavos reales.
¿Por qué aquí estos pavos reales? ¿Habrá cerca un templo de Hera que los proteja? Los gatos parecen aceptar de manera displicente esta forzada convivencia. Y estos gatos cretenses te buscan, se acercan a ti, sin que tengas que llamarles. En Atenas, huyen. Aquí maullan, comunicativos, exigen tu atención y esperan el premio a sus desvelos. ¿Será que se han adaptado al carácter de los humanos con los que conviven o es una forma autóctona de supervivencia, transmitida de generación en generación a lo largo de milenios?
¿Qué ocurriría si los humanos dejaran de alimentarlos? Si hicieran este experimento no quedarían de estas aves ni las plumas. Mientras tanto, los gatos esperan pacientemente que llegue su momento.
Cnosos es, en gran parte, una invención de Evans, su descubridor. No le bastaban las ruinas, los trozos de pinturas o columnas; necesitaba completarlas, darles vida. La imaginación, ya se sabe, lo quiere todo; es un amante insatisfecho. Una posible cisterna no era suficiente: necesitaba que fuera una sala donde se realizaran rituales de purificación. Quería la habitación de un rey, de una reina y de un príncipe. Quería un gran patio donde jóvenes de ambos sexos lucharan contra un toro. Quería a una gran sacerdotisa, adorada por su pueblo, diosa y reina. ¿Podemos recriminárselo? Los arqueólogos profesionales, que deben seguir métodos científicos, pueden hacerlo; nosotros, que no lo somos, le agradecemos que nos hiciera creer de nuevo en un mundo que había desaparecido por completo a finales del segundo milenio antes de Cristo.
No importa que ese mundo, cuando entró en crisis, cometiera sacrificios abominables: esclavos y niños para calmar la ira de los dioses. ¿Podemos juzgarles?
Quien desee la realidad áspera puede visitar Festos. Se pueden contar con los dedos de la mano sus visitantes en un lunes invernal. Los gatos se aburren. Su persecución es perseverante. Solitarios acompañando a un solitario. Del mar llegaban las riquezas de Egipto, al sur, y hacia el resto del mundo conocido los minoicos enviaban las suyas: su vino, su aceite, su cerámica, sus brillantes sellos dorados, sus joyas de amatista.
La carretera que te lleva de Heraclion a Matala es el ruido de fondo. A cada kilómetro, a un lado del arcén, capillas en miniatura: hermas protectoras de los viajeros.
Me recoge, mientras regreso a pie desde Hagia Triada, una amable mujer de unos sesenta años. En el corto trayecto en coche a Meiras, hablamos en un griego muy básico del tiempo: κρύο πρωί και νύχτα, μεσημέρι δεν. Nos deseamos, al despedirnos, un καλή χρονιά, χρόνια πολλά.
El olivo es el rey incontestable, cientos, miles. Algunas vides espaciadas, algún naranjo y limonero puntean el paisaje. La zona montañosa, entre barrancos, escalonada por altozanos.
Y algunos de ellos, como Festos, sirvieron para levantar palacios minoicos, residencias reales, zonas sagradas donde se celebraban rituales que solo intuimos por las pinturas, esculturas o joyas conservadas en los museos; depositos en los que se encontraron los enormes pithoi, esos que guardaban en su interior la tríada mediterránea: aceite, vino, trigo y que enriqueció a esta primera civilización y de la que no podemos saber cómo pensaban, porque su lenguaje, oculto en las tablillas de lineal A o en el extraño disco de Festo nos es desconocido. ¿Qué ocurrió alrededor de 1450 A. C? ¿Fueron terremotos o un gran maremoto, revueltas internas, la invasión de los micénicos? Los incendios de estos palacios protegieron esas tablillas de barro, petrificaron esos apuntes de escribas, cuadernos en sucio de funcionarios, transformados en eternas memorias, incomprensibles para nosotros.
A un día soleado, primavera adelantada, le sigue otro nublado, ventoso. La mar rizada en miles de bucles; despeinada, lleva mal la resaca de la noche anterior.
En las calles principales tiendas, restaurantes a rebosar: luces y canciones de Navidad: capitalismo triunfante. Los aviones despegan y aterrizan pasando cerca del fuerte veneciano, las murallas bizantinas, los templos ortodoxos. En un palacete abandonado ondea la bandera anarquista. Dos gatos, uno, joven, otro, más maduro, vigilan la entrada; nuevos barqueros, portadores de almas. Debes pagar el peaje, si quieres atravesar el Aqueronte.
Las adolescentes de aquí se parecen a las de allí: risas incontrolables; el móvil, aparato imprescindible para informarse o divertirse; gustos musicales a la moda. No hay distancia entre ellas. Una mujer de mediana edad se persigna, al pasar delante de un monasterio.
Los Lumière hicieron del cine un espejo con el que mostrar el mundo tal cómo era o como pensaban que debía ser. Meliès comprendió que la imaginación ha de ser capaz de crear mundos alternativos. Hace ciento treinta años nacieron las dos únicas formas de interpretar y entender el cine.
Louis Lumière, recogiendo una palabra inventada por un creador frustrado, Leon Bouly, decidió llamar a este nuevo aparato cinematógrafo : "el que escribe el movimiento".
Acostumbrados a esas imágenes en perpetuo movimiento, tiempo que se nos escurre entre las manos, atrapados en nuestros laberintos, redes infinitas, extrañas y complejas, reflejos distorsionados de los palacios minoicos, es muy difícil explicar un mundo en el que la realidad se describía con imágenes fijas o con palabras, signos y símbolos, un universo cuyos fundamentos eran los mitos y las leyendas, los dioses y sus rituales.
Es un mundo que ya no entendemos. El tiempo es la única frontera inalcanzable, imposible, irrevocable. Nos separa definitivamente.
Siempre sientes mariposas en el estómago cuando empiezas un viaje. La noche anterior o esta misma mañana. No importa que hayas preparado todo: billetes, alojamiento, equipaje con mucha anticipación; no importa que vayas solo o acompañado; no importa que vayas al pueblo de tus padres o a Japón; no importa que vayas a subirte a un avión o a un autobús o a un coche o a un tren o al metro o a un barco. En un viaje puede haber imprevistos, sorpresas, descubrimientos. Esa es su esencia.
Están las largas esperas en los que se recomienda una lectura, a ser posible del lugar al que viajas, a ser posible del idioma al que vas a enfrentarte en el día a día desde el momento que llegues al destino; están los cambios de última hora, los largos pasillos, los paneles informativos -en unas horas puedes estar en Montreal, Beijing, Marrakech, Buenos Aires, Estambul-, el escáner que decide qué pasa y qué no -los líquidos a la vista, los aparatos electrónicos-; está la facturación, las puertas de embarque, los controles de seguridad, las tiendas y restaurantes, los interminables pasillos, una botella de agua, un poco de comida, eternas esperas, un buen libro, una visita al baño, colas para subir al avión, grupo 1, grupo 2, grupo 3, grupo 4.
Pronto constatas que tu nivel de griego o inglés deja mucho que desear. Escucharás mucho, dirás pocas palabras, las justas y necesarias, implorarás comprensión, cuando abras la boca.
Si vas en avión no olvidemos el hormigueo que sientes en el despegue y el aterrizaje: la elegante entrada en la pista, el repentino incremento de la velocidad, se alza el vuelo suavemente, el avión encuentra su equilibrio natural, se aleja de la tierra firme, allá, a lo lejos; estamos a la altura de las nubes.
Hay tiempo para dormir un rato, beber, leer, comer, y, si tienes ventanilla, echar un vistazo al horizonte, al mar, a las luces de un barco que destaca en la oscuridad o las de una ciudad costera, preludio de un encuentro.
Se te bloquean los oídos, duele, la presión ha cambiado, descendemos, nos acercamos a esas luces que antes observabamos a distancia, un golpe brusco, el contacto con la pista, disminuye de repente la velocidad, a marchas forzadas, saltarías del asiento, si no te hubieras abrochado el cinturón, ya está, despacio, gira, elegante, hay quien aplaude, estamos a salvo.
Llegas al alojamiento en autobús -pasa cada hora- o a pie. El aeropuerto está cerca de la ciudad de Heracleion. ¡Ay, la espalda! Uno a esta edad no está para llevar mochilas. Escuchas los motores de aviones, levantando el vuelo, desde el balcón. Buscas qué cenar, pocos sitios abiertos por los alrededores, hoy aquí es festivo, un kebab te vale, una fiesta familiar en la mesa de enfrente.
Empecé a escribir estas líneas a cientos de kilómetros. Otra cama, otra noche. Las mariposas ya no revolotean.
Si acaso, un mosquito, y este cabronazo sí me va a dar la tabarra.
Filosofía mundana. Javier Gomá y sus reflexiones sobre el amor, la vida, la muerte no son más que huecas y convencionales frases hechas. Si no hay experimentación en teatro, literatura o cine, ya no me interesa. ¿Pido demasiado? Admito todavía los clásicos tal vez porque ellos han resistido el paso del tiempo o porque experimentaban a su manera, buscaban otros caminos, caminos recorridos por ellos hace décadas, siglos, milenios y que nosotros deberíamos reinterpretar de una forma diferente: la mejor imitación, el mejor homenaje es proponer otra manera de mirar o, mucho mejor, dinamitarla.
No soporto un teatro con ideas hueras y repetidas, que pretende ser alternativo y, sin embargo, a su pesar o a propósito -¡quién sabe!- repite ideas ya vistas; formalmente es pusilánime, cobarde. No soporto una literatura que no busque otra manera de contarme la realidad o la imaginación que nos atormenta. No hay muchos Fosse, Kang, Gospodínov, Krasznahorkai... No soporto un cine adocenado, convencional, previsible. A mi alrededor no veo otra cosa. Mi mirada ha cambiado, ha envejecido: escéptica, inconformista, agotada...
Enciendo el televisor y en los informativos identifico las mentiras y la propaganda: el héroe Zelinski, el malvado Putin, los valores europeos que ahora son el petróleo, el consumismo compulsivo, la guerra y la ultraderecha triunfante. Trump, Papá Noel, Maduro, juicios, Netanyahu, los reyes Magos, familia, corrupción, elecciones, regalos... Este documental sobre el metro de Londres me aburre: esperaba que me sorprendieran. Luces de Navidad. Me ciegan, me deslumbran, me ensordecen. Necesito silencio, oscuridad, penumbra... Decepcionado, apago el televisor.
Agnés Varda experimentó. Godard también. Todavía hay quien se aleja de las convenciones para plantear otras formas de ver el mundo: excepciones.
Las Navidades murieron hace once años. Estoy lejos. Observo distante a compañeros decorando puertas y aulas con los alumnos, sintiéndose arrebatados por un sentimiento colectivo de "filantropía", alejando los malos espíritus, aceptando y asumiendo lo convencional: luces de Navidad, amor, buenrollismo... ¿Será verdad, como me confiesa un profesor, que mis compañeros no tienen esa curiosidad que te obliga a preguntarte si el mundo en que vives es real o imaginado, que te obliga a leer y a devorar libros, películas, porque, si no lo haces, la vida sería baldía?
Huyo, porque las Navidades para mí se terminaron hace once años. No soporto esta alegría. No soporto cientos de mensajes en wasaps de grupo. Mucha gente me abruma. Misantropía al cubo, soledad deseada; me cobijo entre mis gatos y mi hermano. Viajaré a Creta y Nápoles.
Preparo un taller de papiros, mientras termina la carrera solidaria. Se abren las puertas. Son pocos los que entran y se sientan y dedican un rato a escribir con tinta china letras griegas y jeroglíficos egipcios.
Un adolescente, uno de estos que se ha apartado de su grupo de amigos "hinchapelotas" -¿es valentía o aburrimiento existencial lo que le impulsa a una soledad suicida?- entra tímido y me pregunta, curioso, qué es esto. Se lo explico. Se sienta y se concentra unos minutos intentando escribir su nombre en griego. Se marcha; le entrego el papiro que había dejado encima de la mesa. Es tuyo, te lo regalo. Gracias...
Una joven ha traído su cuaderno de dibujo; se ha entretenido hora y media dibujando jeroglíficos. Ojos, variantes de ojos, obsesiones personales...
Otra, concentrada, mientras su amiga le pedía marcharse de allí e ir a otro taller para colocarse las gafas de realidad virtual, se ha negado con una convicción y firmeza admirables y, fuera del tiempo y el espacio, ha escrito durante una larga hora, ensimismada, en una hoja de papel las letras mayúsculas, las minúsculas griegas, una a una α β γ δ Ε Η Θ: así aprendían a escribir los niños hace miles de años.
He despertado al gato Kenji. Araña la puerta. Le dejo entrar. Escribir me ha relajado: en papiro, en pergamino, en papel, en una pantalla pixelada. No importa si es leído, aunque mi vanidad deseé compartir estas palabras. La escritura libera el dolor por sí misma.
Luces de Navidad: barroquismo y consumismo desenfrenado, inútil, innecesario, agotador.
La mirada de improviso encuentra un número repetido, 1919, a ambos lados, en el arco de una de las bocas de metro de Gran Vía. La obra de Antonio Palacios. Sencillez, simplicidad, sobriedad.
Tenemos un personaje: el nieto de Kenji. Busca un jardín oculto al sur de Kioto. No lo encontrará, aunque acaricie con la mano sus muros.
¿Quién es el protagonista de este libro minimalista de Krasznarhorkai?
¿Será el espacio descrito en sus más nimios detalles?
Hay un monasterio, abandonado, fantasmagórico; como si los seres humanos hubieran desaparecido de repente y solo el lugar tuviera entidad real. Libros en diferentes formatos, patios y pórticos, pagodas, muros y tejas; un perro apaleado que busca un árbol, un gingko, donde cobijarse, antes del final; un pájaro que alza el vuelo desde lo alto de una torre; un zorro con ojos enloquecidos que va a morir; las varillas de incienso y el humo, delgado y sutil; los Budas, esculturas en movimiento, que giran la cabeza, sorprendidos por la belleza de unas palabras; un libro que trata sobre el infinito y niega que exista el infinito, en una habitación desordenada, sobre una cama, abierto por la mitad.
¿Será, tal vez, el tiempo ese protagonista?
El monasterio aparece; desaparece. Se llega a él por un laberinto de calles que cambian, confunden al que busca el camino: esfuerzo inútil, porque nos perderemos en una pesadilla borgiana. Hay que admitir la única verdad:
Nadie lo ha visto dos veces.
No puedes entrar en el mismo río dos veces.
El nieto de Kenji baja del tren, espera el tren, camina por el monasterio y no está en la estación, no recorrió el monasterio: un monasterio que no existe. Ayer, hoy, mañana. No hay un único tiempo; ya se sabe, el tiempo se deforma; nuestra percepción se distorsiona, se altera. El espacio se difumina, se cimenta con palabras que giran sobre sí mismas. El nieto de Kenji tal vez imaginó un último viaje antes de exhalar su último suspiro.
Y el jardín secreto. Ocho cipreses y a sus pies una capa uniforme de musgo. Un milagro que fue posible después de un largo proceso que solo la Naturaleza, paciente, selectiva, es capaz de concebir.
Un autor lo mencionó en un libro que se pierde. Un hombre lo imagina; el hijo de Kenji lo desea. Existe; no existe.
"Hay cosas que se viven solo a través del cuerpo. Lo que ha sido vivido por el cuerpo de los padres ya no puede ser vivido por el nuestro. Tratamos de reconstruirlo, de imaginarlo y de interpretarlo: es decir, escribimos su historia. Pero, si tanto nos apasiona la historia... es porque lo más importante de ella se nos escapa sin remedio..."
Pier Paolo Pasolini, Petróleo, apunte 67: la fascinación del fascismo.
El diablo nos oculta sus intenciones quemando incienso en altavoces, transformados en botafumeiros, pronunciando sonidos guturales, cegándonos con el ruido y luces estroboscópicas navideñas, en mercados donde el pescado ya no huele y encontramos, a cambio, las salsas uniformes de las cadenas de restaurantes. Nos atrae el lado oscuro; somos mediocres. El incienso disimula el lento e inevitable proceso de descomposición de nuestros cuerpos.
Diez jóvenes bailan, saltan; energía reunida, continua, persistente. Brazos, pelo, manos, piernas, dedos, ojos, pechos. Un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres; un, dos... Cuerpos que se doblan, giran, vuelan, cantan, respiran, gritan...
Una mujer joven se abre paso entre las mesas de los restaurantes: sonríe, brillante, sensual, inmensa...
El olor del incienso viaja a través del tiempo; el olor de la mantequilla de estas galletas recién hechas nos obliga a mirar la infancia. Trozos de galletas entre los dientes; y, entonces, se escuchan, como si los hubiéramos olvidado, los ritmos del cuerpo y distinguimos, al otro lado del espejo, al otro lado del cristal, entre las mesas de la cantina, sí... las formas del humo.
Béla Tarr desde el momento en que empezó a colaborar con Krasznahorkai, el nuevo premio Nobel de Literatura, planteó otra forma de hacer cine.
Todos estamos acostumbrados a enfocar el cine como meramente narrativo: nos cuentan una historia y no importa tanto cómo nos la cuentan, aunque este último aspecto, distinga al arte del producto, el negocio o el juego diletante.
Pocos autores apuestan por el riesgo o el experimento. Saben que eso puede dejarles sin trabajo o sin espectadores o lectores. Y así, lo que encontramos en el panorama literario o cinematográfico o teatral es, en general, una eterna repetición de modelos y esquemas previsibles, conservadores, tradicionales.
Eso no es obstáculo para admitir que hay talento para dirigir en la nueva hornada de mujeres cineastas o que las novelistas o los novelistas que triunfan no sepan mantener la atención de sus lectores, pero todos -desde Carla Simón con su Romería hasta Los domingos de Aladua, pasando por la novela histórica de Posteguillo- dejan ese sabor, ese sensación de falta de contundencia y riesgo, tanto formal como temático.
Béla Tarr y Peter Watkins -éste último fallecido hace una semana- son dos ejemplos de un tipo de cine diferente, valiente y difícil de digerir para el gran público; también imprescindible y necesario.
Peter Watkins es considerado el creador del falso documental. Su planteamiento implica aspectos formales, pero, sobre todo, una apuesta decidida por poner en tela de juicio los mecanismos de poder y violencia que se imponen en las sociedades del pasado y del presente. Eso le supuso siempre enfrentarse a numerosos problemas para terminar sus proyectos. Y a esas convenciones narrativas de la gran industria -una duración determinada, un montaje tradicional, una estructura lineal-, las llamaba "monoforma". Sus temas están ligados a un cine antisistema, que nace en los años sesenta, sin los que no se podría entender toda una generación, la de de Ken Loach y los integrantes del Free Cinema: la crueldad de la guerra y un pacifismo radical en Culloden, describiendo una batalla del siglo XVIII de una manera diferente, combativa, crítica con el clasismo y el egoísmo de los poderosos, comprensiva con los eternos perdedores de la Historia, interpelándonos;
la proliferación de las armas nucleares en The war game,
que la BBC prohibió su proyección durante décadas -¿qué harían nuestras democracias ahora si se hiciera una película mostrando las posibles consecuencias de un incremento del gasto militar? Por ejemplo, pensemos en un falso documental que describiera una hipotética guerra con Rusia o China y viéramos en esa película miles y miles de muertos en las calles, edificios destruidos, ciudades arrasadas. Es evidente que ni siquiera podría rodarse-; en Punishment Park era la represión brutal de los derechos fundamentales en una especie de ucronía en la que los inmigrantes o los disidentes políticos acababan en campos de concentración -¿no nos suena familiar?-; dos obras sobre autores como Munch o Strindberg, que rechaza la idea de biopic, lineal y tradicional, para recrear el espíritu de sus obras; porque en estas Watkins no se interesa en contar una biografía convencional, sino en captar las emociones que esa obra nos provoca.
Finalmente, tenemos La comuna,
otras de esas rarezas cinematográficas en la que nos situamos en el siglo XIX, pero bajo la mirada de los medios de comunicación del siglo XX. Distopías y utopías, mezclas y experimentos formales y visuales. Valentía. La que extrañamos cuando echamos un vistazo a la cartelera actual.
Béla Tarr hizo un cine diferente, más espiritual. Es clara la influencia que tuvo el premio Nobel en este proceso.
Su primera colaboración fue Condena. Los diálogos literarios, por un lado, profundos y existenciales; por el otro, largos planos secuencias y los trávelin que crean un ambiente hipnótico.
Será en su siguiente obra, Sátántangó, donde en nueve horas adapte la obra de Krasznahorkai. Las diferencias entre la novela y su adaptación son interesantes para comparar y distinguir qué aportó cada uno.
El humor, presente en la novela, desaparece completamente en la película. No lo hace el absurdo, el sin sentido, otro de los ingredientes de la obra del autor húngaro, que te recuerda a los escritores latinoamericanos del realismo mágico o al surrealismo -¿cómo expresar cinematográficamente estas imágenes que describe Krasznahorkai: un gigante cayendo en el barro, cuando intenta librarse del abrazo de una niña, o un bar lleno de telarañas, que tejen incansablemente arañas que el propietario nunca puede ver?-, muy presente también en esa ballena varada en mitad de una plaza húngara: es el final de Werckmeister Harmonies.
Esa elección, seria y ascética, se ve reforzada por los largos planos secuencia. Una adaptación que hubiera querido contar, simplemente, la historia le bastaría con un par de horas. A Tarr, sin embargo, no le interesa la narrativa, sino el tiempo y el espacio.
El espacio se hace presente en los primeros diez minutos de película, un largo plano secuencia en las que solo vemos unas vacas atravesando un lugar en decadencia que se pudre lentamente, abandonado. Es una apuesta de gran calado. Y requiere de paciencia y esfuerzo para quien lo observe por primera vez.
El tiempo, ese reflejo de lo cotidiano, que un montaje tradicional elimina, es en Béla Tarr el elemento fundamental. Un buen ejemplo es esta escena de El hombre de Londres.
Los personajes están atrapados por el tiempo; no pueden escapar de su afilada, continua, persistente aspereza y rigor.
La presencia de los sonidos o de los diálogos -muchas veces fuera de plano, como la campana invisible y premonitoria, o resaltando lo que hay dentro del plano, como sucede con las moscas-, la cuidada planificación, el ritmo pausado, lento, hipnótico, sugestivo. La novela carece de esos aspectos, aunque en sus descripciones podamos encontrar el punto de partida.
Hay precedentes de este tipo de cine. Lo encontramos, claramente, en Tarkovski. Esa espiritualidad que el largo plano secuencia amplifica. Bresson buscaba esa sencillez formal y es difícil no pensar también -aunque las diferencias sean muchas- en el director francés o en los planos fijos de Ozu.
El final de la novela remite al concepto de creación. Volvemos al comienzo, escrito palabra por palabra por uno de los personajes, el doctor. ¿Hemos asistido a la revelación momentánea de unos fantasmas o es la imaginación de un hombre solitario y aislado el que los hace existir?
La naturaleza, terrible, atroz, dura, que siempre oculta el misterio, ese que Béla Tarr desea descubrir.
¡Qué importante es el fuera de campo en este tipo de cine!
En su obra posterior, otra adaptación, esta vez de una obra de Simenón, El hombre de Londres, añade la niebla a ese otro personaje incorpóreo de casi todas las películas de Béla Tarr o las novelas de Krasznarhorkai: la lluvia y el barro.
Las paredes que sus largos trávelin recorren con un gusto por el detalle, obsesivo, alucinante, pueden terminar con una puerta cerrada. ¿Qué hay detrás de esa puerta? ¿Qué ocurre al otro lado? La espera nos deja la opción de imaginar. Y siempre será algo terrible: no puede decirse, no puede verse, como en las tragedias antiguas.
También con una ventana cerrada; al otro lado, la lluvia, como a los diez minutos de Werckmeister Harmonies.
En ese otro lado, los personajes se mueven, gesticulan, caen, se levantan, mientras el creador describe la escena, la conserva en formol, la retiene en la memoria.
Los bares de estas historias son espacios decrépitos donde unos personajes abandonados, confusos, desesperados, agotados,
reflexionan o beben o bailan o duermen.
Los largos monólogos filosóficos, opresivos, brutales, dementes, abatidos, melancólicos.
Y los silencios, desesperados: cuerpos vacíos,
miradas perdidas.
Oscuridad, muerte.
Fin.
"Me gusta la lluvia, me gusta mirar cómo cae el agua por la ventana. Eso siempre me calma. No pienso en nada, solo miro el agua caer... Busco la belleza... No se puede vivir sin amor ni decencia..."
Elegí Viajes con Heródoto de Kapuscinski; necesitas un libro para que el tiempo se te pase más rápido en las largas esperas de los aeropuertos o en los trayectos, cuando, lejos de la ventanilla, no puedes contemplar las nubes o las altas montañas o las llanuras, punteadas de ciudades y pueblos, y atravesadas por carreteras, autopistas o caminos.
Heródoto y Kapuscinski son excelentes guías, descubridores de mundos, amantes del conocimiento, del viaje; saben cómo contar una historia y nos conservan la memoria, que se perdería, si ellos no hubieran estado allí para contárnoslo o no hubieran decidido recopilar todas esas historias y escribirlas.
Para Kapuscinki Heródoto fue un maestro porque, cuando leemos al autor polaco, nos damos cuenta de que gracias al griego se pertrechó de los recursos necesarios para mantener la atención de sus lectores. Me agrada ese primer contacto con el Mediterráneo, el que tuvo en Argel en los años cincuenta; descubre su aroma, su olor, su luz: inconfundibles sensaciones para cualquiera que ame este mar. No había olvidado de mi primera lectura el encuentro con los dos africanos, armados hasta los dientes; teme que le van a matar y, cuando se acercan, amablemente, solo le piden tabaco. Pero, sobre todo, para Kapuscinski Heródoto es una forma de superar el tiempo, alejarse del presente, observar el mundo, como si fuera reciente, fresco, nuevo.
Y las historias de Kapuscinski y Heródoto se mezclan; no parece que más de veinticinco siglos separen a Jerjes y Louis Armstrong, a Masistes, Zósipo, Ciro, Abdou, Artabanes, Creso, Negusi, Lícidas, el Dr. Ranke... Atraen nuestra atención, sean personajes reales o míticos, inventados o transformados, porque la memoria y la Historia, la nuestra, la de otros, recrea imágenes, las reconstruye, y nunca sabrás con seguridad, si han sido vividas, soñadas o imaginadas.
¿Qué imágenes recordaré de esta última visita a Annecy?
Si has estado tantas veces en un lugar, los tiempos se confunden. ¿Eres el niño, el adolescente, el joven veinteañero o treintañero, el cuarentón o el de hoy, el que se recupera con dificultad de los achaques?
Los espacios te devuelven imágenes.
Mi tío Víctor me echó en cara -en voz alta para que todos lo supieran, durante uno de esos viajes, en el baño de su casa-, que no apretaba la pasta de dientes como se debía hacer; desaprovechaba la mitad y era increíble que mis padres no me lo hubieran enseñado. No he olvidado esas palabras, la vergüenza que me produjeron. Y todavía, cuando me dice que no encienda la luz del pasillo o no me deja cambiar de canal, recuerdo ese momento, aunque ese hombre camine ahora, apoyado en un bastón, frágil, inseguro, tan cerca de la muerte...
Observo las montañas que se alzan alrededor del lago de Annecy y me parece, si la memoria no me falla, que algunas las he recorrido e, incluso, he hollado su cima; allí estuve, me gustaría decir, cuando las observo, sentado en el banco, al borde del agua, rizada por el viento otoñal.
Escucho el sonido persistente de una alarma antiaerea un miércoles de septiembre; no, no nos bombardean. Solo es un aviso del pasado, de una guerra que ya nadie recuerda.
Quedan inscripciones; aquí, los españoles que lucharon contra el fascismo; allí, los niños que murieron en campos de concentración; los fusilados de la Resistencia... Tuve hace unos años una idea: entrevistar a tres generaciones de españoles; los que lucharon contra los nazis, los que emigraron y a sus hijos y nietos. La historia de unos españoles que trabajaron y vivieron y murieron, que trabajan, viven y morirán en Annecy. Me faltó energía para hacerlo real.
Una mujer se apoya en la barandilla del puente de los Amores: "¡Jérôme! ¡Jérôme!".
Es el comienzo de La rodilla de Clara de Rohmer.
Es la Annecy que conocí por el cine. Allí mismo, sobre el puente, grabó mi madre unas palabras mucho tiempo después; sus voces, las de la actriz, las de mi madre, se fusionan, se combinan irreconocibles.
Confusa e infinita asociación de imágenes; los tiempos y los lugares se entrelazan, se entretejen en una madeja interminable.
Infinitos son los mundos por conocer; limitado el tiempo que nos queda.
El mito de Ulises tal vez sea el más conocido por el gran público. Aunque un hombre o varios -o tal vez, según alguna interpretación moderna, una mujer- que llamamos tradicionalmente Homero recopilara en el siglo VIII a.C. una larga tradición que, como la de la Ilíada, se remonta a los tiempos micénicos, la figura de Odiseo, su nombre griego, es sin duda la más cercana a nosotros.
Odiseo no es, como Aquiles, el último representante de un mundo que va a desaparecer; es el primero de otro que está naciendo. Por eso, frente a tipos como Ajax de una sola pieza, Odiseo miente, manipula, sobrevive. Y esa es su manera de afrontar el mundo, la vida. Y, por eso, nos sentimos tan identificados con un personaje que representa lo que somos, aunque no queramos reconocerlo.
Muchas han sido y serán las versiones sobre este Ulises -a la espera de la de Nolan, que podría sorprendernos o decepcionarnos-, que, como bien lo describe Homero al principio de la Odisea, es un "hombre" -esa es la primera palabra del poema- de "multiforme ingenio"/"muchas tretas" que "vio a muchos hombres y conoció ciudades y sus costumbres"... Y esa es la mejor definición de un personaje complejo y de miles de rostros, digno émulo de Atenea, la diosa de la inteligencia.
Esta versión se ha realizado en el 2025, en pleno siglo XXI. El trailer no es un buen indicio del ritmo reposado y reflexivo que elige Uberto Pasolini -que nada tiene que ver con el gran Pasolini, pero sí con Visconti, ya que es su sobrino-
Hay quien ha dicho algo así como "me avergüenzo de un Ulises que pide perdón a Penélope". Es cierto que esa no es la visión que tuvo Homero; hasta los años sesenta sería impensable un Ulises que hiciera tal cosa. Ya no somos los mismos, sin duda. Afortunadamente. El nuevo Ulises debe aceptar que la mujer también debe ser respetada, que Penélope ha sacrificado mucho; que, ponerse en el lugar de la mujer, sometida durante milenios a los hombres, es un gesto necesario y obligado. Son nuevos tiempos: nuestros tiempos...
Imaginemos una comedia de situación. Penelope, que se habría buscado un amante, a todas horas le estaría machacando; a Telémaco no habría quien le echara de casa, no pararía con el móvil y los videojuegos y, si no se trae a las novietas a casa, se haría a todas horas pajas; Euriclea y el abuelo, habría que cuidarlos, porque no hay residencias en condiciones ni un sistema de salud eficiente y las visitas al psicólogo para superar el estrés postraumático no le ayudarían y tendría que empastillarse. Y todos recordándole que en otros tiempos fue un gran hombre. Tal vez al final este Ulises posmoderno vuelva a abandonar su hogar y se cambie el nombre. El de Nadie le vendría al pelo...
Los personajes femeninos ya tenían entidad en la obra original. Está Penélope que, como Ulises, también sabe sobrevivir, destejiendo por la noche lo que teje por el día, manteniendo una fortaleza y una dignidad que solo se exige a sí misma y al recuerdo de su marido. Está Euriclea, la nodriza de Ulises, la primera que le reconoce -después de Argos, su fiel perro; siempre emociona ese momento tan delicado: el de un animal que ha esperado el regreso de su amo para expirar ante él-. Tenemos, entre los masculinos, a Antinoo, que en las adaptaciones, más que el líder de los pretendientes se acaba convirtiendo en un hombre enamorado, que se mueve entre la hipocresía y la sutileza, que prefiere mirar a otro lado, mientras observa como el resto ejerce una violencia cruel y despreciable.
Destaca el peso que en esta versión adquiere Telémaco. Existe la Telemaquia en Homero; mucho menos conocida que la parte de las aventuras y, por supuesto, que el regreso a Ítaca, muchos se preguntan, cuando leen por primera vez la obra de Homero, tal como se escribió, el porqué de esa parte. Tiene mucho más sentido de lo que parece. Casi siempre se reduce, en las versiones, a la mínima expresión, porque la fuerza del personaje de Ulises es tan poderosa que todo lo demás queda eclipsado. Sin embargo, el genio de Homero -o la hija de Homero, si intervino alguna mujer en su creación- no deja hilo sin puntada. Telémaco es el hijo a la sombra de un héroe inmortal; y eso, bien lo saben los adolescentes, puede ser una carga insoportable. Aquí, Telémaco se rebela ante el mito, busca su camino, intenta encontrar respuestas. Un Telémaco del siglo XXI se enfrenta a un padre ausente. Como casi todos.
Una de las alumnas con las que esta mañana he visto esta nueva adaptación me ha mencionado un detalle fundamental. "Me faltan las aventuras". Tal vez Nolan nos las proporcione...
Sí, este Ulises es introspectivo; es el hombre que ha salido de una guerra, destrozado psicológicamente, que ha sufrido en sus viajes y llega a su Ítaca, quebrado por dentro. Tardará en curar esas heridas. Bloqueado, necesitará recuperar su identidad para reconquistar su tierra, su paternidad, su matrimonio, su reino.
Y, sin embargo, es cierto que echamos de menos a ese otro Odiseo, el que engaña al Cíclope, el que desea saber más y se ata al mástil para escuchar a las Sirenas, el que imagina trucos y trampas para alcanzar sus objetivos, el que despierta la pasión de Calipso o de Nausícaa, el que evita el hechizo de Circe, el que baja a los infiernos. Lo podemos encontrar en la versión que interpretó Kirk Douglas en los años cincuenta.
Aún así, lo intuímos también aquí en los ojos de Ralph Fiennes que, junto a Binoche interpretan a la perfección sus papeles. Es el Ulises viajero, el que ha visto demasiado y llega cansado al hogar. Y no encuentra más que miseria, crueldad y desolación.
Me gusta esa fisicidad, como contraste, del hombre que come, desesperado, la tierra, tantas veces deseada; la del que, antes de tensar el arco, huele la madera, siente su tacto y recuerda con esos gestos, una parte de sí mismo, una extensión de su propio cuerpo. Es un cuerpo que se reconoce, se revela en otros cuerpos.
Y ahí están Fiennes y Binoche. La película mantiene el interés, pero cuando aparecen los dos, no hay nada más que decir. El primer encuentro entre ellos nos emociona; Ulises calla y escucha las quejas y el dolor de Penélope, una Penélope airada. La angustia silenciosa de este Ulises se contrapone a la desesperación de una mujer en el filo de la navaja. Tras la matanza de los pretendientes, después de esa petición de perdón, llega la reconciliación, una reconciliación entre un hombre y una mujer en el siglo XXI, que se reconocen, que se recuerdan...
"Has de contarme muchas cosas... No querrás saberlas... Deberíamos olvidarlas... Tu pasado será el mío y el mío será el tuyo... Recordaremos juntos; olvidaremos juntos... "
Porque, seamos sinceros, si los mitos griegos nos sobrevivirán, es porque hablan de nosotros. Los tiempos cambian y el Ulises de hace tres mil años no es el mismo que el que contemplamos ahora. Y no debe serlo. El mito, como Odiseo, se adapta a la realidad que lo recrea y lo trae a la vida cotidiana de los hombres y mujeres que lo soñamos y lo hacemos nuestro, que lo soñaremos y lo mantendremos vivo, mientras existamos.
"¡El mar no me ha llevado!", exclamó el niño con cara de susto. Al ver el mar arremolinarse, arremolinarse desde lejos, creyó que no pararía de crecer hasta cubrirnos.
El mar no te ha llevado, pero cuando vuelva a arremolinarse, te parecerá otra vez que es infinito y te esconderás detrás de mí, abrazado a mis piernas, como si yo fuera capaz de protegerte de todas las cosas, incluso del mar.
Como cuando al empeorar la tos, devolviste la comida y llorando me llamaste "mamá, mamá", como si yo tuviera el poder de poner fin a tus males.
Pero pronto tú también sabrás que lo único que puedo hacer yo es recordar. Recordar que estuvimos juntos ante esa gigantesca y centelleante ola, ante el tiempo, y el crecimiento, ante todas laa cosas que desaparecen y nacen de nuevo.
Que solo podemos grabar en estos cuerpos hechos de arena esos instantes como huevos de colores, la intimidad de las horas que compartimos juntos.
No tengas miedo que el mar todavía no ha venido, que estaremos juntos hasta que nos lleve, que seguiremos recogiendo piedras y conchas blancas, que pondremos a secar los zapatos mojados por las olas, sacudiendonos la arena rasposa, que de vez en cuando nos dejaremos caer al suelo y con las manos sucias nos secaremos los ojos.
ESBOZO DEL ANOCHECER 5
Estaba reverdeciendo un árbol negro que creía muerto.
Se hizo de noche mientras lo miraba.
Fluyó la sangre por los nudos verdes, la lengua se sumergió en la oscuridad.